¿Miedo al porvenir?

Artículo publicado por Luis Hernández Alfonso el 16 de agosto de 1930 en la sección «Comentarios» del diario madrileño «La Libertad». Texto y titular proceden de la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España.

Hace muy pocos días, en estas columnas, se comentaba la indiferencia con que se acogía la próxima celebración de elecciones, después de los seis años indignos (para nosotros muchos más).

Ni nos extraña ni nos disgusta esa indiferencia. Y no es que elogiemos a los apolíticos; no los hemos comprendido nunca. Hoy todos somos políticos y, no obstante ello —quizá por ello mismo—, miramos indiferentes algo que, lejos de ser un cambio, tendría las características de una repetición. Esperamos algo mucho más hondo, y sólo será digno empleo del entusiasmo que sentimos el cambio político que signifique un acercamiento a la consecución de la justicia social.

Ya nadie separa, como en algún tiempo, lo económico de lo político. Lo uno y lo otro son partes de un todo. Sólo atendiendo a ambos aspectos se realizará obra merecedora de nuestro sacrificio. Somos republicanos porque vemos en la Monarquía la consagración de un privilegio, y, como consideramos que las leyes naturales no tienen excepciones, mientras no se acate su virtud nada habremos avanzado en nuestro camino.

No es nuestra generación indiferente. ¿Quién y por qué pudo sospecharlo? Por el contrario, lejos de contemplar los hondos problemas contemporáneos como algo objetivo, extraño o, cuando menos, ajeno a ella, los estudia dentro de sí, escudriñando un horizonte en el que aún no ha despuntado el sol; pero que se ilumina profusa y vagamente con un resplandor de aurora.

Inquietud. He aquí la palabra que condensa y resume lo que a los espectadores superficiales les parece indiferencia. Precisamente esa inquieta espera de algo muy hondo nos impide fijar la atención en el insignificante detalle de la farsa que se denomina «elecciones».

Como juventud en dinamicidad, no esperamos pasivos. Necesitamos avanzar hacia esa aurora, y cada cual busca el camino que más y con mayor rapidez le conduzca a ella. De aquí esa desorientación que se observa y que no lo es del todo: sabemos adonde queremos ir. Falta sólo saber cómo, cuándo y por dónde.

Contemplamos dentro de nosotros el dolor de toda la Humanidad. Vemos a los hombres absorbidos por las exigencias de una lucha estéril: la de defenderse no ya sólo contra el medio ambiente, sino contra aquellos de sus semejantes que, por azares de la vida, pudieron situarse en los puntos estratégicos que dominan la llanura por la que hemos de deslizarnos los demás. El individuo carece así de personalidad y aun de vigor y tiempo para encontrarse a sí mismo. No se tiene —hoy— derecho a perfeccionarse. La pretendida libertad individual —quimera rosada del individualismo— no pasa de ser una ficción. El hombre, a fuerza de no querer depender de nada ni de nadie, es lo que todo y todos le dejan ser.

Sabido esto, ¿cómo vamos a tener miedo al porvenir? (1) La tendencia —muy natural— de todo ser a existir con el menor esfuerzo puede y debe convertirse en norma general para la sociedad futura. Y entonces, cuando por la vigencia efectiva de esa ley nos libremos (se libren, mejor dicho, quienes la alcancen) de la lucha contra la injusticia, el hombre podrá, cumplido su deber social, ser «el», mirarse a sí mismo, conocerse, perfeccionarse. Por eso vemos como hermosa perspectiva un comunismo que, al garantizar la subsistencia de todos los hombres, les asegure una personal individualidad, convirtiéndolos, de máquinas de luchar que viven sin saberlo, en «hombres» que sepan que viven y para qué viven.

Se nos habla —por parte de los que, no viendo lo actual y presente, pretenden adivinar un porvenir contrario a la mezquindad de su horizonte— de la absorción del individuo por la sociedad. ¿Absorción? ¿Por qué? No nos absorbe quien sólo nos pide un minimum de esfuerzo para garantizarnos la máxima libertad, respetándonos como individuos —partes vitales de un todo— y protegiendo el empleo de nuestra actividad en la satisfacción de nuestros anhelos íntimos.

¿Quién puede en el pretendido régimen de libertad individual (que es un mentís rotundo al individualismo) considerarse libre? Alguien dijo: «Se es libre para morirse de hambre». Y fue optimista: a un mendigo no se le permite disfrutar su hambre en un paseo. Es antiestético. El hambre mata al que la padece y molesta a los que no la tienen.

No; no hay que temer al porvenir. Hay, sí, que escoger el camino y perseverar en él. La juventud (juventud de idea y de sentimiento, que anida en muchas cabezas nevadas y en muchos corazones hartos de latir) tiene el deber de dinamicidad, odia el estancamiento, no concibe el retroceso, anatematiza y odia la indiferencia, peor mil veces que la maldad, que es acción, al fin.

Necesitamos acumular energías para una lucha en la que el premio es el bienestar de las generaciones venideras. No es el sentimiento que nos anima, sino un bien entendido egoísmo: la suprema aspiración del hombre consciente es cumplir la misión que le puso en la tierra y saber que la cumple.

Por eso cifraremos nuestra esperanza en los cambios que hayan de acercarnos al cumplimiento de nuestro fin. Y miraremos, no indiferentes, pero sí impasibles, ese hervorcillo de bajas pasiones en que los que acertaron a encaramarse en los picachos que dominan la llanura se disputan el turno de sojuzgarnos.

¿Cómo podremos dejar que disfracen de torrente nivelador lo que apenas es arroyo de turbias aguas que, humilde, besa los pies de esos peñascos, cuya desaparición es un imperativo categórico para nuestra vida?

LUIS HERNÁNDEZ ALFONSO

———

[1] Con el mismo título y temática de este artículo, publicaría el autor menos de un año después, en julio de 1931, un ensayo (Luis Hernández Alfonso, ¿Miedo al porvenir? Democracia y comunismo, Ediciones Morata, Madrid 1931, Colección «Nueva Generación»).

~ por rennichi59 en Domingo 27 marzo 2011.

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