Caminos

Artículo publicado por Luis Hernández Alfonso el 4 de marzo de 1931 en la sección «Comentarios» del diario madrileño «La Libertad». Texto y titular proceden de la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España.

En su artículo La República y la libertad, publicado en estas columnas recientemente, D. Antonio Royo Villanova formula varias preguntas. Hemos de suponer qur al hacerlo desea las correspondientes contestaciones, y aun cuando la modestia de nuestra firma no permite que la réplica alcance la autoridad que el contrincante merece, preferimos que se nos moteje de audaces a que se nos tenga por faltos de la necesaria decisión.

Digamos, ante todo, que, a nuestro juicio, sólo un camino pueden seguir los pueblos en virtud de las leyes que condicionan y dirigen su evolución. En él son tan normales los períodos revolucionarios como los pacíficos. Una revolución no depende de la actitud de tal o cual político. Es el producto de las circunstancias en que se desenvuelve, a lo largo de la Historia, una colectividad humana, y ha de producirse, indefectiblemente, cuando su acaecimiento está determinado por esas leyes. Comprendiéndolo así y sintiéndonos liberales, no podemos prestar ayuda a quienes se opongan al cumplimiento de lo que significa cauce único para el progreso.

Cierto que en los comicios es donde el pueblo pronuncia «en última instancia» su veredicto. Pero ¿en qué comicios? ¿Quién garantiza que acudirá a ellos «el pueblo» para dictar su fallo sin coacción? Conocemos sobradamente el triste papel reservado al pueblo en las farsas electorales organizadas por un régimen anacrónico. Nos sorprende que el señor Royo Villanova confíe en ellas como preparación jurídica de las masas.

Para levantar un edificio donde ya existe otro ruinoso e inservible, hay que empezar por demoler éste. Toda construcción hecha sobre los viejos muros carecerá de solidez y adolecerá de los mismos defectos que determinaron el desmoronamiento del caserón vetusto. Hay, pues, que destruir hasta los cimientos, hechos siglos atrás.

Si se pretendía sinceramente que el pueblo declarase su voluntad, ¿por qué no suprimir cuanto constituye impedimento para ello? No: se quería y se quiere una ficción que consagre como decisión libre popular el producto de coacciones y atropellos. Se pretendía hacer creer a los ingenuos que la revolución es una falsa necesidad, sólo existente en la caprichosa imaginación de los «perturbadores». Se busca el efecto de las palabras cabalísticas: «orden», «seguridad». Se nos presenta a los revolucionarios como profesionales del alboroto. Conscientes de la inminencia del cataclismo, estudiamos su producción y allanamos su camino, en lugar de cerrar los ojos ante la realidad, como hacen nuestros adversarios.

«Aun desde el punto de vista republicano —escribe el Sr. Royo—, ¿es indiferente que los Gobiernos monárquicos sean de la derecha o de la izquierda?». No; no es indiferente. Pero la negativa que damos no obedece a lo que el articulista alega, sino a lo contrario. Los republicanos preferimos que el régimen actual se parapete en reductos reaccionarios y apele a tiranías que agoten la resignación popular y activen la producción de lo afortunadamente inevitable. Los siete largos años de dictadura han hecho más por la revolución que nuestras propagandas. Se pagan caros tales auxilios, es cierto; pero son de eficacia maravillosa. La opresión, cerrando los caminos suaves y apacibles, obliga a marchar por el único —áspero y doloroso— que sólo por necesidad se sigue.

Ya en tal camino el pueblo, nadie sabe hasta dónde llegará en el primer impulso; lo que sabemos es que, como el terreno que pisa le pertenece, hace uso de un indiscutible derecho, avance o se detenga, y no puede ningún interés creado considerarse superior al libre designio de la Humanidad ya ejercitada en la lucha contra algunos de sus individuos. Al hablar de la República conservadora indican, como paso lógico para más avanzadas etapas, su advenimiento.

Ignoramos si otros republicanos llamarían a los monárquicos reclamando su ayuda en la defensa de un régimen burgués. Nosotros (y aquí este pronombre designa sólo a los presidencialcomunistas, grupo al que pertenece el que suscribe) no incurriríamos en tal error. Negamos todo poder ajeno al pueblo y consideramos ilegítima cualquier actuación de la que resulte merma o daño de la libre voluntad popular.

Por lo demás, nos es imposible admitir como iguales la situación de los monárquicos y la de los republicanos ante lo que se llama «orden». Aquéllos representan el esfuerzo [censurado] por seguir viviendo; éstos, el empuje progresivo del pueblo en marcha hacia un régimen lleno de vigor. Aquéllos intentan detenernos en una época; [censurado] éstos abriran el cauce por donde el país pueda llegar tan lejos como su sed de justicia exija.

LUIS HERNÁNDEZ ALFONSO

~ por rennichi59 en Sábado 9 abril 2011.

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