«Quien siembra vientos…»

Artículo publicado por Luis Hernández Alfonso el 26 de enero de 1939 en la Sección «Crónica Internacional» del diario «Sur», órgano del Ejército de Andalucía con sede en Baza (Granada).

Se ha celebrado la 104 sesión de la Sociedad de Naciones. En ella, España, apoyándose en el claro y terminante informe de la comisión británica que visitó nuestro país para comprobar que las poblaciones civiles de la retaguardia eran criminalmente bombardeadas por la aviación invasora, ha pedido, una vez más, justicia. No cabía ya poner en duda la veracidad de nuestras afirmaciones. Personalidades inglesas de innegable solvencia moral y de probidad intachable, han corroborado las informaciones proporcionadas por el Gobierno de la República tanto al organismo internacional como a las potencias en él representadas.

Y una vez más se ha demostrado la absoluta inutilidad de la Sociedad de Naciones. Todo se ha limitado a una «resolución» (que nada resuelve) en la que el alto organismo de Ginebra «condena enérgicamente los bombardeos aéreos», de un modo platónico o sentimental, «dejando en libertad a las potencias para que sancionen esa violación del derecho». En resumen: que la S. de N. como tal Sociedad, se ha inhibido por completo del conocimiento del problema.

Sin embargo, se acordó amonestar al Japón, severamente, por los bombardeos de las poblaciones chinas. A Italia y Alemania, no. ¿Por qué? ¡Ah! Porque «oficialmente» ni Alemania ni Italia intervienen en nuestra lucha. La Sociedad de Naciones «no lo sabe»; mejor dicho, no lo quiere saber. Es inútil que el Gobierno español presente pruebas irrefutables de la invasión que nuestra patria sufre.

Ahí están los aviadores italianos y alemanes prisioneros; los numerosos documentos acreditativos de que son militares de los ejércitos regulares de Hitler y Mussolini los que arrojan bombas sobre las mujeres, los ancianos y los niños en las ciudades de nuestra retaguardia; los ejemplares de los diarios de Italia, en que, con grandes caracteres, se proclaman las «victorias» de los aviadores italianos en España; los artículos de la Prensa oficial «nazi» en los que se afirma que en nuestro país se entrenan los soldados y los pilotos germánicos… Aun suenan las bravatas del «führer» y el «duce», reivindicando su «derecho» a intervenir en la contienda española.

Dice el viejo refrán castellano que «no hay peor sordo que el que no quiere oír». Y la S. de N. es sorda por su propia voluntad. Piensa acaso que de ese modo «evita la guerra». Evita (o por mejor decir, aplaza) una conflagración general en que se verían envueltas las grandes potencias que ejercen la hegemonía en Ginebra. El hecho de que un país débil sucumba o se debata bajo la tiranía de naciones imperialistas, no constituye, según parece, sino un «incidente» insignificante. Por lo visto sólo hay guerra, sólo se atenta contra la paz, cuando las agresiones van contra Francia o contra Inglaterra. Pueden, pues, perecer miembros de la S. de N. como Abisinia, Austria y Checoeslovaquia. Se permite que el suelo de España sea presa del imperialismo italogermano. La paz europea es la paz de Inglaterra y Francia.

Como siempre, el organismo creado para defensa de los débiles, se ha convertido en instrumento de los fuertes. Ahora bien: ¿Hasta cuándo les servirá a éstos semejante instrumento? Y, sobre todo, ¿hasta qué punto pueden considerarse fuertes?

Su egoísmo, su torpeza, han minado su fortaleza. Hubieran seguido teniéndola si, en cumplimiento de sus más elementales compromisos, hubiesen permanecido junto a la razón, al derecho, a la justicia… es decir, junto a todas las pequeñas democracias, frente al imperialismo desenfrenado de los países totalitarios. En cambio, ahora, por un proceso natural de eliminación, se quedarán absolutamente solas contra unos enemigos fortalecidos a expensas de unas pequeñas naciones que ellas mismas abandonaron a la rapacidad de sus adversarios.

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Jaén, 22 enero 1939

~ por rennichi59 en Domingo 6 junio 2010.

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