República y catolicismo

El aspecto religioso es inseparable, intrínsecamente hablando, del problema político y social en la vida española. Más. El catolicismo es factor decisivo del futuro porvenir de España. El catolicismo no es, precisamente, entre nosotros una religión, una fe; hemos probado hasta la saciedad, en diferentes publicaciones, que no hay tal; hemos probado que la mayoría de los españoles no son católicos, en cuanto catolicismo es la religión cristiana en su pureza doctrinal evangélica, sino que son manifiestos escépticos religiosos. El catolicismo es, entre nosotros, una poderosa organización, una burocracia, una odiosa legalidad, a la que presta apoyo la buena fe de muchas almas ignorantes que, si no son en mayoría, como hemos dicho, son en número sobrado para que una democracia las respete y son en número suficiente para hacer resistencia formidable e insuperable cuando su conciencia es atacada.

Pero, repito, el catolicismo, aun sin contar esa insuperable resistencia de la conciencia violentada, es en España una poderosa fuerza política y social amparadora de nuestros más pingües intereses creados, que tiene raigambres solidísimas entre las mayores fuerzas vivas de la nación.

Y de esta fuerza ningún político, es decir, ningún hombre preocupado por los públicos intereses y ocupado en su servicio, puede prescindir. Sea creyente o no sea creyente, todo político que aspire en España a hacer obra estable, tanto más cuanto más revolucionaria sea esta obra, debe contar solícitamente, aunque de cierto modo, con el catolicismo y venir a la vida pública inspirado en el mayor respeto a los legítimos derechos de la Iglesia católica.

Ninguna situación de libertad se ha estabilizado en España porque sus directores eran incompetentes en el problema religioso y las masas que les seguían alardeaban a la faz de la España tradicional de groserías blasfemas o, por lo menos, de una irreligión profesional como base indispensable para ser verdadero liberal.

No es éste el camino. Las máximas libertades públicas, aun mayores que las mayores legítimas alcanzadas por los pueblos más libres de la tierra, son compatibles con la doctrina cristiana, y en España, precisamente, no prevalecerán jamás esas libertades sino por el camino de mostrar esta incompatibilidad y de cercenar en nuestra vida religiosa, no los derechos de las conciencias y de la Iglesia Católica, sino los infinitos abusos introducidos en la Iglesia oficial y en la vida pública y privada de España por el extravío de los poderes espirituales, lo cual supone, precisamente, el acatamiento a los principios cristianos como criterio de recto juicio o, por lo menos, el respeto al espíritu público tradicional de este país.

Una república respetuosa con la Iglesia Católica tendría en España la máxima aceptación, y ella sería la única situación política capaz de acabar rápida y radicalmente con la causa de todos nuestros males: el clericalismo.

Torpemente pretenden algunos de nuestros hombres de izquierda constituir una estabilidad política inspirada en el principio de destrucción de la Iglesia Católica, o, lo que es más peligroso todavía  para el triunfo de la democracia y la libertad, sobre la base de prescindir en absoluto de esta iglesia y legislar como si ella no existiera. Aprobando estos hombres nuestros, sin reservas, la Constitución mejicana vigente y la política religiosa de Calles, anhelan actuar aquí como se ha actuado en Méjico. Yo he aplaudido públicamente lo que la política de Calles tiene de plausible y he reprobado lo que tiene de reprobable.

Mas, a parte de que algunos artículos religiosos de la vigente constitución de Méjico y algunos de los procedimientos de Calles pugnan abiertamente con los principios democráticos y, por tanto, debemos rechazarlos, por lo menos apriorísticamente, Méjico tenía una preparación y una psicología social inmensamente distantes de nuestra preparación y de nuestra psicología, y son posibles en Méjico normas y procedimientos que no son posibles aquí. A parte también de que las normas político-religiosas de Calles han causado gravísimos trastornos a su país y han de ser, a la postre, no sólo estériles, sino contraproducentes para impedir el resurgimiento del poder clerical en aquel país hermano.

Quien sinceramente entienda que el catolicismo y el mismo cristianismo son error y superstición debe tener libertad amplia para poder exponerlo, y debe ser respetado en su doctrina y en sus obras que no quebranten las normas eternas de la justicia y de la moral comunes a todos los hombres, que, en su inmensa mayoría, no son cristianos. Más todavía. Es preciso que quien no tenga sincera fe cristiana íntimamente sentida, así lo confiese y lo profese y lo divulgue y obre enteramente de acuerdo con su conciencia; y así ese tal no puede bautizar a sus hijos sin su libérrima voluntad ni practicar por compromiso acto alguno de culto cristiano ni casarse ni enterrarse canónicamente, sin mengua de su honor humano vinculado al recto proceder conforme al dictado de la conciencia. Y es menester difundir esta doctrina para acabamiento de la hipocresía reinante, que es el más extendido y el más feo de nuestros vicios.

Pero también es menester acostumbrarse a la idea de que en este país no será posible destruir el clericalismo, introducir la libertad de cultos, separar la Iglesia del Estado, independizar la legislación pública de toda religión positiva ni conseguir las demás libertades exigidas por la civilización moderna, si no es a base de sincero respeto a los derechos de la Iglesia Católica y a la conciencia de los católicos y de mucho conocimiento y acertado manejo de las ciencias eclesiásticas.

Sería de desear que algunos elementos de esa brillante juventud liberal, que tan enérgicamente comienzan a actuar en la vida pública, no se dejasen seducir por su justificada exaltación anticlerical, y no comprometiesen inconscientemente los trabajos profundamente estudiados que para extirpar de España la hierba venenosa del clericalismo venimos preparando desde hace años unos cuantos hombres especializados, que esperamos solamente el restablecimiento de la normalidad pública para actuar con toda eficacia.

Cambiemos de rumbo. Los hijos de la Revolución francesa aprendamos de ella misma, escarmentando en cabeza ajena, a evitar aquellas cosas que a ella le hicieron daño, y, además, ante el espectáculo del refinamiento de normas y procederes a que nos tiene acostumbrada la civilización contemporánea universal, apliquemos a conseguir la revolución espiritual de España las armas de elegancia y astucia combinadas, más activas, más radicales y, desde luego, más eficaces, que las demagogias, las fobias, la irreverencia y la falta de inteligencia y belleza en nuestra conducta.

No necesitamos pasar aquí por esos períodos de hondas conmociones que en lo político y religioso a la vez pasó Francia, y en lo religioso Méjico, y en lo social Rusia, que acaban siempre, y deben acabar, por una regresión a un punto medio del camino recorrido. Otros pueblos, generosos y heroicos, hicieron ya en sí mismos la necesaria experiencia histórica, desangrándose y arruinándose. Francia, Méjico y Rusia se han hecho con sus revoluciones acreedores a la gratitud de la Historia… Pero nosotros, como la mayoría de los pueblos civilizados, nos hallamos en situación de aprovechar la experiencia ajena y de constituirnos directamente en aquel punto medio de avance, y tal vez un poco más allá, donde al fin se ha situado Francia en su respectivo punto de vista y se han de situar respectivamente Méjico y Rusia, en los suyos, por natural reacción contra abusivos avances. Claro es que mediante un período transitorio de dictadura de izquierdas, por ley natural de equilibrio después de la dictadura de derechas que estamos sosteniendo desde los Reyes Católicos hasta nuestros días, sin un solo período apreciable de interrupción; la cual, claro es, ha de causar sus inevitables y numerosos dolores de compensación.

Jaime Torrubiano Ripoll

«El Presidencialista», n.º 7  (julio de 1928)

~ por rennichi59 en Martes 12 octubre 2010.

2 comentarios to “República y catolicismo”

  1. Lúcido y ponderado análisis sociológico y político el de este exponente de la brillante generación de profesionales liberales que confluyeron en el Partido Republicano Presidencialista fundado por Hernández Rico.

    Clarividente en tanto en cuanto anticipa dos alboradas contrapuestas: la del populismo clerical, que cristalizó primero en la CEDA y posteriormente se fue escorando hacia posiciones fascistoides y apologéticas del terror (un claro exponente sería el caso del tristemente famoso Antonio Vallejo-Nájera); y el de un furibundo anticlericalismo, que en algunos casos degeneró (pese a lo razonable de muchas de sus reivindicaciones, propuestas y exigencias) en venganzas por las tropelías y abusos de todo tipo cometidos impunemente por los “católicos” o en violencia ciega e incomprensión.

    Un texto que conserva una gran vigencia, pues los motivos bastardos por los que muchos se reivindican hoy católicos son los mismos que ayer llevaban a tantos otros a hacer lo propio, para justificar su interesada y burda cosmovisión, en abierta contradicción con el mensaje de Cristo y del catolicismo.

    “No es éste el camino. Las máximas libertades públicas, aun mayores que las mayores legítimas alcanzadas por los pueblos más libres de la tierra, son compatibles con la doctrina cristiana, y en España, precisamente, no prevalecerán jamás esas libertades sino por el camino de mostrar esta incompatibilidad y de cercenar en nuestra vida religiosa, no los derechos de las conciencias y de la Iglesia Católica, sino los infinitos abusos introducidos en la Iglesia oficial y en la vida pública y privada de España por el extravío de los poderes espirituales, lo cual supone, precisamente, el acatamiento a los principios cristianos como criterio de recto juicio o, por lo menos, el respeto al espíritu público tradicional de este país”.

    Pues eso.

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  2. Como no podría ser menos, amigo Ramon, concuerdo plenamente con tu aprecio y estima por este artículo de D. Jaime Torrubiano y por la veracidad de su contenido, actualísimo en nuestros días, es decir 82 años después de ser escrito.
    Creo que en pocos casos se puede apreciar un análisis más desapasionado y exacto de lo que es la esencia del problema o de la cuestión religiosos y de su vertebración en la sociedad civil no sólo desde un punto de vista téorico, sino también y sobre todo en su concreción española. Laicos (empleando el término, naturalmente, no en sentido cristiano) y católicos tienen y tenemos mucho que aprender de la doctrina —y del ejemplo, es decir de la vida— de hombres como D. Jaime Torrubiano Ripoll.
    Muchas gracias por tu valioso comentario.

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