La hermana Lucía

Poesía de Luis Hernández Alfonso perteneciente al poemario inédito Trovas (1929).

 

La hermana Lucía

 

I

 

Silencioso y escondido,

apenas iluminado

por el astro de la noche

con el fulgor de sus rayos,

en una oscura calleja

de un humildísimo barrio,

se alzan los severos muros

del convento de Santiago.

Treinta monjas, en su seno

y en su paz se refugiaron,

unas buscando la dicha

de su fervor exaltado

que se sublima y acrece

en la soledad del claustro;

otras, las menos, palomas

que de lodo se mancharon

y quieren con el divino

borrar el amor humano

para aliviar su conciencia

de la carga del pecado.

II

 

La pobre hermana Lucía

¿qué tenía

que siempre a solas lloraba?

El dolor que la aquejaba

¿qué causa lo producía?

Nadie en la casa sabía

el motivo de su duelo

mas si el llanto acerca al cielo

ganado el cielo tenía.

Una noche, junto al muro

en el callejón oscuro

estalló viva reyerta.

Dos hombres se apostrofaban

y a batirse se aprestaban

a la claridad incierta

de la luz que, vacilante,

ardía, pobre, delante

de una imagen peregrina

que de paz y candor llena

presenciaba tal escena

colocada en su hornacina.

 

III

 

Despertó al ruido Lucía

y temblando, temerosa

se acercó a la celosía.

—Doña Leonor será mía.

—Hallo imposible tal cosa.

—Yo lo afirmo

—Yo lo niego.

Chocaron las armas luego

en combate encarnizado

y su ruido acompasado

turbando la regia calma

de la reclusa en el alma

hizo surgir el pasado.

 

IV

 

—¡Es él! —gimió llorosa—

¡el que torció mi vida

y me dejó perdida

después de su maldad!

Por él, desde su hazaña,

busqué en este convento

vivir en el tormento

de triste soledad.

Por él fui pecadora;

por él miré perdido

de aquel amor querido

el fuego, y mi virtud.

Por él, entre los muros

del claustro silencioso

cambié, por el reposo,

mi ardiente juventud.

 

V

 

Y pudo desde su reja

la hermana Lucía ver

que uno de los caballeros

se apoyaba en la pared.

La espada de su contrario

con terrible rapidez

aprovechando un descuido

su cuerpo pasó al través.

La monja a la celosía

asióse por no caer

mientras su boca exclamaba

y su corazón también:

—¡Dios mío, yo le perdono!

¡Deja que ruegue por él!

 

 

Seguir la lectura del poemario

Volver al índice de la obra

~ por rennichi59 en Domingo 9 enero 2011.

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