Entre la paz y la guerra

Artículo publicado por Luis Hernández Alfonso el 7 de febrero de 1939 en la Sección «Crónica Internacional» del diario «Sur», órgano del Ejército de Andalucía con sede en Baza (Granada).

La nota dominante en la política internacional es, en estos días, la actitud del Presidente Roosevelt, quien ha manifestado que los Estados Unidos están dispuestos a vender armas a las democracias si éstas se ven obligadas a enfrentarse con los países totalitarios. Tanto los «nazi» como los fascistas italianos han censurado acremente estas palabras del Jefe de Estado yanqui y la prensa de ambas dictaduras arrecia en sus violentos ataques contra la postura adoptada por la más alta autoridad norteamericana.

Los periódicos incondicionales del «führer» han inventado la existencia de una nueva Internacional: la de los judíos; y han «adjudicado a Roosevelt la presidencia de la misma». Con el cinismo que constituye, desde hace mucho tiempo, su más destacada característica, declaran que los Estados Unidos ponen en peligro la paz (que, por lo visto, ellos anhelan cuando despojan a las pequeñas potencias e invaden a España), ya que, a su juicio, las democracias «se mostrarían más propicias a admitir las reivindicaciones germano-italianas si no contaran con el ofrecimiento de material bélico yanqui».

La argumentación no puede ser más peregrina. Los culpables de la guerra no son, a juicio de los totalitarios, los que se apoderan de territorios de otros países, sino los que ayudan a éstos a defenderse de agresiones injustas. Supongamos que un ciudadano está pacíficamente en su casa. Llega un vecino con la pretensión de instalarse en ella y de que el legítimo dueño duerma en la calle. Pues bien; según la teoría «nazi», si hay lucha, la culpa no es del vecino allanador de moradas, sino del dueño de la casa, que no se deja arrebatar lo suyo. Indudablemente, si se aguantase, no habría cuestión.

No se crea que hay exageración en el ejemplo. Se trata de algo dicho «en serio» por los diarios oficiosos del «bello Adolfo». Y no debe extrañarnos que así sea, cuando, en recientes mítines «nazi», los propagandistas del partido han afirmado que «Alemania tiene razón, porque es la más fuerte». La argumentación obedece a todo un criterio «jurídico»; la violencia, la fuerza bruta, son, para estos modernos bárbaros científicos, las únicas fuentes del derecho.

Lo peor del caso es que las esferas oficiales inglesas, demasiado propensas siempre al optimismo, muestran satisfacción por la oferta de Roosevelt, no por la importancia que tal ayuda pueda tener en caso de guerra, sino porque consideran (ingenuamente, a nuestro juicio) que Alemania e Italia moderarán sus pretensiones.

Entre tanto, un nuevo motivo de inquietud surge en Europa. Como lógica y natural consecuencia de la adhesión de Hungría al pacto Roma-Berlín-Tokio, el gobierno soviético ha roto sus relaciones diplomáticas con Budapest, lo que parece indicar que la U. R. S. S. está dispuesta a dejar ya la política de advertencias amistosas y a emplear otros procedimientos de mayor eficacia.

L[uis] H[ernández] A[lfonso]

~ por rennichi59 en Sábado 17 julio 2010.

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