Otro discurso de Hitler

Artículo publicado por Luis Hernández Alfonso el 10 de noviembre de 1938 en la Sección «Crónica Internacional» del diario «Sur», órgano del Ejército de Andalucía con sede en Baza (Granada).

Parecía imposible de superar el cinismo revelado por el Führer en sus discursos anteriores; pero él mismo lo ha hecho en el que acaba de pronunciar en Munich, con motivo de la ceremonia anual del asalto de los «nazi» al poder.

Hitler ha llegado a jactarse de ser un representante de la «verdadera democracia». Y para demostrarlo, afirma que ha destruido dos dictaduras: la austríaca y la checa.

Tan descaradas afirmaciones nos inducen a pensar si, cualquier día, (aquél en el que se crea lo bastante fuerte para acometer la empresa) se decidirá a «destruir las dictaduras inglesa o francesa». Puesto en el plano inclinado de la petulancia y la majeza, el «bello Adolfo» es capaz de todas las audacias, especialmente cuando no encuentra en su camino a nadie que se atreva a «dar cara», como en lenguaje vulgar se dice.

El dictador, con el gesto olímpico de quien se considera un dios, repite —acaso sin darse cuenta— el soberbio e injurioso ademán de un Guillermo II. Habla del «pueblo alemán» como de algo superior a todo y a todos. Alemania es eterna. Y los demás países existen para doblegarse ante ella y proporcionarle cuando apetezca.

Recordemos las frases de Treitschke, tan repetidas durante la Gran Guerra por los acólitos del Kaiser: «La espada del Estado alemán es preciosa porque el Estado alemán es el distribuidor de la civilización alemana». Por si no bastase, citemos también otras palabras de los que doctrinalmente prepararon el camino del «nacionalsocialismo» hitleriano: «Los germanos —dice Woltman— son la aristocracia de la Humanidad». Tannenberg se atrevió a escribir: «El pueblo alemán siempre tiene razón, porque es el pueblo alemán».

Hitler pretende ahora, seguramente, realizar el programa de sus precursores. Un pretendido filósofo imperialista (Clausewitz) lo exponía con esta «sencillez», verdaderamente reveladora: «Nuestra nación tiene derecho al mar, no solamente al del Norte, sino al Mediterráneo y al Atlántico. Absorberemos todas las “provincias” que lindan con Alemania. Nos anexionaremos sucesivamente Dinamarca, Holanda, Bélgica, la región comprendida entre el Somme y el Loira, Suiza, Livonia…». Esto se escribía antes de la gran conflagración que ensangrentó a Europa durante cuatro años. El imperialismo alemán, temporalmente derrotado, no cesó de laborar para obtener un resurgimiento.

El «führer» ha sido el hombre destinado por la agresividad germánica a intentar la formación del preconizado «Gran Imperio de Occidente». Así vemos cómo, merced a la triste debilidad de las democracias, el «nazismo» va realizando aquel propósito. Algunas de las «provincias» a que aludía Clausewitz ya están incorporadas al territorio alemán. Y otras se hallan bajo la amenaza de seguir la misma suerte.

Checoeslovaquia, tras de sufrir una amputación dolorosa e injusta, se halla expuesta a una total supresión de su soberanía. Alemania se considera con derecho a intervenir en todas las esferas del régimen interior checo. Y en previsión de nuevas actividades imperialistas contra el país sacrificado, el «nazismo» va a emprender la construcción de una gran autopista que atraviese Bohemia y llegue a la Rusia Subcarpática (hoy Ucrania Subcarpática), vía que le proporcionará un magnífico medio de penetración militar en aquellos territorios.

Ante tan claras maniobras, crece la inquietud en Inglaterra y en Francia. Hasta los órganos periodísticos conservadores de esta última nación («L’Époque», por ejemplo) han enjuiciado la situación como peligrosa para su país. Ven que el sacrificio de Checoeslovaquia, acordado por los tristemente célebres «cuatro» en Munich, deja a Hitler libre de peligro por el Este y, en consecuencia, en magníficas condiciones para lanzar —cuando esté suficientemente pertrechado— sus tropas sobre Alsacia y Lorena.

Los que pensaron haber salvado la paz en Munich no han hecho sino venderla. El riesgo de la guerra es hoy mayor que nunca y las posibilidades de victoria del fascismo han sido aumentadas por la conducta de Daladier y Chamberlain.

El reciente discurso del «führer», lleno de veladas advertencias y de disimuladas amenazas, es harto significativo. Los gobernantes de las democracias no pueden ya hacer oídos de mercader. Salvo que decidan claramente entregar sus países al yugo fascista.

La ceguera de esos estadistas es incomprensible. Se habla, incluso, de que el Gobierno francés ha estudiado un posible pacto francogermánico, a base de rescindir su compromiso con la U. R. S. S.

Claro está que los pueblos suelen acordarse de que tienen voluntad y acaso ahora lo demuestren.

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~ por rennichi59 en Domingo 18 abril 2010.

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