Las deudas de Amundsen

Artículo publicado por Luis Hernández Alfonso el 28 de diciembre de 1928 en la Sección «Comentarios de actualidad» del diario «Heraldo de Madrid». Texto y titular proceden de la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España.

Es verdaderamente lamentable el caso de Roald Amundsen, tanto más cuanto que no es un hecho aislado, sino representativo y simbólico de un grave problema que afecta a la entraña misma de la organización social que disfrutamos.

El glorioso explorador, que al partir en busca de su rival Nobile para arrancarle de una muerte horrible fue en busca de su propia tumba, dejó muchas deudas, después de haberse arruinado en sus admirables exploraciones. Los últimos años de su vida constituyeron un calvario de penalidades y humillaciones.

Hoy la Prensa nos informa de que han tenido que venderse las condecoraciones que le fueron otorgadas para que los acreedores cobrasen sus cuentas. Al marchar a la empresa de donde no había de volver, el explorador suplicó a su abogado que «le hiciera hombre libre», en caso de que sucumbiese en la peligrosa aventura.

Menos mal que ha habido un hombre, Mr. Conrad Langaard, que, para evitar mayor vergüenza al mundo civilizado, ha adquirido aquellas condecoraciones, pagando por ellas considerable suma y regalándolas después a la Universidad de Oslo. Pero ello en nada disminuye la gravedad del caso.

Es, pues, un hecho corriente que hombres de ciencia, abnegados y altruistas, expongan sus bienes y su vida para bien de la Humanidad… Y al perder unos y otra en tan sublime esfuerzo han de esperar que un ser noble y desinteresado libre su memoria del peso ignominioso de unas deudas contraídas con tan elevado fin.

«Los acreedores —se objetará— tienen “derecho” a cobrar». Indiscutiblemente. No es esto lo absurdo, sino que la sociedad se halle organizada de manera que puedan ocurrir tales casos y con tan lastimosa frecuencia.

Entretanto, los «cracks» financieros se repiten en todos los países. Hay Bancos que quiebran a consecuencia de arriesgadas y no siempre lícitas especulaciones; entidades que se desmoronan, dejando en la miseria a muchos seres; «negocios» enigmáticos que nadie sabe para qué sirven ni en qué se basan. Y sus directores y accionistas son «honorables señores» universalmente respetados, que tienen la precaución de poner su fortuna personal en seguro y a quienes nadie hace responsables de las «eventualidades» financieras. Todos sabemos lo que hay detrás de las jugadas de Bolsa; sabemos también que es fácil provocar alzas y bajas de valores; no ignoramos que en las sombras cerebros hábiles maquinan ruinas estrepitosas y apogeos ficticios. Una legión de vividores medran al amparo de esas farsas que llevan en marcha triunfal a muchos pillos sobre los cadáveres de incautos, ambiciosos y hombres de buena fe.

Pues bien: mientras todo eso sucede, Roald Amundsen, el explorador que tras toda una vida consagrada al bien de la Humanidad perdió la existencia en la más noble, más alta y más desinteresada empresa, deja al morir una afrenta para su memoria, que esta vez ha podido desvanececerse gracias a la «caridad» (nunca bastante ponderada) de ese hombre, Conrad Langaard, que ha tenido un gesto de verdadera grandeza y que al realizarlo ha escupido a la cara de la Humanidad mezquina y miserable que paga los favores de seres abnegados con la más torpe y repugnante ingratitud.

¿Ésa es la «sociedad» contemporánea? ¿Ése es el tan alabado «orden social»?

LUIS HERNÁNDEZ ALFONSO

~ por rennichi59 en Domingo 12 diciembre 2010.

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