El feminismo

Pocas ideas andan tan calumniadas en el espíritu público como la del feminismo.

El feminismo, que no es ni debe ser más que el ennoblecimiento de la mujer, su rehabilitación de criatura humana, como un factor social equivalente al hombre, por su inteligencia, para la mayor parte de las personas, aun de las más cultas, es la pretensión criminosa de la mujer de igualarse al sexo masculino en defectos y en vicios, el olvido de la tarea que la naturaleza le impone en el lar y en la familia.

Muy apartada, por falta de tiempo, de las asociaciones feministas que en nuestra tierra sustentan relaciones internacionales con sus congéneres, desconozco casi todo lo que en otros países piensan y quieren las feministas.

Pero aunque sean escasos esos conocimientos, ellos me dicen que, exceptuando los excesos antipáticos de las sufragistas inglesas, la mujer consiguió siempre hacer escuchar su voz, tan pronto como pronunció palabras de incentivo al bien, a la moralidad, a la virtud, a la perfección humana.

En los Estados Unidos, en Finlandia, en Australia, y en las naciones europeas en donde conquistó la admisión en los negocios públicos, su propaganda contra el alcoholismo, contra el tabaquismo, es tenaz e incesante.

En Portugal, el feminismo, tal como él debe ser comprendido, es religión de dos docenas de mujeres conscientes, que con el corazón amargado asisten a la creciente perversión de las costumbres, a la disolución de los lazos de la familia, a la corrupción que lentamente se va operando en un organismo ya gastado.

La sociedad portuguesa se hunde en un lodazal tremendo, sin que nadie procure el remedio para ese mal horrible.

Ya era tiempo de que hombres y mujeres ilustrados y patriotas se diesen las manos, sin mezquinas preocupaciones de sexos, de vistas políticas o religiosas, para, juntos, encontrar el cauterio necesario.

Escritores ilustres, a muchos de los cuales yo alabo y admiro cuando se pronuncian sobre otros asuntos, preconizan el regreso puro y simple al antiguo lar portugués, tal vez con la hegemonía absoluta del jefe, olvidando cuánto son diferentes hoy las circunstancias económicas y sociales de las de cuando esa domesticidad existía, y los dolores de que la mujer era víctima —pobre esclava de los caprichos del señor— aun cuando tenía veleidades de verdugo en materia de amor.

No es posible ese regreso, y nunca lo será.

Las leyes evolutivas del progreso, la desproporción numérica de los sexos, el despertar de la inteligencia de la mujer, narcotizada por el egoísmo multisecular e impiadoso del hombre, arrojan todos los días a cientos de ellas a la lucha de la vida.

La emancipación económica se va haciendo contra la voluntad del hombre, contra la voluntad de las mismas mujeres, por la fuerza impulsora y desorientada de los acontecimientos mundiales, sin un criterio superior que corrija el desvarío  que sobresalta e indigna a quien atentamente observa la carrera loca de la sociedad hacia la descomposición máxima.

Así, asistimos con espanto a la invasión de los cuarteles por mozas gentiles, ocupando lugares impropios de su sexo, por motivos que no es necesario especificar; nos indignamos al ver en Oporto a las conductoras de los eléctricos, en el desempeño de funciones que no están en armonía con su fragilidad, antiestéticas con sus gabardinas inelegantes, los cabellos ocultos debajo de una gorra masculina que les da el aspecto de máscaras permanentes, subiendo y bajando a los tranvías en marcha, expuestas a desastres por el estorbo de los vestidos, perdiendo la graciosidad de gestos y de lenguaje por el contacto constante con las groserías del público irreverente.

Al mismo tiempo, en tareas delicadas, en las tiendas de modas, en las confiterías, en las pasamanerías, los mostradores están guarnecidos de mocetones válidos y robustos, midiendo puntillas, vendiendo sombreritos y guantes, bombones y cintas, en un vergonzoso desperdicio de energías y de actividad, perjudicial para la colectividad.

El hombre culto, el hombre de gobierno, se niega a abrir los ojos a la evidencia; no tiene valor para afrontar el problema con deseo de resolverle. Preocupaciones atávicas le impiden la reacción contra una ceguera que amenaza a la sociedad en sus cimientos: por la destrucción de la familia.

La institución augusta de la familia tiene que mantenerse, si se quiere mantener la civilización. Para eso es preciso educar a las nuevas generaciones en nuevos conceptos, aprovechando del pasado y mejorando lo que en él haya de aprovechable y compatible con la vida actual.

Que se dé a la mujer el lugar que le corresponde al sol de la verdadera justicia, sin sacarla, sino excepcionalmente, de su campo de acción, que, si no debe restringirse al lar, tampoco puede extenderse hasta los cuarteles o a los clubes de juego y de perdición.

La mujer no puede continuar siendo para el hombre sólo el arrobamiento de los sentidos, porque es un alma; ni un objeto de lujo, porque es un valor social como él. No se la pervierta, edúquesela. No se la desvíe de los principios honestos y del brío inherentes a su categoría de ser humano, humillando su innegable capacidad intelectual con pretendidas inferioridades, nunca existentes de hecho y solo aceptadas de derecho por cobardía de ambos sexos.

Para que ella eduque a sus hijos, prepáresela dándole la noción plena de sus responsabilidades y juntamente la consciencia de su humanidad. Otórguese la emancipación a la siempre tutelada, no para concederle ingreso en los antros de la perdición (lo que nuestras leyes liberalmente le permitieron siempre, aun cuando ella era la mísera esclava escarnecida por la letra de los códigos), sino para que, como el hombre —porque es madre, porque es ciudadana— pueda administrar, dirigir y defender los intereses de sus hijos y de su patria.

Debe apreciarse el trabajo doméstico, sin gafas ahumadas, atribuyéndole su altísima valía. Sobre todo, consíderese a la mujer con respeto y no con la hipocresía de una urbanidad fingida.

Es por esto por lo que trabajan las pocas, las poquísimas feministas portuguesas, en una atmósfera de desconfianza de los buenos, de las ofensivas carcajadas de los malos, de la casi invencible mala voluntad de aquellas mujeres que en el hombre no ven un compañero amado para la subida amarga de la vía dolorosa, sino la máquina de ganar dinero, para la satisfacción de sus vanidades, de sus disipaciones.

Confundir, pues, a las feministas con las desequilibradas que juegan y fuman, explotan al hombre y abominan el trabajo, con las que no aman la misión de madre, no aspiran a la cariñosa abnegación de esposa y desdeñan las dulces menudencias de una vida sacrificada al bienestar de la familia, es un error tan grave y tan funesto para la auténtica felicidad de la patria, que cuesta perdonarlo.

Emilia de Sousa Costa

Lisboa, junio de 1928.

N. de la R.— A esta distinguida escritora (que con su esposo el ilustre publicista Sr. Sousa Costa, estuvo recientemente en Madrid, donde ambos dieron notables conferencias) le agradecemos muy de veras el envío del interesante artículo que hoy honra las columnas de nuestro periódico.

«El Presidencialista», n.º 7  (julio de 1928)

~ por rennichi59 en Domingo 24 octubre 2010.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

 
A %d blogueros les gusta esto: