Y después, ¿qué?

Artículo publicado por Luis Hernández Alfonso el 11 de noviembre de 1938 en la Sección «Crónica Internacional» del diario «Sur», órgano del Ejército de Andalucía con sede en Baza (Granada).

Continúan Inglaterra y Francia deslizándose por el plano inclinado de la claudicación. Chamberlain parece dispuesto, no sólo a permitir, sino a favorecer incluso, la hegemonía alemana en la Europa continental. Claramente lo dijo en plena Cámara hace pocos días. Pensaría tal vez que con esa concesión, es decir, admitiendo las injustas anexiones territoriales que amplían las fronteras germánicas, Hitler se tenga por satisfecho, abandonando el tono de intransigencia con que les reclamara la cesión de colonias.

Contaba también con «persuadir» a Portugal y Bélgica, en caso preciso, para que abandonaran sus territorios de Angola y el Congo, respectivamente. Supletoriamente, en previsión de ulteriores necesidades, pensó en un sacrificio que no fuese demasiado penoso para el Imperio Británico: la segregación de algunas comarcas que fueron adjudicadas a la Unión Surafricana, cuya autonomía respecto a la metrópoli la convierte en casi Estado soberano e independiente.

De contemporización en transigencia y de transigencia en claudicación, el «premier» inglés se ha ido mostrando cada día más débil, más temeroso de enfrentarse con Hitler. Éste, por su parte, advirtiéndolo, arrecia en sus pretensiones, llegando —en su último discurso— a declarar que si no se le ceden de buen grado las colonias que reclama, está dispuesto a exigirlas. Estas palabras han causado enorme impresión en la opinión inglesa, tanto más cuanto que, simultáneamente, se ha hecho público que ni Bélgica ni Portugal ni la Unión Surafricana acceden a desprenderse de los territorios que podrían agradarle a Alemania.

Por otra parte, en los círculos autorizados de Londres se afirma, con inquietud, que Inglaterra no está preparada para hacer mayores concesiones en el asunto colonial. La situación es, pues, delicadísima. Todo hace creer que, lejos de conjurarse un peligro mediante la política de claudicación, se ha ido agravando paulatinamente el ya de por sí espinoso conflicto.

Las reiteradas humillaciones en que ha incurrido Chamberlain sólo habrán servido para que Alemania se sitúe en más firmes posiciones imperialistas. Si se llegara a una conflagración, Hitler estaría ahora con mucha mayor ventaja que hace unos meses, antes del pacto de Múnich y de la anexión de Austria.

Indudablemente, la actitud del Gobierno británico ha arrastrado también a Francia a inclinarse ante las apetencias «nazis», librando al «führer» de todo peligro en la frontera oriental, contrapeso que, desde el punto de vista militar, constituía una garantía de la paz europea. Checoeslovaquia ya apenas significa nada sino una prolongación del «Anschluss». Nada puede temer de ella el dictador alemán.

La política de Chamberlain (seguida, más o menos gustosamente, por Daladier) es de un marcado carácter capitalista. Los gobiernos de ambos países quieren, a toda costa, salvar los intereses creados. Tienen miedo a sus pueblos, más que al fascismo.

Por si alguna duda pudiéramos abrigar al respecto, se ha declarado, con carácter oficioso, que los intereses de los capitalistas británicos en China no corren riesgo; y que les corresponderá una «misión» importante: la de reconstruir una «China japonesa». ¿Para qué más pruebas?

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Es muy dudoso que Chamberlain consiga siquiera salvar esas mezquinas aspiraciones. Hitler, cada vez más exigente, seguro de que se le teme, no dirá nunca «tengo bastante». Italia, por su parte, ha conseguido que se reconozca su «Impero» y que, con la aquiescencia de Francia, se ponga en vigor, en breve plazo, el acuerdo con Inglaterra, que le asegura su hegemonía en el Mediterráneo.

¿Qué ocurrirá después? Inglaterra y Francia parecen empeñadas a quedar a merced de sus rivales.

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~ por rennichi59 en Martes 20 abril 2010.

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