El derecho a la beneficencia

Artículo publicado por Luis Hernández Alfonso el 10 de septiembre de 1927 en la sección «Cuestiones de higiene social» del diario «Heraldo de Madrid». Texto y titular proceden de la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España.

Aunque podría discutirse la propiedad de la denominación «beneficencia» como significativa de la «asistencia pública», dejemos pasar esta palabra, ya que, en el fondo, se aplica a una labor que redunda en bien de la colectividad.

Pero veamos ahora si dicha labor, en efecto, se realiza de forma procedente y si produce los resultados que debe producir. Ante todo, hagamos constar la incompatibilidad del carácter de servicio público y el de «obra de caridad» que quiere atribuírsele. La persona que por carecer de medios ingresa en un asilo o un hospital no hace sino disfrutar del derecho que las colectividades se reservan; es inadmisible que esa obra se realice a título de favor.

Todos los ciudadanos españoles contribuimos en diversas formas al sostenimiento de las instituciones de beneficencia. Los edificios, el material, los honorarios de quienes en ellas prestan servicios son costeados por la colectividad, sin que en momento alguno pueda nadie considerar de libre arbitrio la prestación de un auxilio que, dada su índole primordialísima, no debe negarse jamás a quien la necesite.

Estas observaciones pueden parecer innecesarias a las personas que, alejadas de estos asuntos, creen de buena fe que todo pasa como debe pasar. Pero los que por cualquier circunstancia han tenido ocasión de ver la realidad saben perfectamente que es preciso puntualizar «lo que debe hacerse» para exigir «que se haga».

Son muchos los que han necesitado acudir a consultorios públicos, sostenidos por el Estado, con funcionarios, material y servicios que tienen su correspondiente partida en los presupuestos nacional, provincial o municipal; y todos saben la forma humillante en que se les suele tratar, como si al reclamar asistencia solicitaran una gracia en lugar de ejercer un derecho.

Si pasamos a estudiar los medios empleados para combatir plagas como la tuberculosis veremos que hay una cama cada cinco o seis mil enfermos que la necesiten y que ni siquiera se guardan siempre las formalidades que la estricta justicia impone. Hay, sí, muchos sanatorios para los que pueden pagar treinta o cuarenta pesetas diarias de hospedaje. Y si en todas las cosas es triste la omnipotencia del dinero, en las que a la salud afectan, en las que llevan consigo la vida o la muerte de los seres humanos, la injusticia se convierte en crimen.

Son ridículas las alharacas oficiales de cualquier Gobierno que crea resolver el problema de la raza con discursos, concursos deportivos y actos semejantes, mientras permite que cada invierno mueran de hambre y frío unos centenares de ciudadanos que por el mero hecho de nacer tienen derecho a la vida.

El Estado es la única persona jurídica capacitada para ejercer esa omnipotencia. Si en lugar de hacerlo así permite enormidades como las anteriormente indicadas no puede ni debe emplear sus medios coactivos en proteger un pretendido orden social que lleva en su seno el cáncer terrible del egoísmo más feroz y la animalidad más o menos disimulada.

Manteniendo estas circunstancias monstruosas ¿para que se pretende aumentar la natalidad? Ante todo es preciso garantizar la vida de los nuevos seres, después, claro está, de haber protegido la de sus genitores.

La beneficencia, o, mejor dicho, la asistencia pública, es un deber para el Estado y sus organismos y un derecho exigible para los ciudadanos. Mientras esto no se realice de manera automática y absoluta ni el Estado cumplirá sus fines ni el individuo estará compensado de los sacrificios que lleva consigo la vida en sociedad.

Asombra que los Gobiernos crean «haber puesto una pica en Flandes» cuando «hacen economías», siendo así que el progreso natural exige un aumento constante de gastos públicos, consecuencia lógica del aumento incesante de la esfera de acción del Estado.

Pero de esto nos ocuparemos al final de la serie de artículos que hemos preparado y de los que ya tenemos algunos dados a la luz en estas columnas.

EL DOCTOR H.

~ por rennichi59 en Domingo 5 diciembre 2010.

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