De algunas industrias nacionales… de título

Lo que aparentan y lo que son

Existen empresas poderosas que labran el lucro de sus negocios, poniendo entre las redes del desenvolvimiento comercial —sin ser industrias realmente nacionales— el cebo de la producción nacional. Y por esto un sinnúmero de apasionados o imbuidos de ese sentimiento vivo, visible y lamentablemente incomprendido por ellos, contribuyen, muchos inconscientemente, por desconocer quizá ciertas interioridades, al productivo desarrollo de esos negocios que el capitalismo sustenta con tendencias lucrativas en el fondo. Y no se detienen a considerar, en determinados casos, si es o no conveniente que algunas de estas empresas lancen sus productos al mercado, para los efectos ulteriores. Esta es la verdad escueta.

Nosotros no nos podemos oponer a que se proteja la industria nacional —la verdadera industria nacional—, pero sí somos de opinión que, en muchos casos, las de título de nacionales solamente, se debieran vigilar escrupulosamente si se trata de ciertos productos alimenticios en los que cabe la adulteración o la insuficiencia de la fabricación.

En muchas industrias hay una verdad oculta que no sale al exterior, aunque se suponga, y que sólo la conoce a fondo el que ha pasado por ella desentrañándola: son los procedimientos personalistas empleados en la marcha económica interna que mueve al monopolio comercial. Aquí es donde converge la realidad favoritista de no pocas empresas, ya sean de título nacional o de título extranjero. Favoritismo de manejos, más que de escrúpulos.

Si nos atenemos estrictamente a la calidad de algunos de estos productos alimenticios, no en todos los casos responde a la ostensible propaganda que de ellos se hace y, a veces, hasta son objeto de alguna reclamación pública.

En el plano de monopolización a que aludimos se mueven no pocas industrias, y si bien hemos de reconocer que la competencia es favorable al comprador, no hemos de reconocer menos que, de esta misma competencia, el artículo preferido llega a imperar sobre el desechado, y entonces surge un nuevo mercado absoluto del primero, que no redundará ciertamente en un beneficio muy positivo del consumidor.

Por regla general, lo que más clientela suele atraer hacia las empresas acaudaladas, es el reclamo efectista, el cartel comercial, la propaganda activa sugeridora de la aceptación de los productos que anuncian, pero que llevan, como garantía máxima, el capital social efectivo que puede materializar la parte de fantasía del anuncio ostentoso; esto es lo «nacional» de los negocios, y luego… ¡lo otro!… (¿?):

¿Es acaso un «nacionalismo» real también, lo que da vigor «patrio« a algunas industrias, a título de nacionales de gerencia «extranjera»?

Esto sería cosa de que lo meditásemos con detenimiento, y entonces habría lugar para cerciorarse realmente de que no incurrimos en ninguna errónea interpretación, al exponer estas consideraciones que encierran un carácter de experto criterio, entre quienes han estado en contacto con influyentes del medio ambiente de producción que interesamos.

Mientras la verdadera nacionalización de las industrias no encarne directamente en el Estado mismo, la otra nacionalización industrial no dejará nunca de ser ficticia.

Arsenio Relaño

Guadalajara, julio 1928

«El Presidencialista», n.º 7  (julio de 1928)

~ por rennichi59 en Domingo 13 marzo 2011.

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