El Hogar del Combatiente del IX Cuerpo de Ejército

Artículo publicado por Luis Hernández Alfonso el 18 de noviembre de 1938 en la Sección «Reportajes de Sur» del diario «Sur», órgano del Ejército de Andalucía con sede en Baza (Granada).

Milagros de la voluntad

Este edificio provinciano, antes todo mugre, descuido, ruina, es ahora una casa confortable, grata, limpia y decorosa. Las paredes barrigonas de humedad, están enlucidas, tersas, decoradas con artísticos azulejos de Andújar, según el buen gusto andaluz, de la Andalucía alegre, pulcra y austera.

El Comisario del IX Cuerpo de Ejército, Cayetano Redondo (1), nos lo muestra con legítima satisfacción. Él, tan madrileño por su formación, ha sabido armonizar lo típico con lo cómodo en este hogar del combatiente andaluz. Espíritu inquieto, conocedor de todas las luchas revolucionarias, sabe el valor de estas habitaciones acogedoras y pulcras.

El principal elemento de esta benemérita obra ha sido la voluntad, firme, recta, inquebrantable, vencedora de todos los obstáculos, incansable en el logro de un propósito generoso, cordial, hacia los combatientes populares.

—Aquí —nos dice este hombre inquieto y activo, sangre y nervio de la masa popular— vendrán los soldados que más se hayan distinguido por su comportamiento en el frente. Es necesario que se les dé alojamiento digno de sus méritos. Hemos reunido cuanto nos ha sido posible… No es un palacio; pero yo quisiera que lo fuese…

La higiene

Hombre moderno, deseoso de que los soldados que aquí residan tengan a mano los elementos que la higiere recomienda, el Comisario nos enseña, ante todo, el saloncillo de peluquería, provisto de dos buenos sillones americanos y sus correspondientes espejos, procedentes de antiguos percheros y decorosamente «camuflados» merced a una inteligente pintura de blanco. El local está bien acondicionado, provisto de un alto zócalo de azulejos. La sensación es absolutamente grata.

Visitamos después los retretes, instalados con arreglo a las más exigentes normas higiénicas. Luego vemos una salita con cinco instalaciones de ducha y siete magníficos lavabos. Quien aquí no se lave será porque no quiera. Todo le convidará a disfrutar de las caricias del agua.

La obra del «intruso»

—Todo el trabajo material —nos aclara Cayetano Redondo— lo han hecho los compañeros de la Comandancia de Ingenieros… Claro es —añade— que la «supervisión» ha estado a cargo de un intruso, que he sido yo.

Y sonríe con un gesto, tan suyo, que sustituye a toda explicación, gesto de hombre del pueblo, al que ha sacrificado los mayores afectos de su vida.

Con su característica familiaridad bien conocida por quienes le hemos tratado en los madriles, nos guía, escaleras arriba, a otras dependencias del Hogar.

Ninguno de espaldas

Entramos en un amplio salón, mezcla de comedor y sala de actos. Diez mesas en torno a cada una de las cuales hay cinco sillas. En uno de los testeros, un estrado, con una mesa y varios sillones. En la pared, tres sobrias alegorías: la República y a ambos lados , escenas campesinas. Pinturas sobrias y emotivas. Observamos que desde todas las mesas, sea cual fuere el asiento que se ocupe, se ve la presidencia.

—Ninguno de espaldas al estrado —nos explica Redondo—. Así este salón sirve igual para comedor que como sitio para reuniones, conferencias y demás actos, sin modificación alguna.

Anejo a él hay una habitación, habilitada para tertulia, con juegos de ajedrez, damas, dominó y «parchesis».

La biblioteca

Nos conduce luego a una sala confortable, someramente amueblada, en la que varios estantes nos ofrecen su estimabilísimo contenido. He aquí la biblioteca. Repasamos los títulos: Enciclopedia Espasa, Episodios nacionales de Galdós, obras de Gabriel Miró, Unamuno, Santa Teresa, Fray Luis de León, Cantú… Unos centenares de volúmenes bien escogidos. De todos los estilos y con especimen de los diversos matices. Lo que debe haber.

Los combatientes que vengan de las trincheras encontrarán buena lectura. El que no lea libros dignos de leerse será porque no comprenda lo que conviene a sus ansias de saber. Estamos seguros de que esta biblioteca, modesta, pero bien seleccionada, será visitadísima por los camaradas del frente, que encontrarán en ella esparcimiento y cultura. Nunca mejor aplicado el lema de «instruir deleitando», grato a nuestros mayores.

La oficina del estómago

Visitamos luego una pulquérrima cocina, provista de dos modernos fogones —productos de la recuperación, según frase del Comisario— que derrochan limpieza. Dos hermosos pilones de agua corriente la garantizan.

Hay, al lado, una habitación provista de armarios en los que se guarda una bien surtida vajilla, a base de típicos barros de Úbeda, rojos con adornos blancos.

Por este cuarto, mediante una ventana, comunica la cocina con el amplio comedor.

Olvida Redondo mostrarnos la despensa, aunque en diversos pasajes de nuestra charla alude a ella. ¿Qué guardará allí el activísimo e inquieto Comisario para los camaradas combatientes? ¡Misterio!

De todas maneras, compañeros soldados, ¡que aproveche! Mejor o peor, para vosotros es, amigos. ¡¡¡Ojalá sea muy bueno!!!

Los dormitorios

Una sala grande, excelentemente ventilada, y dos más pequeñas, contienen las treinta y ocho camas de que dispone este «Hogar del Combatiente» que, estamos seguros, será un modelo en su género. Encima de cada una hay una repisa de madera. Se han cuidado todos los detalles. Hasta el punto de que en todos los dormitorios hay instalación dobe de alumbrado, con luz blanca y azul, es decir, fuerte y débil. De este modo, los soldados pueden leer o dormir, según les plazca, con luz.

Resumen

Terminada nuestra visita al «Hogar del Combatiente» nos despedimos del Comisario del IX Cuerpo de Ejército deseándole el éxito que merecen su entusiasmo, su actividad y su interés por los combatientes.

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[1] El periodista republicano Cayetano Redondo Aceña (1888-1940), que había sido alcalde de Madrid en los primeros tiempos de la Guerra Civil, había de compartir con Hernández Alfonso al final de ésta —condenados ambos a muerte por «auxilio a la rebelión»— prisión en Baza antes de su traslado a Jaén y Madrid, donde sería ignominiosamente fusilado el 21 de mayo de 1940. [Nota de Pablo Herrero Hernández]

~ por rennichi59 en Sábado 1 mayo 2010.

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