Fray Luis de León, «La perfecta casada» y «El Cantar de los Cantares» (1969)

Fray Luis de León

La perfecta casada y El Cantar de los Cantares

Ediciones Alonso – Madrid, 1969 (Biblioteca de Obras Famosas, n.º 21)

Prólogo de Luis Hernández Alfonso.

NOTA PRELIMINAR

Sería absurdo pretender, en pocas líneas, realizar una completa semblanza de esta ingente figura de las letras hispanas y de las universales. Fray Luis de León es uno de los escritores que, por el fondo y por la forma de sus obras, destacan en el panorama de la literatura mundial con «luz propia».

Intentaremos, pues, únicamente procurar al lector —o quizá sólo recordarle— algunos datos biográficos del admirable prosista y poeta, autor de LA PERFECTA CASADA, EL CANTAR DE LOS CANTARES, Los nombres de Cristo, El libro de Job y odas tan inspiradas como la que lleva por título Vida retirada y comienza con los inmortales versos, de todos conocidos y admirados: «¡Qué descansada vida / la del que huye del mundanal ruido / y sigue la escondida / senda por donde han ido / los pocos sabios que en el mundo han sido!», o la Profecía del Tajo, modelo de poesía épica.

Fray Luis de León —o Ponce de León— fue hijo de un licenciado llamado Lope, gran letrado y oidor de la Audiencia de Sevilla. Durante muchos años se discutieron entre los eruditos tanto la fecha como el lugar de su nacimiento; como su padre fue también magistrado en la Real Chancillería de Granada, unos supusieron que la ciudad de la Alhambra fue su cuna, y otros, que lo había sido la de la Giralda. Sin embargo, documentos fehacientes, tales como el proceso que se le hizo en 1572, prueban que nació en Belmonte (Cuenca), y a juzgar por la inscripción que muestra su sepultura, debió nacer en el año 1527. Sus padres eran vecinos de Belmonte y el futuro gran escritor permaneció allí durante los cinco primeros años de su vida.

Desde allí fue, con su familia, a Madrid y, más tarde, a Valladolid, recibiendo una esmerada educación y adquiriendo amplia cultura.

Aunque, según parece, sus familiares no pensaban que se dedicara a la Iglesia, el muchacho, llevado de su vocación, ingresó en el convento de San Agustín de Salamanca, donde profesó a principios del año 1544. A partir de entonces dedicóse con ahinco a los estudios teológicos y literarios, doctorándose en la famosa Universidad salmantina en 1560.

Después de varias tentativas infructuosas, ganó allí, en reñidas oposiciones, la cátedra llamada de Santo Tomás (Teología moral y Sagrada Escritura), la que desempeñó durante muchos años, explicando también otras disciplinas en el mismo centro.

En 1569, con motivo de discrepancias en determinadas interpretaciones bíblicas, establecióse una verdadera batalla teórica entre dos bandos de teólogos de la Universidad, llegándose a lamentables obcecaciones e incluso a denuncias de tendencias heréticas… Los contrincantes arreciaron de tal modo en sus ataques y se mostraron tan arteros que, finalmente, el Santo Oficio incoó un proceso (1571) contra fray Luis de León, ordenando poco después su encarcelamiento, para que respondiera de sus supuestas herejías, referentes a las explicaciones suyas relativas a la Vulgata y a sus comentarios acerca del matrimonio y de otros temas diversos.

Su prisión duraría varios años, durante los cuales prosiguió su labor literaria: allí surgió una de sus obras maestras, el tratado sobre Los nombres de Cristo, y también allí escribió la célebre composición poética cuyos primeros versos dicen: «Aquí la envidia y mentira / me tuvieron encerrado…». Decretóse, inclusive, que fuera sometido a tormento, ya que permanecía firme en sus ideas y mantenía, gallardamente, su ortodoxia.

Por fortuna, no se llegó a poner en práctica la cruel diligencia, y el Santo Oficio, en diciembre de 1576, absolvió al inculpado, poniéndolo en libertad, con lo que fray Luis volvió a desempeñar su cátedra salmanticense, con gran disgusto de sus adversarios y regocijo aún mayor de sus partidarios, amigos y discípulos.

Fácil es imaginar la expectación y el revuelo que reinaban en el aula al reanudar fray Luis de León sus enseñanzas. Todos esperaban que el ilustre teólogo, tras de su larga e injusta prisión, daría rienda suelta a sus heridos sentimientos y tal vez lanzase alguna acerba diatriba contra sus enemigos, que de modo tan despiadado le habían perseguido. Pero fray Luis, según es fama, al ocupar nuevamente la cátedra, empezó diciendo, como si nada le hubiese ocurrido, unas palabras que, con toda justicia, se han hecho célebres: «Decíamos ayer…».

Esta prueba de grandeza de alma, de reciedumbre de espíritu, constituye la mejor de las semblanzas.

Además de LA PERFECTA CASADA —gran obra dedicada a una pariente lejana del autor, doña María Varela Osorio— y de la EXPOSICIÓN DEL CANTAR DE LOS CANTARES DE SALOMÓN, escribió fray Luis otras obras, amén de la citada Los nombres de Cristo: poesías, traducciones del latín, glosas, etcétera.

Ejerció gran influencia no sólo en los asuntos eclesiásticos y teológicos de España, del obispado de Méjico y de otras índoles, sino que fue, en no pocas ocasiones, consultado por Felipe II en situaciones delicadas.

Desempeñando estaba el cargo de provincial de su Orden en Castilla, cuando le sorprendió la muerte en la villa de Madrigal de las Altas Torres, el día 24 de agosto de 1595, a los sesenta y tres años de edad.

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Madrid y junio 1969.

~ por rennichi59 en Domingo 27 febrero 2011.

2 comentarios to “Fray Luis de León, «La perfecta casada» y «El Cantar de los Cantares» (1969)”

  1. “¿Es más que un breve punto
    el bajo y torpe suelo comparado
    a aqueste gran trasunto,
    do vive mejorado
    lo que es, lo que será, lo que ha pasado?”

    Siempre es un placer compartir con vos (y por extensión casi metafísica o escatológica con vuestro abuelo) estas páginas solemnes y soberanas.
    Gracias, una vez más. Reciba un cordial abrazo en esta noche serena de fraguados versos de otros.

  2. El placer de leer sus letras junto con las del gran agustino es nuestro. No hay como volver de vez en cuando —y mejor aún quedarse en ellos, sin volver— a los clásicos castellanos del siglo de Oro, y señaladamente a los del siglo XVI, para respirar con hondura y fruición un idioma de pureza y llaneza inigualable.
    Esta vez, la complicidad de nuestro abuelo lo ha hecho posible. Gracias sean dadas a su memoria, y gracias a sus siempre esperados y elocuentes comentarios, amigo Melmoth.

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