«El ágora»

Artículo publicado por Luis Hernández Alfonso el 10 de marzo de 1931 en la sección «Comentarios» del diario madrileño «La Libertad». Texto y titular proceden de la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España.

Hace algún tiempo (poco antes de vernos forzosamente alejados de nuestras habituales ocupaciones) (1) recibimos un pequeño libro cuyo título es el que encabeza estas líneas. Leímos la obra con el cariño que nos inspira siempre la intención honrada de los escritores que ponen su pluma al servicio del interés público. Conforme avanzábamos en la lectura nos sentíamos subyugados por el vigor de la expresión y lo atinado de los juicios.

¿Por qué entonces no nos ocupamos del libro? Acaso Matilde de la Torre, su autora, que muy amablemente nos dedicó un ejemplar, haya creído que nuestro silencio era hijo de la indiferencia. Se equivocó si tal hizo. Fácil nos hubiera sido dedicar a la obra unas palabras de elogio, sin detenernos en el análisis de su fondo, en la crítica de las opiniones allí expuestas. Pero no somos amigos de proceder con tan censurable ligereza. La modestia de nuestra pluma no disculparía que se moviese a impulsos de una galantería mal interpretada.

Si no comentamos El ágora al concluir su lectura, fue porque abrigábamos la convicción de que, andando el tiempo, llegaría ocasión más propicia para hacerlo. Los últimos párrafos del libro nos impresionaron: tuvimos la sensación de hallarnos ante palabras proféticas. Refiriéndose a «cuantos tuvieron parte en la farsa de la libertad política», la autora escribe: «¿Volverán? ¡Acaso! ¡Acaso! La fuerza de la opinión pública, de la justicia social, se va acumulando, es cierto. Y también es cierto que para levantar la explosión de las grandes masas se precisan poderosos fulminantes».

Ahora, cuando han tornado a empuñar las riendas del Gobierno los representantes de los viejos partidos —actores de aquella antigua comedia de la libertad—, apreciamos la fuerza del vaticinio. Y nos consuela la esperanza de que igualmente se cumpla la profecía del siguiente párrafo, con el que fina el libro: «Acaso vuelvan, sí; porque es posible que su acción guarde todavía una suprema utilidad: la de ese fulminante necesario al verdadero progreso del Mundo».

Hemos llegado a estas conclusiones tras del examen minucioso de dos épocas simbolizadas por dos hombres: Sagasta (el desengaño) y Maura (el fracaso). La realidad triunfó sobre el ideal que opuso Sagasta a las iras del falso orden, dueño del Poder. Cuando el revolucionario venció, esto es, cuando se cumplió su misión histórica (que no era gobernar, sino la simple conquista del Gobierno), convirtióse en un eslabón más de la cadena de lo pasado. Ya no hallaba factible lo que antes, al otro lado de la barricada, considerara de fácil e indispensable realización. Y surge la terrible frase: «El sufragio universal es el triunfo de la ignorancia».

Sagasta se mueve ya en el interior de un círculo vicioso. El pueblo —piensa— no sabe hacer uso de la libertad porque no está capacitado para ella. Pero —podría continuar— su capacitación no se alcanza en la esclavitud. Resuelve la situación del modo menos penoso para su interés de gobernante. O lo que es igual: considera que la libertad ha de esperar a que él la estime posible. Transigió (ya una vez en la suave pendiente) con todo; siguió el camino más fácil, menos costoso. Para servir al pueblo, para redimirlo, hubiera tenido que renunciar al Poder. Le faltó valor para derrocar un Gobierno y no erigirse en su sucesor.

Fueron tiempos difíciles aquéllos. No era posible la indeterminación en que gustan —y necesitan— escudarse los estadistas que no cuentan con el apoyo del pueblo. La guerra colonial dejó a España sumida en un letargo de anemia. Sólo unos pocos hombres supieron aprender aquella terrible lección.

Conservadores y liberales turnaron en el disfrute (que no ejercicio) del Poder. Largo período que parece anodino y es, sin embargo, de gestación para el futuro patrio.

Maura, para Matilde de la Torre, era «hombre de buena fe absoluta», que admitía la bondad de las leyes «porque son leyes». No llega a percibir la «falta de sujeto» para ellas. Época de retraimiento popular, de desdeñosa indiferencia hacia la política; el pueblo no cree en ella porque no se ve comprendido por ningún gobernante ni representado por ninguna tendencia organizada en partido.

Por eso, cuando Maura pretende hacer de España una «nación fuerte», fracasa. Los tiempos habían cambiado, y el pueblo, maltrecho y dolorido por reciente desastre, no sentía el estímulo del patriotismo basado en potencia que ni tenía ni deseaba. El Gobierno se ocupaba en reorganizar el Ejército y crear la Marina. El pueblo sólo sabía que era esquilmado, y se encerró en una sorda resistencia pasiva.

*

La pugna económica, determinadora de una odiosa política internacional, condujo al cataclismo europeo. «La guerra se produjo. Con ella se salvó el capitalismo, desde luego y por de pronto…». La apoteosis de la fuerza ensoberbeció a los que la tienen como profesión, y hubo entonces en todos sitios una epidemia militarista.

Entretanto, el pueblo, desligado voluntariamente de sus Gobiernos (ciegos ante la mundial evolución), se transformaba. Abandonado en su lucha contra los obstáculos, halló sus problemas y se aprestó a descubrir las soluciones. Pasa por otra dolorosa prueba —el desastre africano—, y sale de ella infinitamente más capacitado para labrar él mismo su senda. Si antes miraba a los estadistas como a sacerdotes de un culto enigmático, ahora los desdeña, porque ya conoce todos los secretos rituales.

Los partidos turnantes creyéronse asistidos del público en su farsa parlamentaria. Pero se equivocaban. Tiene razón Matilde de la Torre al afirmar que «el pueblo no creía ya nada cuando vino la Dictadura…». Y también al añadir: «Mas lo verdaderamente terrible fue que… ¡los políticos tampoco creían ya en nada!».

Ello explica la esperanza que despertó en los españoles la súbita caída del «tinglado de la antigua farsa». Pronto se vio que sólo habían caído —y, ¡ay!, no para siempre— «aquellos» comediantes. Y el pueblo tornó a volverse de espaldas al escenario.

Los actores han vuelto; pero es igual. El pueblo no los oye ni quiere oírlos más. Prepara su camino y no se inquieta. Sabe que el «tinglado» puede derribarse, y quiere hacerlo con el menor esfuerzo y la máxima eficacia. Ágora. El pueblo se ha convocado a sí mismo en la plaza pública.

LUIS HERNÁNDEZ ALFONSO

———

[1] De tan donosa manera —en la que parece resonar el famoso dicho atribuido a fray Luis de León al reanudar sus clases tras su encarcelamiento por obra y gracia del Santo Oficio— alude Hernández Alfonso a su detención el 12 de diciembre de 1930, a raíz del levantamiento de Jaca, y posterior cautiverio en la Cárcel Modelo de Madrid hasta el 31 de enero de 1931, por él narrados en los primeros capítulos de Verdad y mentira de la República Española. [Nota de Pablo Herrero Hernández]

~ por rennichi59 en Sábado 9 abril 2011.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

 
A %d blogueros les gusta esto: