De la taberna al salón de té (La hora de la merienda)

Artículo publicado por Luis Hernández Alfonso el 5 de diciembre de 1934 en la revista «Mundo Gráfico». Debemos su localización al profesor Agustín Miranda Armas, administrador de la Minikpedia, a quien va todo nuestro agradecimiento. Texto y  fotografías proceden de la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España.

De la taberna al salón de té (La hora de la merienda)

¡Lucio, sirve unas copas!

En la taberna, saturada de humo, hay un calor agradable. Los cristales, por el contraste, se empañan, y, desde el exterior, las luces se ven difuminadas, cercadas de un halo que las convierte en pequeños soles de encrucijada.

Frente al mostrador de estaño, donde se alinean frascos y botellas, un beodo dialoga consigo mismo, sin llegar a convencerse. Le oímos reprocharse la costumbre de cambiar en vino su jornal, y contestar, con la tenacidad característica de su estado: «¡Hay que vivir!»; lo que, sin duda, quiere decir: «¡Hay que beber!».

En el rincón de la taberna, junto a la estufa, los contertulios discuten entre bocado y sorbo

En un rincón, cerca de la bien encendida estufa, varios parroquianos se agrupan en torno de una mesa sobre la cual amarillean en un plato varias tajadas de bacalao frito. Hay también unos panecillos, cacahuetes, altramuces y los clásicos «torraos». Dan guardia de honor a estos elementos nutritivos varios toscos vasos, pequeño ejército bajo las órdenes de un frasco de blanco mosto, su general en jefe.

En la tertulia (¿cómo no?) se habla de política. Las ideas más originales, las conclusiones más peregrinamente lógicas cruzan por encima del bacalao, los cacahuetes y el pan, mudos testigos de las luminosas controversias. Lentamente se enseñorea de la conversación nuestra señora la incoherencia, que aumenta conforme disminuye el contenido del frasco.

Cuando éste se agota, comienzan, por turno, los contertulios a gritar periódicamente:

—¡Lucio! ¡Sirve unas copas!

Sin que sepamos cómo, el bacalao y los entremeses han desaparecido, y en su lugar humean diminutas cazuelas de callos, calamares, almejas o caracoles. Después, el pequeño ejército de vasos se ve bajo las órdenes de un nuevo general.

En la atmósfera se condensa el humo picante de los cigarrillos comunes. La discusión de antes se ha convertido en un concertante, en el que cada intérprete canta lo que quiere, sin escuchar a los demás. Todos hablan entre bocado y sorbo, y, no obstante, la armonía no se turba ni un momento.

Mientras, el beodo, siempre de pie junto al mostrador, con el vaso en la diestra, continúa su diálogo consigo mismo, salpicado del monótono «¡Hay que vivir!».

Haciendo un alto en sus juegos, el niño traba enconada lucha con el chocolate y el pan

Chocolate y pan

El chiquillo ha dejado momentáneamente sus juguetes. La pelota de goma, el gato de cartón y las casitas de madera yacen en el suelo junto a él, víctimas de la ingratitud producida por el apetito. El rapaz se afana en una lucha a mordiscos, rápidos y enérgicos, contra una onza de chocolate y un trozo de pan. Su acometividad no permite abrigar dudas sobre el resultado de la contienda, en la que de vez en cuando hace alto para contemplar con melancolía infinita la vertiginosa eliminación de los adversarios.

En el bar, parejas amorosas, «peñas» de sesudos varones y familias con pequeñuelos, calman su apetito con el café y la ensaimada

Café con ensaimada y Celia Gámez

El bar está lleno. En los cómodos divanes y en las sillas, frente a las mesas de mármol, numerosas parejas desgranan su rosario amoroso con la tercería amable de un bocadillo y una caña, o de un café con suizo. En otros rincones, las «peñas» de sesudos varones comentan los sucesos del día, hablan de negocios o simplemente dejan pasar las horas contemplando el humo del tabaco y atisbando, a través de los amplios ventanales, el paso de los transeúntes.

La gramola lanza por milésima vez la voz de Celia Gámez, que canta un tango standard, o las de unas vicetiples, obstinadas en convencernos de que son las modistillas madrileñas que van a coser a ratos, y a ratos a un concurso de belleza, simultaneando así lo útil con lo agradable.

Rodeando algunos veladores, hay también familias en las que los niños imponen su tiranía —alternativamente deliciosa y desesperante— tocando los vasos, derramando el agua de las jarras y maculando con gotas de café la albura de sus vestiditos, obra del maternal cuidado.

Aquí varía —dentro, claro está, de una no muy extensa gama de motivos— el tema de las conversaciones. Se habla en tono discreto, sin voces que disuenen. Percibimos frases sueltas.

—Tú me dijiste que no ibas, y…

— Parece mentira que aún creas que…

—Hoy no han venido las rubias. Debe de estar fuera él.

—No me gusta que te pongas el vestido azul, que…

—Le van mal los asuntos y, según parece, quiere…

Los camareros van y vienen, pacientes y comprensivos, con seriedad que tiene algo de «secreto de confesión».

En el lindo salón de té flotan perfumes delicados y humo de tabaco rubio

Pastas y cigarrillos turcos

El lindo salón de té está animadísimo. La luz suave, da al conjunto una grata distinción. En torno a las mesitas, enmanteladas pulcramente, hay deliciosas mujercitas, de pulidas uñas y rostro maquillado discretamente. Caballeros de ademanes mundanos y señoras de reposados gestos toman el té y hablan en voz queda, contribuyendo al sordo rumor que del local se adueña.

Por doquiera sonrisas, manos enguantadas, que se agitan levemente en cordial saludo. Huele a esencias y a tabaco rubio. Los camareros se deslizan entre las mesas, sin ruido, rígidos, con aire ceremonioso. Quien toma chocolate; quien, té; quien, emparedados. En algún mantel resalta, con la violencia de su colorido, una copa de licor exótico.

El rumor, a veces, se descompone en frases perceptibles:

—El modelo que ha escogido Paulita es…

—Anoche estuvimos en el Victoria, y…

—Él es ingeniero y vive en Inglaterra; pero ella…

—Me lo presentaron este verano en Biarritz…

Se habla en tono confidencial, mientras en las cuidadas manos de ellas y ellos humean los cigarrillos ingleses o turcos.

Final

En la taberna, en el hogar, en el bar y en el salón de té (cuatro escenarios, cuatro ambientes, cuatro clases de protagonistas), con estrépito, en silencio o entre rumores; con bacalao frito y vino, unos; con café y suizo, otros, y con té, pastas y emparedados los de más allá, todos, al caer la tarde, rinden culto a una pasajera deidad: el apetito.

Luis HERNÁNDEZ ALFONSO

(Luis de Valencia)

(Fots. Cortés)

~ por rennichi59 en Domingo 31 octubre 2010.

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