Lucha en la Sierra (2). La vida de las Milicias en el frente

Reportaje publicado por Luis Hernández Alfonso el 16 de agosto de 1936 en la sección «Lucha en la Sierra» de la revista «Crónica». Debemos su localización al profesor Agustín Miranda Armas, administrador de la Minikpedia, a quien va todo nuestro agradecimiento. Texto y  fotografías proceden de la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España.

Un héroe de la Sierra: Antonio R. de la Plaza, herido tres veces, y que, no obstante, sigue luchando como un valiente.

Amanecer

Envueltas en neblina azulada, las montañas semejan engañosas siluetas de espejismo en el horizonte. Aquí y allá, columnas de humo denuncian incendios en los pinares. De vez en vez, un estampido sordo revela que los artilleros no duermen. Y cada estallido desencadena una serie de disparos de ametralladoras enemigas.

El centinela que guarda la entrada de uno de los hoteles requisados por las Milicias exclama jovialmente:

—Ya funciona la «máquina de coser».

Grupos de milicianos, fusil al hombro y manta cruzada en bandolera, van en busca del desayuno. Zumba en lo alto el motor de un aeroplano. Las miradas convergen en el avión, punto brillante al sol mañanero.

—Es nuestro —comenta un miliciano joven y decidido.

—O no —replica otro.

—Lleva franja roja —contesta el primero.

—También la llevaba el que nos ametralló en la Peña del Cuervo —interviene un tercero.

El aeroplano, describiendo una amplia curva, se aleja hasta perderse en el espacio, sobre las posiciones enemigas. Entonces suena una explosión.

—El pájaro está poniendo huevos —afirma con aire de triunfo el primero de los interlocutores.

El lejano tableteo de una ametralladora pone un colofón a su frase. El adversario persigue con sus tiros al atrevido piloto que así viene a turbar su tranquilidad.

La neblina va disipándose, y el sol brilla ya con todo el rigor del día estival asfixiante y agotador.

El piloto bombardero coloca sobre las alas del avión las granadas que más tarde dejará caer sobre los campos del enemigo (Fots. Albero y Segovia)

Cuartel general

En la finca Parque María se halla establecido el Cuartel general del heroico Batallón «Octubre», de Milicias. En un muro del pabellón de guardas se ve una gran hoja de cartulina, en cuya cabecera, con letras rojas, se lee el título «Frente de lucha». Es el periódico mural del batallón. Cada día se sustituyen los «artículos», y cada Sección aporta iniciativas, comenta hechos o formula advertencias. Frente a la pared, un grupo de milicianos lee ávidamente las cuartillas sobrepuestas.

Un poco más allá, en un tablón de avisos, otros compañeros buscan su nombre en la relación de la correspondencia recibida la noche antes.

Junto a la escalerilla que da acceso al hotel, un encargado de cocina reparte, cazo en mano, el café con leche que sirve de desayuno.

A poca distancia, en la agradable sombra de los árboles frondosos, los rancheros disponen la comida en grandes cacerolas. Arden bajo ellas los troncos, y el aire lleva a los rincones del jardín jirones de humo.

Después de la dura jora¡nada, el corneta da el toque de descanso. En una ventana, un altavoz de radio hace llegar a los milicianos las noticias oficiales de la campaña. No lejos de la ventana, en la puerta de la cocina, el popular Perragorda, pinche con cara y sonrisa de pilluelo de Lavapiés, adopta una postura que demuestra hasta qué punto es consciente de la suprema importancia de su misión.

Voces, preguntas, rumor de conversaciones múltiples rellenan el Cuartel general del Batallón.

—¿Está ahí Zabalza?

—¿Has visto a Vega?

—Me ha ordenado Cuesta que…

—Ahora vendrán Poncela y Cazorla para…

—¡Jefes de Grupo!

—Hay que enviar ese vale a la Casa del Pueblo.

Un camión irrumpe en la arboleda. Son los víveres. Afanosamente, veinte voluntarios descargan los sacos de arroz, de judías, de garbanzos; las cajas de sardinas, las latas de chorizos y las cubas de vino.

—¿Más sardinas? —pregunta con simulado espanto un mozalbete. Y agrega: —Tengo ya el estómago que parece el Cantábrico.

Las chimeneas de las cocinas de campaña vomitan humo negro y denso. Los encargados de la cocina van y vienen incesantemente.

Arriba: Un excelente parapeto, mitad natural y mitad artificial, desde el que, sin posibilidad de ser visto, este miliciano hace fuego contra los rebeldes. Abajo: Una heroica muchacha de las Milicias situada en un picacho estratégico para vigilar cualquier movimiento del enemigo. (Fots. Albero y Segovia)

«Quid pro quo»

En un saloncillo de lo que fue lujosa residencia veraniega y hoy es Cuartel general del Batallón «Octubre», de Milicias, se reúnen los responsables de los diversos grupos que integran aquella unidad de combate. Una débil bombilla eléctrica ilumina apenas la mesa sobre la cual se halla extendido un mapa. Diez cabezas se inclinan para seguir, en el papel polícromo, las líneas rojas de las carreteras, las azules de los arroyos, las verdes de los pinares y de las cañadas.

Manolo Marzán, que ha trocado la bata blanca de la clínica por el verdoso capote de la Milicia, hace observaciones técnicas acerca de la organización de unas secciones de ametralladoras.

—Sí —replícale Cuesta—. Pero necesitamos dos máquinas más. Hay que pedirlas a Madrid.

(Aprovechemos la oportunidad para recordar a nuestros lectores que en lenguaje militar se llaman «máquinas» las ametralladoras).

De repente, un jefe de Escuadra, fervoroso e ingenuo, exclama:

—Yo traje ayer una máquina.

—¡Tú! ¿Y dónde la tienes?

—En mi mochila —replica plácidamente el primero son sonrisa de triunfo.

Los responsables cambian miradas de estupor. ¡Una ametralladora en un morral! El asombro se deshace en una carcajada cuando el ingenuo aclara, percatado de su error:

—Es una Kodak magnífica.

Luis HERNÁNDEZ ALFONSO

~ por rennichi59 en Domingo 17 octubre 2010.

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