Los desafueros de la propiedad

Artículo publicado por Luis Hernández Alfonso el 2 de noviembre de 1927 en la sección «Cuestiones de higiene social» del diario «Heraldo de Madrid». Texto y titular proceden de la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España.

Dos noticias, ambas desagradables, han visto la luz recientemente en los periódicos. Nos daba cuenta una de ellas de que dos guardas jurados tirotearon una camioneta en la que iban unos cuantos jóvenes que desde la carretera pretendían cobrar alguna liebre para hacer una merienda. De dicho tiroteo resultó muerto el conductor, que, por cierto, no tomó parte en la cacería.

Las otra nos enteraba de que otro guarda jurado había aparecido muerto misteriosamente. Se atribuye la muerte a venganza del padre de una desventurada criatura que penetró en la finca para coger un racimo de uvas. El guarda sorprendió al chico en la travesura, lo ató a un árbol y lo dejó allí toda la noche. Al día siguiente, el niño estaba muerto, de frío y probablemente por el espanto también.

Hace poco supimos que en un melonar el propietario mató de un golpe en la cabeza a un individuo cuanto estaba éste comiéndose un melón que acababa de coger.

Podríamos agregar una lista de casos análogos; pero bastan los reseñados para que juzguemos hasta dónde ciega el derecho de propiedad, que es suficiente para que un individuo que no acostumbra a delinquir se convierta en criminal, por su propia mano o por la de sus servidores.

Lejos de nuestro propósito está justificar la caza furtiva o el hurto de frutas. Tampoco pensamos que los atropellos cometidos por los guardas de una finca obedezcan al deseo del propietario de la misma; pero creemos que la administración de justicia es función privativa del Estado y que sólo él se halla capacitado para emplear medios coactivos o de represión. Si no estamos autorizados por las leyes para vindicar por nosotros mismos los ataques ajenos contra los demás derechos que nos corresponden, ¿por qué razón el de propiedad (cuyo simple uso es muchas veces abusivo ante la conciencia) se exceptúa?

Los códigos que exigen la concurrencia rigurosa y comprobada de requisitos para apreciar la eximente de legítima defensa no impiden (véase el Código Imperial alemán) que se mate a un hombre por hurto de fruta.

Desde mucho tiempo atrás se califica de «sagrado» el derecho de propiedad. Hoy ya somos muchos los que creemos que sólo hay un derecho sagrado: el de «vida» (en su integridad física y moral). El derecho mejor fundado deja de ser lícito cuando dificulta o impide la vida de los semejantes. Supongamos que en una comarca, por cualquier causa, el hambre diezma la población, mientras un afortunado individuo posee (aunque sean legítimamente adquiridos) unos graneros repletos y una reserva de alimentos suficientes para aplacar el hambre de sus conciudadanos. Si encastillado en su «sagrado» derecho de propiedad ese potentado se niega a saciar el hambre de los demás, ¿no se convertirá el ejercicio de su derecho en un verdadero crimen?

Ya me parece oír a algún lector que alarmado pregunta: «¿Y el orden social? ¿Y el derecho legítimamente adquirido?». Y responderemos: «¿En qué consiste ese orden? ¿Hasta dónde llega la legitimidad?».

El derecho natural no existe como doctrina inmutable; es, simplemente, en cada momento el conjunto de normas que las circunstancias imponen a la conciencia de la Humanidad. En consecuencia, no hay en todas las modalidades del derecho natural más que una necesidad invariable, la de garantizar el derecho inalienable de «vivir». Y todas las leyes que dificulten o impidan el ejercicio de él son condenables ante la razón y ante la justicia.

Creemos sinceramente que es ya hora de que nos despojemos de prácticas monstruosas y depuremos la licitud moral de muchas normas jurídicas. No se conciben leyes hechas a perpetuidad. Una legislación que no satisface las exigencias morales de los hombres es, no una garantía, sino una amenaza, una negación.

No son las necesidades las que han de estrecharse para caber en los códigos: son éstos los que han de dilatarse a medida que aquéllas aumentan.

Y mientras esta labor no se realice plenamente, bueno será comenzarla evitando casos tan lamentables como los que motivan estos comentarios.

LUIS HERNÁNDEZ ALFONSO
(«El doctor Hache»)

~ por rennichi59 en Domingo 14 noviembre 2010.

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