Una charla con el general Riego

Artículo publicado por Luis Hernández Alfonso el 15 de noviembre de 1938 en la Sección «Reportajes imaginarios» del diario «Sur», órgano del Ejército de Andalucía con sede en Baza (Granada).

La tarde era monótona, gris, de «calma chicha». La amplitud de los campos yacía en absoluto silencio, en serenidad augusta. Me invadía el tedio y me iba ganando una dulce somnolencia. En la chabola, dos o tres camaradas dormían, libres de servicio. Tendrían que prestarlo a la noche y ahora recobraban fuerzas, aprovechando la placidez de aquellas horas.

Lentamente, los contornos de los objetos que me rodean se tornan borrosos e imprecisos. Ignoró el tiempo que transcurrió en esas circunstancias. Repentinamente, una sombra vino a interceptar la entrada de la luz en el recinto.

Me incorporé sorprendido. La sombra era un militar que no vestía de kaki, ni usaba el atavío corriente en nuestros camaradas. Era un hombre bien parecido, con cabello rizado y patillas de las que se usaron un siglo atrás. Llevaba una casaca azul, galoneada de oro, con alto cuello y ceñía espada de áurea empuñadura. La sopresa me dejó mudo.

El desconocido, con acento cordial y enérgico, a un mismo tiempo, me interrogó así:

—¿Eres un soldado español?

—¡Naturalmente! —repuse cuando recobré el uso de la palabra.

—Entonces, podemos hablar —dijo con aire satisfecho.

Penetró en la chabola y, con naturalidad, se sentó sobre una caja de municiones, vacía, que era uno de nuestros «muebles». Y prosiguió:

—Yo soy el general don Rafael del Riego. Seguramente habrás oído hablar de mí; además, en mi honor se hizo, va ya de esto un siglo largo, el Himno que lleva mi nombre y que hoy es el de la República española.

—Sí. He oído su nombre y sé que fue usted un revolucionario en su tiempo; pero creí que había muerto hace muchos años.

—Sí. Me ahorcaron en la plaza de la Cebada de Madrid, en 1823, después de arrastrarme en un serón tirado por un burro.

—Entonces ¿está usted muerto?

—Sí; pero resucito para hablar con un combatiente republicano español. Necesitaba hacerte un encargo. Yo me sublevé contra el absolutismo del odioso Fernando VII, en Cabezas de San Juan, el día 1.º de enero de 1820. Soy, pues, un legítimo representante de los revolucionarios de la pasada centuria. Sufrí persecuciones sin cuento y sucumbí ignominiosamente en el cadalso. Luché contra los tiranos españoles y contra los franceses que, bajo el mando del Duque de Angulema y con el título de «los cien mil hijos de San Luis», invadieron España para imponernos el régimen absolutista. Cuando fui ahorcado, al pie del cadalso dije que no me importaba morir. Sabía que mi pueblo no permanecería mucho tiempo bajo el despotismo. Y así fue.

Absorto, no me atrevía a decir palabra. Su tono sincero, dramáticamente sencillo, me tenía impresionado. Él continuó, cada vez más firme:

—El pueblo español ha de ser libre. Y esto quería encomendarte: muchos somos los que sucumbimos por la Libertad: Mina, Torrijos con sus cincuenta y dos compañeros, Porlier, Richard, Lacy, Villacampa… Centenares más. En nombre de nuestros sacrificios, os pedimos, os exigimos que continuéis nuestra obra, que luchéis hasta el fin por el mantenimiento de los derechos de la ciudadanía. Díselo a tus compañeros. Si queréis honrar nuestra memoria, si no queréis deshonraros y deshonrarnos, combatid hasta la victoria… ¡Viva la Independencia! ¡Viva la Libertad!

—–

Sin darme tiempo a responderle, la augusta figura del general Riego se desvaneció. Diríase que había atravesado las paredes de la chabola, tal fue la rapidez de su desaparición. Un tanto repuesto, salí en su busca. Pero mi interés fue vano. No distinguí su silueta marcial y arrogante, por ningún lado.

Fiel a mi deber, cumplo su encargo. Ahí van sus palabras, camaradas combatientes.

«Luis de Buñol»

~ por rennichi59 en Domingo 25 abril 2010.

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