La obsesión del Imperio Romano

Artículo publicado por Luis Hernández Alfonso el 11 de diciembre de 1938 en la Sección «Lo que nos cuenta la Historia» del diario «Sur», órgano del Ejército de Andalucía con sede en Baza (Granada).

Aunque no es cierto que la Historia se repita, hay circunstancias que, conservándose al correr de los siglos, determinan hechos que tienen entre sí notables analogías. Esto ha ocurrido en Europa, durante varias centurias, con el afán de reconstruir el Imperio Romano de la antigüedad.

En los comienzos del siglo II de nuestra Era, bajo los reinados de Trajano y de su sucesor Adriano, el Imperio llegó a su mayor apogeo territorial: las orillas del Mediterráneo, Francia, Germania (hoy Alemania), Dacia (Rumanía), el Asia Menor (actual Estado de Turquía), Britania (Inglaterra de nuestros días) y otros países, eran propiedad de la poderosa Roma. Sus legiones paseaban triunfantes por una gran parte del mundo entonces conocido.

En el decurso del siglo V, el Imperio Romano (que ya se había desmembrado a la muerte de Teodosio el Grande), en decadencia completa, es invadido por los bárbaros. La porción de Occidente, incluso Roma, cae en poder de los invasores. Y la de Oriente, salvo pequeñas ventajas territoriales pasajeras, queda reducida a estrechos límites.

Pues bien; desde entonces, la obsesión de reconstruir el gran Imperio ha pesado como una maldición sobre Europa en diversas épocas. Carlomagno, rey de los francos, que llegó a dominar Francia, gran parte de Alemania, Suiza, Dalmacia, una zona al Sur de los Pirineos y más de la mitad de Italia, se apoderó de Roma, donde fur coronado como Emperador por el Papa León III. Al nuevo gran dominio se le denominó «Sacro Romano Imperio».

Y, al dividirse en dos, a la muerte de Ludovico Pío, hijo de Carlomagno, los reyes de una y otra fracción sostuvieron, durante largos años, enconadas luchas por lograr el título de Emperador y la consagración en Roma, de manos de los Papas. Esta pugna, sangrienta y devastadora, tuvo dos siglos en perpetua alarma a toda Europa.

Vemos reaparecer esa obsesión, reiteradamente, más tarde. Acaso era también sentida por Carlos I de España y V de Alemania; y tal vez latiera en el fondo del cerebro de Napoleón, tan deseoso siempre de apoderarse de Roma.

Cuando, en pleno siglo XX, el dictador italiano Mussolini comienza a demostrar sus afanes imperialistas, recuerda a cada paso el esplendor de la antigua Roma. Manda colocar en una de las más importantes «vías» de la Ciudad Eterna (en la del Imperio, precisamente) unas tablas de mármol en las que aparecen los dominios de la Roma de los Césares. Invoca constantemente los títulos históricos de Italia, como sucesora del Imperio de los Trajano, los Constantino y los Teodosio. Y cuando se apodera de Abisinia, se apresura a exigir de las potencias el reconocimiento del «Imperio»; ha de llamarse precisamente así; con ese nombre ha de conocerse oficialmente el dominio italiano. Todas sus pretensiones de expansión territorial, se ciernen sobre antiguas posesiones romanas. Ahora pretende Túnez, antigua Cartago, teatro de sangrientas guerras entre las legiones romanas y cartaginesas y númidas…

¿Cuántas perturbaciones causará todavía esa obsesión de restaurar un Imperio, imposible de reconstruir en nuestros días? ¿Se concibe que el dictador italiano no comprenda que pasaron ya para no volver los tiempos en que un país podía dominar a tantos otros?

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~ por rennichi59 en Sábado 1 mayo 2010.

2 comentarios to “La obsesión del Imperio Romano”

  1. quizas se reconstruya porque no?

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  2. ¿Quién sabe? El propio Hernández Alfonso, al principio, alude a esas «notables analogías» que encierra la Historia.
    Gracias por leer este artículo y por reflexionar sobre él.

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