El certificado sanitario prematrimonial

Artículo publicado por Luis Hernández Alfonso el 3 de agosto de 1927 en el diario «Heraldo de Madrid». Texto y titular proceden de la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España.

Ocúrrense a los prohombres peregrinos remedios para los males hondos y antiguos de la humanidad. Y es lo más curioso que en tales remedios suele encontrarse una injusticia mucho mayor que en la calamidad que quiere con ellos repararse. Veamos el caso del certificado prematrimonial.

Preténdese implantarlo por doquier para evitar la degeneración de las razas. En Méjico ahora parece ser que se ha decretado en lo que al hombre se refiere (¿no es más importante, si cabe, en cuanto a la mujer?). Se ha puesto de moda clamar por el certificado de aptitud para la procreación, y todos lo admiten como panacea inapreciable. Pero vayamos con tino en tan delicado asunto y veamos si se plantean debidamente los problemas, único medio de que haya justicia en su resolución.

Implantado el certificado sanitario a que aludimos, sólo se permite el matrimonio (que bien considerado es el cumplimiento de una ley natural) a quienes no padecen determinadas enfermedades. Es decir, que se fuerza a los titulados «no aptos» a buscar una unión ilegítima, que en tal caso será ante la razón tan legítima como la legal. Y de esas uniones no legales nacerán hijos, los cuales, salvo que se estime lícito el infanticidio y se practique casi como «deporte», serán continuadores de los defectos fisicopatológicos de los progenitores.

¿No es esto evidente sobre toda ponderación?

Pero esto es sólo un aspecto real del asunto. Hay otro que, por revelar lo profundo de las raíces del mal, merece preferente y cuidadoso examen. ¿Tiene derecho la sociedad a someter a tales rigores a los individuos que padecen enfermedades que sólo la misma sociedad pudo evitar y por imprevisión o desidia no lo hizo? ¿Es legítimo ese rigor cuando la primera víctima de tales dolencias es al propio tiempo víctima también de la injusticia del régimen y el ambiente sociales?

Todo hombre (y al decir «hombre» queremos significar «ser humano») tiene derecho a vivir por el mero hecho de nacer. Cuando nace viene a aumentar el caudal de vigor de la Naturaleza, y por ende, de la colectividad social. Si su vigor se agota a fuerza de privaciones y penalidades, entre la miseria y la tuberculosis, ¿de quién es la culpa? ¿Es el individuo el que quiso ser inepto para reproducirse en criaturas sanas, o fueron las tristes circunstancias de su vidas las que le llevaron el agotamiento a su cuerpo y la neurastenia a la conducta?

Repitamos una vez más la vieja frase «arrojar la cara importa, que el espejo no hay por qué». Combátanse las causas, no los efectos, que sólo son manifestaciones de aquéllas. Hasta que esto no se haga no habremos conseguido nada. Yo invito a quienes de tan brillante forma abogan por la implantación universal del certificado a que nos referimos, a que aporten las razones suficientes para que se demuestre su utilidad. Dudo de que lo consigan, no obstante su gran erudición y la innegable alteza de sus miras; teórica y prácticamente, no es lógico el procedimiento. Eso aparte de que es muy discutible el derecho de impedir a los no absolutamente aptos esa unión «naturalmente» lícita, porque aparte del peligro anteriormente reseñado hay una serie de consideraciones de orden moral (sentimentales, especialmente) que impone al legislador la máxima prudencia antes de señalar normas prohibitivas.

Fatalmente, de manera ineludible, nos veremos, a poco que profundicemos en la cuestión, en pleno problema social. La mayor parte, por no decir todos los males de la sociedad, radican en el mismo punto. Y es inútil hablar de otros remedios que no sean los que supriman esa «causa máter»… Recuerdo aún el rostro de temeroso asombro que puso mi querido amigo el doctor Navarro Fernández (1) cuando un orador, muy conocido por mí, expuso esta creencia en uno de los comicios de higiene social organizados por el insigne dermatólogo. Pero, a pesar de todo, ese y no otro es el camino.

Y de eso precisamente trataremos en sucesivos artículos, si las siempre acogedoras columnas de este diario quieren darles abrigo, cuyo título general será: «Cuestiones de higiene social», y en los que nos ocuparemos de estos llamados «problemas sanitarios» y que estimamos nosotros «problemas sociales».

EL DOCTOR HACHE

[1] El dermatólogo Antonio Navarro Fernández fue el fundador y principal animador de los mítines dominicales de la campaña sanitaria de higiene social que se celebraron en diferentes locales madrileños, principalmente cines, a finales de los años veinte. En ellos tomaban la palabra médicos, publicistas, escritores y otras personalidades especialmente sensibles a la problemática sociosanitaria de la España de la época. La hemeroteca del diario «ABC» nos han dejado constancia, por el momento, de la participación de Luis Hernández Alfonso en tales encuentros en cinco ocasiones: 17-I-1926, 24-I-1926, 31-I-1926, 7-III-1926 y 24-II-1929. En la primera de ellas, intervino en calidad de «secretario del Liceo de la Juventud».

~ por rennichi59 en Martes 30 noviembre 2010.

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