Minorías selectas

Intervención publicada por Luis Hernández Alfonso el 12 de enero de 1929 en la Tribuna Libre sobre «El arte y la vanguardia» del diario «Heraldo de Madrid». Texto y titular proceden de la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España.

En mi modesta opinión las denominadas «minorías selectas» no son un fin, sino un medio para mejorar el nivel general de cultura. Pero para que no resulten perjudiciales es indispensable que su esfuerzo tienda a convertirlas en «mayoría». De lo contrario constituyen un coto cerrado, donde el egoísmo se convierte en egolatría.

Por eso la minoría selecta a la que, con razón a mi juicio, atacaba García Sanchiz puede ser motejada de feudo literario poco en armonía con las corrientes democráticas. Su exclusivismo le impide ser el fermento que haga evolucionar el medio ambiente. Esa minoría no aspira a la ampliación de su esfera de actividad ni se propone aumentar el número de sus componentes. Quiere únicamente elevar murallas a su alrededor para ser como la ciudad china de los elegidos en el seno de la ciudad maldita, temerosa de ser contaminada por ésta.

La minoría que se autoproclama selecta no basa su actitud en el fervor de un apostolado, sino en el desprecio que por la masa siente. No es «caritativa», sino «aristocrática». Es, en una palabra, una casta que aspira a conservarse «igual» en medio de la plebe.

Esa funesta «tendencia» dicta a filósofos como Spengler todo un sistema de «revelación». Así se llega a «construir» un sistema de leyes cósmicas «personal» y subjetivo que sus autores tienen por axiomático, esto es, que ni tiene ni necesita demostración.

Para resumir: las minorías selectas deben considerarse como un hecho sólo determinable «a posteriori» por la Historia. No tiene nadie derecho a instituir un feudo cultural y a autoproclamarse «señor». Ésa es la diferencia que hay entre un tirano y un apóstol.

LUIS HERNÁNDEZ ALFONSO
Director de «El Presidencialista»

~ por rennichi59 en Domingo 12 diciembre 2010.

2 comentarios to “Minorías selectas”

  1. Estimado amigo,

    una vez más nos quitamos el sombrero ante el despliegue de lucidez, estilo literario y espíritu humanista de su abuelo.

    “La minoría que se autoproclama selecta no basa su actitud en el fervor de un apostolado, sino en el desprecio que por la masa siente. No es «caritativa», sino «aristocrátics». Es, en una palabra, una casta que aspira a conservarse «igual» en medio de la plebe. […].

    Para resumir: las minorías selectas deben considerarse como un hecho sólo determinable «a posteriori» por la Historia. No tiene nadie derecho a instituir un feudo cultural y a autoproclamarse «señor». Ésa es la diferencia que hay entre un tirano y un apóstol”.

    Apóstol: Del lat. apostŏlus, y este del gr. ἀπόστολος, enviado.
    1. m. Cada uno de los doce principales discípulos de Jesucristo, a quienes envió a predicar el Evangelio por todo el mundo.[…].
    5. m. Propagador de cualquier género de doctrina importante.

    Tirano: (Del lat. tyrannus, y este del gr. τύραννος).
    2. adj. Dicho de una persona que abusa de su poder, superioridad o fuerza en cualquier concepto o materia, y también simplemente del que impone ese poder y superioridad en grado extraordinario.

    “Por eso la minoría selecta a la que, con razón a mi juicio, atacaba García Sanchiz puede ser motejada de feudo literario poco en armonía con las corrientes democráticas. Su exclusivismo le impide ser el fermento que haga evolucionar el medio ambiente. Esa minoría no aspira a la ampliación de su esfera de actividad ni se propone aumentar el número de sus componentes. Quiere únicamente elevar murallas a su alrededor para ser como la ciudad china de los elegidos en el seno de la ciudad maldita, temerosa de ser contaminada por ésta”.

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  2. Estimado amigo Ramon: Muchas gracias por el aprecio de las ideas defendidas en este artículo por mi abuelo. Las capillitas en diferentes ámbitos, y sobre todo en el artístico, entrañan siempre ese peligro que aquí queda bien definido; y, en un ámbito aún más amplio, es indudable que ciertas «etiquetas» deben, tanto hombres como movimientos, tener la nobleza y la delicadeza de no colgárselas ellos mismos, sino esperar o confiar, a lo sumo, a que el tiempo y la opinión desapasionada de nuevas generaciones se las atribuyan. No puedo menos de pensar en ciertos «tribunos intelectuales» (dicho sea con perdón de la verdadera intelectualidad», que firman sus artículos de opinión en la prensa añadiendo a su nombre, ya más que suficientemente cotizado, el calificativo de «filósofo», «intelectual» u otro parejo, no se sabe por quién expedido.
    Se me ocurre ahora, al hilo de sus comentarios, que mi abuelo fue en el fondo exponente, junto con muchas otras «plumas» de la época, de esa «generación del 27» que no se preocupó por figurar en la «foto oficial», y que siguió su propio camino de compromiso intelectual y literario —sin olvidar, naturalmente, lo político y lo social— al margen de los «ismos» tan cacareados que iban sucediéndose entonces casi a cada temporada.
    Muchas gracias, una vez más, por el interés con que lee estas páginas.

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