No hay «problemas» aislados

Artículo publicado por Luis Hernández Alfonso el 5 de agosto de 1927 en la sección «Cuestiones de higiene social» del diario «Heraldo de Madrid». Texto y titular proceden de la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España.

Dijimos en nuestro artículo anterior que a poco que en los problemas sanitarios se profundizase aparecía la identidad de éstos con los sociales. Y añadiremos ahora que no se trata de «problemas» aislados, sino de uno solo, cuyas diversas facetas llaman la atención de tratadistas especializados, quienes, obsesionados por la importancia del aspecto que mejor conocen, cuídanse poco de buscar un origen común a todos.

Sin embargo, tantas veces como se ha suscitado la discusión sobre tan diversas facetas de la misma piedra de toque, ha surgido el magno escollo, que es lo que nosotros calificamos de «causa mater».

Pretender resolver (por ejemplo) el pavoroso asunto de la tuberculosis mediante funciones teatrales o fiestas de la Flor (cosas ambas que honran en extremo a sus organizadores de buena fe) es tanto como pretender desviar el curso del Amazonas con una pala de las que usan los niños para jugar con la arena. Y, además de su poca eficacia, semejantes arbitrios ofician de calmantes para el dolor de semejante herida, lo que hace que resulten perjudiciales, porque no se piensa en el único camino.

De igual modo ocurren las cosas en otros aspectos, advirtiéndose así, en repetición constante, una desorientación absoluta.

Esas proclamas, llenas de altruista devoción, en las que las autoridades ruegan a los ciudadanos que contribuyan a remediar tan hondos males, son, aunque nos pese, una vergonzosa declaración de impotencia, descuido e incomprensión.

La vida es cada momento más difícil y es mínimo el porcentaje de ciudadanos que se nutren lo suficiente para compensar su desgaste funcional. No obstante, hay muchos acaparadores, monopolizadores (oficial o extraofocialmente) y defraudadores que contribuyen «con generosidad» a las «cuestaciones» de beneficencia con una limosna ridícula en la que invierten una cienmillonésima parte de lo que ilícitamente obtuvieron en sus negocios (perfectamente delictivos, aunque los códigos los declaren sagrados con rara unanimidad). Y para mayor escarnio, esa limosna se hace a cambio de una publicidad que es muchas veces positivo reclamo.

Y así en todo lo demás.

Digámoslo sin rodeos: hace falta reunir los hoy dispersos elementos de juicio… Tenemos muchos y muy buenos especialistas… Sólo nos faltan los especialistas «en lo general». No nos empeñemos en aislar los síntomas pretendiendo encontrar a cada uno de ellos un origen autónomo, independiente. No nos asuste la magnitud del mal ni la perspectiva de una curación dolorosísima.

Es indudable que hay esfuerzos laudables, voluntades deseosas de solucionar conflictos y curar llagas. Pero no es menos indudable que caminan a ciegas, sin orientación definida, malgastando bríos que no pueden dar ningún resultado.

No pretendemos nosotros resolver aquí ese «único» y magno problema; pero sí nos proponemos estudiar sus principales aspectos, exponer sus relaciones y señalar el camino (también único) que a su solución conduce, sin vacilaciones ni eufemismos que serían culpables. Es lo más leal siempre, y muy especialmente en estas columnas, donde caben cuantas campañas puedan ser de pública utilidad.

EL DOCTOR H.

N. B.— En el próximo artículo me ocuparé de estudiar «El impuesto de soltería».

~ por rennichi59 en Jueves 2 diciembre 2010.

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