Hildegart, «El problema sexual tratado por una mujer española» (1977)

Hildegart Rodríguez Carballeira

El problema sexual tratado por una mujer española

Ediciones Morata – Madrid, 1977 (2ª edición)

Prólogo de Luis Hernández Alfonso

PRÓLOGO A LA SEGUNDA EDICIÓN

Indudablemente, en la problemática humana, la sexualidad ocupa un lugar de primordial importancia y, pese a ello, no se le ha dedicado el estudio profundo que exige. Ha servido, casi siempre, como tema de diversión o de escándalo, siendo así que constituye la base de la perpetuación y el desarrollo de la especie.

A lo largo de los siglos se han entonado innumerables cánticos al Amor, considerando a éste como un sentimiento, algo sublime, sí, pero abstracto, sin materializaciones. Y también, por el contrario, se ha hablado y escrito mucho sobre esas «materializaciones», con olvido o desprecio del sentimiento que las provoca, las justifica y las hace necesarias, estableciéndose, de ese modo, una disociación de dos elementos —el psíquico y el fisiológico— que deben, por ley natural, ir unidos.

Ha subsistido ese problema porque, sin atreverse quizá a resolverlo de manera honda y rotunda, se le ha eludido, acudiendo a lo que pudiéramos denominar paliativos, que no hacen sin complicarlo y agravarlo. Pretender que se ignora lo que se está viendo es hipócrita, falso y cobarde.

Hasta hace relativamente pocos años, cualquier alusión al sexo, en una reunión de gente respetable, era considerada como indecorosa, incluso en los países tenidos por más adelantados. En algunos de éstos, médicos, psicólogos y sociólogos emprendieron la ardua tarea de acabar con tal mogigatería, que amparaba, voluntaria o involuntariamente, una lacra de irreparables consecuencias. Los paladines de esa cruzada hubieron de soportar la inquina de los seudomoralistas, que los consideraban como demoledores de la Sociedad.

Nuestro país tardó más tiempo en incorporarse a la nueva y beneficiosa corriente; tan arraigados estaban entre nosotros el nefasto prejuicio y la desesperante indiferencia de la mayoría. Entre tanto, el mal proseguía su curso: hombres, mujeres, jóvenes y niños sólo captaban algo de la sexualidad a través de torpes relatos y maliciosas interpretaciones; es decir, de una forma peyorativa y contraproducente. Como es lógico, esa clandestinidad exacerbaba el vicio, por la atracción de lo prohibido y oculto. ¡Si hasta las dolencias procedentes de los actos sexuales se llamaban «enfermedades secretas»!

Lentamente, y no sin vencer innumerables obstáculos, la tarea prosiguió y fueron agregándose a los iniciadores muchos intelectuales, conscientes de la justicia y la necesidad de la causa.

Al correr del tiempo (nueve lustros nos separan de entonces), y después de un largo recrudecimiento de la moral arbitraria de que nuestra sociedad fue víctima hasta los más ridículos extremos, el camino para el estudio de la sexualidad se hace expedito; y cada vez son menos quienes lo consideran vedado. La verdad se abre paso; se procura establecer un criterio más humano y justo en la apreciación de la materia. Ya no constituye «piedra de escándalo»; incluso se incurre —por una desorbitada reacción, mercantilizada a veces— en los extremos opuestos: el exhibicionismo sexual y la pornografía.

Lo sorprendente es que entre aquellos intelectuales se destacase una mujer jovencísima, puesto que al entrar en la liza apenas había cumplido los diecisiete años: Hildegart Rodríguez, autora de este libro (1), de otros varios, diversos artículos y numerosas conferencias sobre el entonces —y aún ahora— candente tema. En su corta y atormentada vida (murió asesinada por su madre cuando tenía menos de veinte años) desarrolló una actividad verdaderamente asombrosa, inconcebible, con un fervor y una entrega para los que no hallamos parangón. Quienes la conocimos y tratamos, no hemos llegado a explicarnos lo que bien puede considerarse un prodigio. ¿Cómo tuvo tiempo y capacidad para leer y asimilar tantas obras ajenas sin abandonar nunca la propia?

Su labor jamás fue fruto de improvisación, sino producto de un trabajo tenaz, ininterrumpido, un estudio que abarca todos los aspectos del tema, con una documentación que podemos calificar de exhaustiva y una crítica severa —aunque apasionada a veces— pero siempre sólidamente razonada.

No es lícito calificar a Hildegart —como han hecho algunos— de simplemente «feminista», aunque defienda los derechos de la mujer y proteste de la postergación a la que se sometió durante siglos; porque las reivindicaciones que pide abarcan a los dos sexos, es decir, al género humano en su totalidad. Sus aspiraciones son, pues, mucho más amplias que las sustentadas por las «feministas» de diversos países desde hace dos centurias. Es eugenista, decidida partidaria de la reforma sexual, a cuya divulgación en España contribuyó activamente.

Sabido es que todos los precursores y pioneros, llevados por su afán y deseosos de erradicar los males contra los que luchan, suelen caer en cierto extremismo. En todos los ámbitos observamos ese fenómeno. Nada tiene, pues, de extraño que Hildegart llegue, en algunos puntos, más lejos de lo necesario para defender sus tesis, incurriendo en radicalismos que pueden considerarse perjudiciales para éstas.

Recordemos que no pocos eugenistas de los primeros años de la llamada «reforma sexual» proponían, a la vez, restricciones preconyugales… y el amor libre, sin trabas, postulados claramente contradictorios. ¿No llega un escritor de talla, como Leonard Darwin, a considerar indeseables «a todos los que no consiguen ganar lo suficiente para la vida», causantes de que «hayamos de pagar mayores impuestos al beber una cerveza o fumar un cigarrillo»? Afirma también que «el solo modo eficaz de desembarazar a la sociedad de esta pesada carga es la eliminación total y definitiva de esta clase de individuos» (2).

Si hallamos extremismos tales en textos de especialistas maduros, de larga experiencia, ¿cómo no encontrarlos en las obras de una mujer jovencísima, cuyas especulaciones eran esencialmente teóricas? Naturalmente, algunos de sus asertos pueden parecer utópicos, pero todos tienen el sello de la sincera finalidad de mejora social, mediante la supresión de tabúes y prejuicios nefastos.

Permítasenos aquí una observación que estimamos oportuna. Todos cuantos conocimos y tratamos a Hildegart y a su madre, cuando ocurrió la tragedia, el parricidio, coincidimos en recordar el mito de Pigmalión. A él alude Eduardo de Guzmán en su documentado prólogo a la segunda edición del libro de Hildegart La rebeldía sexual de la juventud (3). Según la versión más aceptada del «episodio mitológico», el escultor le pide a Zeus que dé vida a la estatua de mujer que ha esculpido, y de la que se ha enamorado. El dios accede a ese ruego, pero manteniendo la fragilidad de la escultura. Convertida ésta en mujer, adquiere las potencias humanas: tiene sentimientos propios; no corresponde al amor del artista, el cual, desesperado, destruye con el mazo su querida obra.

En general, el conocimiento de la vida de un autor, de su ambiente, de sus vicisitudes, en suma, ayuda a la más completa comprensión de sus escritos. En el presente caso, la tarea no es sencilla y hemos de basarnos en conjeturas. Todo es enigmático en torno a Hildegart, desde su nacimiento hasta su prematuro y súbito fin. Espigando entre los datos y los argumentos aportados por el fiscal, la defensa y los peritos que actuaron en el sumario y en el juicio oral subsiguientes al parricidio, cabe resumir los hechos en pocas líneas. No detallaremos la biografía de la infortunada víctima, acertadamente expuesta por Eduardo de Guzmán en su citado prólogo, pero hemos de señalar algunos aspectos de ella.

La madre, Aurora Rodríguez, al sentirse libre de la tutela familiar, concibe, al parecer, la idea de tener un hijo que sea excepcional, un ser destinado a regenerar nuestra especie. Busca para ello un varón que, según sus palabras, actúe simplemente como el indispensable «colaborador fisiológico», es decir, que sólo sea fecundador de su vientre; un hombre anónimo, que desaparezca una vez conseguido el propósito y, en consecuencia, sin derecho alguno sobre el fruto del acto genésico. Siendo ella soltera y libre, tal fruto lo considerará como exclusivamente «suyo». Se aleja de sus parientes, y da a luz una niña: Hildegart, que se convierte en único centro de su vida.

La cría y educa de acuerdo con su obsesión: ha de ser propiedad suya, prolongación de ella misma, sin influencias ajenas, para lo cual tiene que mantenerla aislada, bajo su férula. La criatura, desde muy pequeña, da señales de una capacidad extraordinaria, sorprendente, para asimilar conocimientos superiores a los comunes de su edad: estudia, piensa y trabaja intelectualmente de manera prodigiosa. Mas, como era inevitable, tiene su propia personalidad. Su madre quiere, a toda costa, mantenerla sometida. La acompaña a todos lados: estudios, conferencias, redacciones…, temerosa, sin duda, de lo que, fatalmente, ha de suceder: que la muchacha sienta la necesidad de independizarse, de vivir su vida, de no seguir siendo una especie de «apéndice» de la madre, que se obstina en ser dueña y señora de las ideas, los sentimientos y las inclinaciones de su hija.

Ésta, que, por sus estudios y sus actividades literarias, ha entrado en el ambiente social que le corresponde, no puede ya soportar el férreo yugo. Se rebela contra la tiranía materna y plantea el conflicto que se resolvió con el parricidio en la madrugada del día 9 de junio de 1933.

Es, a nuestro juicio, un nuevo «caso de Pigmalión»: Aurora Rodríguez Carballeira ve que su hija está decidida a separarse de ella; desde algún tiempo atrás han surgido divergencias y disgustos, que iban aumentando en gravedad. Y obcecada por el fracaso de su absurda pretensión, abrigada desde antes de nacer Hildegart, mata a ésta, a tiros de revólver, como Pigmalión destruyó, a mazazos, su más querida obra. Creemos que ésa es la más lógica explicación.

En el proceso de la parricida, el fiscal acusa de «perversidad» a la inculpada. La defensa, por su parte, alega que se trata de un caso de paranoia. Discrepan los ilustres peritos que informan; y, finalmente, Aurora es condenada. Lo que nos parece indudable es que la autora del crimen sufre un profundo desequilibrio mental, una aberración.

Subsiste aún, al cabo de más de cuarenta y cinco años, otra incógnita: ¿hasta qué punto influyó en las ideas y en las actividades de Hildegart la obsesión regeneradora y mesianista de su madre? Habida cuenta de las circunstancias que conocemos, es muy posible que Hildegart emprendiera su labor sobre la materia sexual inducida por Aurora, la cual le proporcionó los medios necesarios para su formación intelectual, esperando, sin duda, que su hija realizaría los propósitos que ella le había asignado, pero siempre bajo su dirección absoluta y dentro de los límites por ella marcados.

Ignoramos también cuándo comienza la rebeldía de la autora, que desde que llegara al mundo se ha visto sometida por completo. Cabe pensar que estaba ya latente en ella, puesto que en esta misma obra, una de las primeras (publicada, como hemos dicho, en 1931), escribe, refiriéndose a los padres y tras ocuparse del matriarcado (capítulo III): «A mi juicio, parten de un error fundamental; y es el de suponer al niño objeto de su propiedad. El niño es un ser con tanto derecho a ser libre e independiente como ellos».

Todo nos induce a pensar que la ruptura tuvo una larga gestación, iniciada cuando Hildegart, ya física e intelectualmente formada, determinó liberarse de la tiranía materna, que trataba de impedirle seguir sus inclinaciones políticas, sociales y amorosas.

Sea como fuere, la semilla quedó echada; comenzó a dar frutos; y seguirá dándolos. Justo es que recordemos con gratitud a sus primeros y valerosos sembradores, a los que abrieron los surcos en la coriácea sociedad de su tiempo.

Y ahora los lectores (a quienes pedimos perdón por la acaso excesiva longitud de este prólogo) podrán comprobar que no hemos incurrido en hipérbole al señalar los méritos de este libro: claridad en la exposición, documentación amplia y sólida, alteza de miras, rotundidad en las conclusiones y, sobre todo, el noble y sincero afán de contribuir a la solución de un problema tan arduo, complejo y trascendente como el sexual.

Madrid, 1977

Luis Hernández Alfonso


[1] Cuya primera edición fue publicada, en 1931, por Javier Morata, en su colección «Temas de nuestro tiempo».

[2] Éstas y otras análogas opiniones las mencionamos, analizándolas, en nuestro libro Eugenesia y derecho a vivir (Javier Morata, 1933, colección «Temas de nuestro tiempo»). En muchas de ellas se advierte que sus sustentadores consideraban intocable la organización social reinante, que divide a la Humanidad en «ricos y pobres», temiendo —con razón— que la reforma sexual verdadera y justa (no la parcial y egoísta) contribuyese decisivamente a dar al traste con su cómoda situación de dominadores.

[3] También la primera edición de esa obra fue publicada, en 1931, por Javier Morata, en su mencionada colección.

~ por rennichi59 en Domingo 18 julio 2010.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

 
A %d blogueros les gusta esto: