El problema de la mendicidad

Artículo publicado por Luis Hernández Alfonso el 14 de octubre de 1927 en la sección «Cuestiones de higiene social» del diario «Heraldo de Madrid». Texto y titular proceden de la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España.

Todos los españoles hemos oído hablar desde que tenemos uso de razón de la «supresión de la mendicidad». Esta frase, acompañada con anuncios de campañas «formidables», se ha repetido hasta lo infinito. De lo que no se ha hablado casi nunca ha sido de la «supresión de la miseria». Suprimir las manifestaciones de un mal, en biología general, como en sociología, es casi siempre agravarlo. Estudiemos ligeramente esta cuestión y llegaremos a comprobar que esta ley se cumple de manera inevitable.

Supongamos que un 90 por 100 de los mendigos que hay en las calles de Madrid (como en las de todas las ciudades de España, y aun del mundo) imploran la caridad a pesar de tener cuentas corrientes en los mejores Bancos. (Estas «historias», que se basan en casos excepcionales, vienen como anillo al dedo para que puedan encogerse de hombros, y hasta indignarse, muchos acaudalados señores). Supongamos, decíamos, que sólo un 10 por 100 de los pordioseros se hallan verdaderamente necesitados. Es innegable que, en mayor o menor proporción, hay infelices que «forzosamente» han de mendigar para no morirse de hambre, y, por desgracia, aún están recientes dos o tres tragedias que han impresionado algo (no mucho, porque eso no sería de «buen tono») al público, lo que no permite poner en duda la existencia de tan penosa realidad. Creemos que ningún Gobierno ni autoridad de ninguna índole habrá pensado en exterminar a los menesterosos, como si se tratara de los microbios del cólera. Pero es el caso que se ha emprendido siempre una «cruzada» contra los mendigos, pero no contra el hambre…

Esta conducta, siempre injusta, llega a constituir una verdadera monstruosidad cuando se aplica a perseguir a individuos que por sus dolencias físicas se encuentran abandonados a la misericordia de los que, más felices o menos infortunados, pueden vivir del producto de su propia actividad. Éste es el caso de los ciegos, por ejemplo. No hace muchos días, una Sociedad protectora de estos desvalidos publicaba en varios diarios un suelto en el que solicitaba de las autoridades (textual) que «hiciesen la vista gorda» y no aplicasen medidas rigurosas para con sus afiliados y cuantos padecen de la terrible desgracia de no ver. Este sencillo hecho es más elocuente que todos los discursos de los filántropos «a la violeta», que hablan, han hablado y, si Dios no lo remedia, seguirán hablando de la «supresión de la mendicidad». Se dictan disposiciones que prohíben mendigar; pero no se dictan otras que brinden trabajo a los útiles y sustento a los que no son aptos para trabajar.

Vemos con lamentable frecuencia a débiles ancianos caminar encorvados bajo el peso de sus años y sus desventuras, ateridos, harapientos, demacrados… ¿Qué derecho tenemos a impedirles que imploren por caridad lo que se les niega, contra toda justicia, como derecho? Los ancianos, los paralíticos, los deformes inútiles, ¿no tienen derecho a vivir? Negarlo sería absurdo. Para condenar a esos desventurados a tan horrible vida sería preferible resucitar la costumbre (que muchos de los civilizados de hoy califican de «brutal», sin caer en la cuenta de que andan muy cerca de merecer… análoga calificación) que cuentan los historiadores se seguía en Esparta: despeñar a los niños raquíticos o anormales. ¿Y a esta conclusión hemos llegado en el tan «orgulloso» siglo XX?

Lo que ocurre es que a todos nos preocupa más nuestra comodidad que la justicia; protestamos precisamente «contra la mendicidad» porque es desagradable verla en las calles cuando entramos o salimos para nuestros quehaceres o nuestras diversiones. Si esos mendigos se «limitaran» a morirse delicadamente en el extrarradio, en sus covachas, ni nos preocuparíamos de su existencia. He oído a muchos, al parecer hombres, decir que «la mendicidad debía sólo consentirse en las afueras». Claro que porque ellos vivían en el centro. De manera que no es la miseria lo que preocupa, sino la molestia que experimentamos cuando nos vemos obligados a darnos por enterados de que existe. Sería mucho mejor poder decir, como el gascón del cuento: «¡Ah! ¿Pero hay pobres en el mundo?».

Y, en resumen, nada se hace para mitigar la miseria. Las grandes campañas que a todo bombo y con la mayor publicidad se emprenden no pasar de ser pretextos más o menos lícitos para que se reúnan unas cuantas señoras de las que no tienen nada que hacer en sus casas (o que si lo tienen no lo hacen) para charlar, murmurar y… salir en los periódicos. De cuando en cuando se da de comer a diez o doce pobres y se invita a todo Madrid para que vea cómo hacen una cosa tan sencilla y tan natural para algunos afortunados mortales. Y vemos esas fotografías, que inspiraron al gran Bagaría varias de sus más acertadas caricaturas. Se trata, en efecto, en esos casos, de «unos pobres bien aprovechados».

No; no y mil veces no. Ni ése es el camino, ni con esas «campañas» se consigue más que aumentar la gravedad del mal, porque se une a la insuficiencia la burla y el escarnio. Una sociedad que, con mucha razón, condena al suicida, ¿puede negar derecho de vida a los que no se hallan en condiciones de poder vivir sin ajeno auxilio?

¿Que el remedio «dolería a muchos»…? Bien; pero el «no remedio» duele a la dignidad y a la conciencia de los hombres honrados.

EL DOCTOR HACHE

~ por rennichi59 en Lunes 6 diciembre 2010.

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