Algo para los traductores

Un viejo proverbio italiano dice: «traduttore, traditore», o lo que, vertido al español, es «traductor, traidor». El juego de palabras, ingenioso en aquel idioma, puede ser acertado algunas veces. Pero, como «aforismo», usado generalmente, suele ser injusto.

El hecho —lamentable, mas indiscutible— de que haya muchos traductores que desvirtúen el sentido de lo que traducen, no justifica la condenación de todos los que se dedican a «poner» en castellano obras escritas en otras lenguas.

Ha habido —y hay— excelentes traductores: ahí están, para no aducir más ejemplos, las excelentes versiones de Luis Ruiz Contreras (Obras de Anatole France), Manuel Azaña (novelas de Erkman-Chatrian y otros), Fraga de Porto, Puigdevalls etc. etc., modelos de traducción inteligente y digna.

La tarea del traductor, frecuentemente subestimada, es difícil e ingrata. El que la acomete, necesita no solo conocer a fondo el idioma original y aquel a que ha de ser vertida la obra, sino también la materia sobre la que aquella versa, sin lo cual son inevitables los lapsus.

El carácter utilitario de nuestra época, ha impuesto la costumbre de las traducciones «de agencia», casi anónimas y, por tanto, irresponsables.

Creemos que está perfectamente justificado ese procedimiento cuando se trata de documentos comerciales, en los que el estilo no tiene la menor importancia. Las cláusulas en que se se especifique las condiciones de explotación de una patente, por ejemplo, no requieren más que claridad. Nadie buscará en ellas refinamientos literarios, los cuales, por lo demás, antes perjudicarían que beneficiarían el propósito.

Pero es absurdo aplicar el mismo sistema a las obras literarias, en las que el estilo desempeña un papel realmente primordial, hasta el punto de que un libro admirable en francés, inglés, alemán o ruso, puede convertirse, merced a una mala versión, en un «engendro» literario que menoscabe el prestigio del autor.

Hechas las observaciones que anteceden, deseamos exponer algunas advertencias para los traductores, hijas de una extensa práctica y originadas, también, por el acendrado amor que sentimos por nuestro idioma.

* * *

¿Qué debe ser una traducción?

No es tan fácil como parece responder a esta pregunta. La contestación es harto espinosa. En esto —como en tantos otros puntos— los criterios son dispares. Porque hay opiniones «para todos los gustos», como suele decirse.

Examinemos este problema, someramente.

Las dos tendencias «extremistas» y antagónicas son la de la versión «literal», servil; y la libre, «libérrima», en ocasiones.

Si, en todos los terrenos de la especulación científica, son peligrosos los «extremismos», en lo que concierne a éste, resultan catastróficos.

Se plantea el dilema angustioso: ¿hay que atender al fondo o a la forma, al traducir? ¿Debemos conservar el fondo de las obras o su superficie?

En nuestra modesta opinión, eso es un sofisma. ¿Por qué plantear semejante disyuntiva? ¿Acaso no pueden ser compatibles las dos cosas?

La verdad es que, para un traductor vulgar, casi «mecánico», no hay problema alguno. Se limitará a traducir «al pie de la letra», incluso con la máxima escrupulosidad —a su modo— lo que el autor escribió en la lengua originaria.

Pero ¿es así como debe traducirse?

Según nuestro criterio, rotundamente, NO.

Creemos que la tarea del traductor consiste en escribir, en castellano, la obra que hubiera escrito el autor, si escribiese en nuestro idioma.

Donde más se advierte esa necesidad es en los modismos y en los refranes, máximas y proverbios.

Unos pocos ejemplos nos lo demostrarán.

Cojamos, al azar, unas frases francesas, de las que damos la traducción literal y la libre:

«Gaston restait à la belle étoile»: es decir, según la traducción literal: «Gastón quedaba a la bella estrella» …lo cual no quiere decir nada, en castellano. Pero si, en traducción libre, decimos: «Gastón se quedaba a la luna de Valencia», la frase adquiere el mismo vigor que en el idioma original.

Para nosotros, españoles, la expresión francesa de «faire des chateaux à l’Espagne» (hacer castillos en España) carece de sentido. Pero sí lo tiene su equivalente de «hacer castillos en el aire».

Las máximas italiana y francesa: «piano, piano, si va lontano» (poco a poco se va lejos) y «petit à petit, fait l’oiseau son nid» (poco a poco, hace el pájaro su nido) tienen perfectas equivalencias en español: «poco a poco, hilaba la vieja el copo», «paja a paja, hace el pájaro su casa», «se hace más en un año, que en un día» etc. etc.

En una palabra: que, para traducir, hay que conocer los dos idiomas, no solo por los diccionarios, sino por la literatura y los usos de ambos.

* * *

Tampoco deben descuidarse los problemas de la sintaxis, pues son de importancia capital.

La mayoría de los defectos de los traductores se refieren a la construcción, a los «giros».

El más frecuente es el famoso de: «es por esto que», cuando es el más fácil de evitar. Ejemplos: «era por esto que Juan no venía», cuya traducción castellana es cualquiera de las que indicamos a continuación: «Juan no venía por esto»; «por esto no venía Juan», «por esto era por lo que Juan no venía», «Juan no venía a causa de esto» etc.

En español, disfrutamos de hipérbaton admirable. ¿Por qué, pues, al traducir del inglés, por ejemplo, se ha de seguir el orden británico de colocar, invariablemente, el adjetivo antes del sustantivo?

¿Y por qué, cuando se trata del francés, se han de consignar todos los pronombres personales si anteceden a verbos? Precisamente el castellano tiene la ventaja de que pueden suprimirse, siempre que no resulte anfibológica la frase.

Por ejemplo: un «traductor macarrónico» hace la siguiente versión de un texto francés: «Él no sabía lo que a ella hubiera podido ocurrirle, ya que él se hallaba ausente cuando ella decidió escapar con sus hermanos. Después, ella, no le había notificado nada a él…» y así sucesivamente. Más adelante, leemos esto: «Yo no sé lo que pretendes, Marcel. Porque pareces haber olvidado lo que yo te dije y que aceptaste. Nosotros podemos, juntos, hacer frente a Lionel y a Dutrac. Ellos no son capaces de vencernos. — —replicó Marcel— no sabes apreciar lo que yo hago por ti y por mí… eres injusto y yo no estoy dispuesto a seguir ciegamente lo que digas, porque yo siempre he recabado mi libertad de acción. Nosotros debemos…» etc.

¿No sobran casi todos los pronombres? V. g.: «No sé lo que pretendes, Marcel. Pareces haber olvidado lo que te dije, y que aceptaste. Podemos, juntos, hacer frente a Lionel y Dutrac, que no son capaces de vencernos. —No sabes apreciar —replicó Marcel— lo que hago por ti y por mí… Eres injusto; y no estoy dispuesto a seguir ciegamente lo que digas, porque siempre he recabado mi libertad de acción. Debemos…» etc.

Frecuentísimo es también, en los traductores del francés, el mal uso de las formas verbales castellanas, especialmente, de las del futuro simple del indicativo, el potencial simple y el pretérito imperfecto del subjuntivo.

Veamos algunos ejemplos:

«Dentro de pocos días, cuando llegará Luis…» en lugar de «cuando llegue».

«Vendrán porque querrán: nadie les llama» por «vendrán porque quieran».

«Si yo tendría dinero, compraría cuadros», en vez de «si tuviera dinero».

Insistiremos aquí, refiriéndonos a esta última frase, en que la propia Academia Española ha contribuido, durante muchos años, a mantener la confusión, considerando como equivalentes formas como «amara, amaría y amase», incluidas las tres en el pretérito imperfecto de subjuntivo. Ahora, ese error ha sido subsanado, suprimiendo la segunda forma de dicho tiempo y titulándola, muy acertadamente, potencial simple.

Cierto traductor llega a escribir, en su versión de una obra de Georges Simenon: «Un chiquillo, en cuya gorra llevaba, en letras doradas, las palabras Grand Hotel, les esperaba». ¿Qué quiere decir «un chiquillo en cuya gorra llevaba»? ¿Cuál es el sujeto, expreso o tácito, del verbo llevar? ¿Quién es el que lleva las letras doradas? El chiquillo, no, puesto que se dice «en cuya gorra»; y la gorra, tampoco, por el mismo posesivo y por la preposición en, que convierte el sustantivo en complemento circunstancial de lugar.

Evidentemente, lo que quiso escribir es esto: «Un chiquillo, cuya gorra llevaba, en letras doradas, las palabras Grand Hotel, les esperaba». Aunque deficiente y cacofónico, el párrafo ya sería aceptable, puesto que el chiquillo es el sujeto de esperar y la gorra, el de llevar.

El mismo traductor, escribe, poco después:

«—¿Ha estado usted a bordo de su yate?

—Varias veces.

—¿A qué hacer?

—Lo que se hace a bordo de los yates…».

La pregunta «a qué hacer», es inadmisible. Pudo decir: «a qué, para qué, con qué finalidad, con qué objeto…». Todo, menos esa servil y absurda traducción del «à quoi faire?» del original.

Muchos traductores hispanoamericanos, emplean los verbos intransitivos como transitivos. «Al correr, el criminal cayó al niño». Nadie puede caer a otro; podrá tirarle, derribarlo o hacerle caer. «Mientras el doctor hablaba, Edwards le pensaba la intención de su discurso», en lugar de «adivinaba la intención».

Otro ejemplo: «Quizás la hubiera muerto». Tampoco se puede morir a nadie. Es indisculpable confundir este verbo con el transitivo matar. Muerto es el participio pasivo de morir, y, naturalmente, sirve de adjetivo también. Debió, pues, escribir «la hubiera matado».

Añadamos otros solecismos frecuentes en las versiones hispanoamericanas.

«Juan se disputó con su hermano». Es claro que sobra la partícula se. El verbo disputar, en este caso, es de significado recíproco; y la frase resulta equivalente a «Juan y su hermano disputaron». Otro tanto ocurre con los verbos pelear, discutir, reñir, contender, conversar, dialogar, controvertir, coincidir etc. etc.

Siguen las muestras de las versiones aludidas.

«En su bolsillo de todos ellos». ¿No sería mejor decir «en el bolsillo de cada uno»? Es absurdo el «su» bolsillo «de todos ellos». Dudamos de que el traductor, en sus conversaciones, emplee formas tan extrañas.

«Los hay que se rieron». He aquí un magno disparate, sin la menor defensa. Pudo escribirse: «Hubo quien se rió»; «algunos se rieron», «no faltó quien se riera»… Es imperdonable esa mescolanza de presente y pretérito, sobre todo con el «los» antepuesto.

«Una criada a todo hacer». Traducción pedestre del «à tout faire» francés. Nosotros decimos «criada para todo» o «de cuerpo de casa».

«Se les da un golpe de mano, para ayudarles». Entendámonos… si es posible. La expresión «golpe de mano» es, por naturaleza, un galicismo, ya que se trata de una versión servil del francés «coup de main». Si prosperase ese criterio, llamaríamos «golpe de pie» al puntapié, y «golpe de bastón», al bastonazo.

Pero, en la frase que estudiamos, es peor aún: la locución «golpe de mano», que las guerras han introducido en nuestro léxico, significa «pequeña acción ofensiva, que coge descuidado al enemigo». Hasta ahora, a madie se le había ocurrido «dar un golpe de mano» a nadie, para ayudarle o hacerle un favor. En español, eso lo expresábamos diciendo «dándole una mano» o «echándole una mano».

«Equivale a lo mismo». Equivaler es «valer lo mismo», «valer igual». Se trata, pues, de una redundancia inadmisible… y fea, por añadidura.

«Vosotros tienen que venir esta noche». «Vosotros» es pronombre personal de segunda persona, plural. En consecuencia, la forma verbal que le corresponde, en este caso, es la de «tenéis que venir» (en conjunción perifrástica). O «tenéis que venir vosotros» o «tienen que venir ustedes». No cabe concordancia de un pronombre de segunda persona con un verbo en tercera. En igual equivocación caen muchos andaluces, cuando dicen, v. g.: «tenéis ustedes que venir hoy».

«Eso piensa Goethe, cuando escribía el Fausto». Otra absurda mescolanza de presente y pretérito. El traductor pudo optar entre estas dos frases correctas: «Esto piensa Goethe, cuando escribe el Fausto»; «Esto pensaba Goethe, cuando escribía el Fausto».

«¿Qué desean? —inquirió la voz bronca de Fischberg, asomando su robusta nariz por el resquicio de la puerta». Pasemos por alto lo de «robusta». Lo inadmisible es la construcción; resulta, textualmente, que la voz de Fischberg tenía nariz, cosa peregrina, desusada.

«Golpeó a la puerta con los nudillos». «Contempló a un cuadro». «Consultó a un reloj de pared». «Fue a por la ropa». En todas estas frases, sobra la preposición a, solo aplicable a personas.

«Ella estaba por tener un hijo», en lugar de «estaba a punto» o «iba a dar a luz».

«Lavaba la casa a toda agua», galicismo absurdo, que nada quiere decir en castellano. Indudablemente, el traductor deseaba expresar la idea de que la limpieza de la casa se hacía con minuciosidad o con profusión de agua.

No estimamos preciso insistir ahora en ejemplos de solecismos, ya que, más adelante, ofrecemos a nuestros lectores una abundante colección de frases defectuosas halladas en libros.

Réstanos, para concluir este capítulo, disculpar a los traductores que, mal remunerados, no pueden estudiar previamente los originales, y han de traducir «a primera vista» y a destajo. Algunas de sus faltas son achacables a la precipitación, a la imperiosa necesidad de concluir la tarea en breve plazo, sin posibilidad de compenetrarse con las ideas ni con el estilo del autor.

Por las mismas razones, el traductor no siempre se halla documentado, como ahora se dice, en la materia que traduce; y tampoco puede estudiarla, consultando textos. Si las traducciones fueran remuneradas decorosamente, se podría exigir una labor concienzuda y correcta.

Los editores deben contribuir, pues, a la tarea de defender nuestro idioma, pagando mejor el trabajo de los traductores, de modo que permita a éstos dedicar a su labor el tiempo y el cuidado que requiere.

Finalmente, se impone la revisión de las traducciones, a cargo de personas capacitadas. Un buen corrector de estilo subsana los descuidos del traductor; y advierte en la versión faltas que quien la hizo no percibe.

Téngase en cuenta que, por el portillo de las traducciones, penetran en el sagrado recinto de nuestro idioma los barbarismos y giros exóticos, tan perjudiciales para su pureza.

Luis Hernández Alfonso

Defensa del idioma

~ por rennichi59 en Domingo 10 octubre 2010.

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