Confusión

Artículo publicado por Luis Hernández Alfonso el 13 de septiembre de 1930 en la sección «Comentarios» del diario madrileño «La Libertad». Texto y titular proceden de la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España.

Frecuentemente oímos distinguir «evolución» de «revolución», e incluso considerar ambos términos como expresión de procesos antitéticos. Se nos pregunta entonces si somos evolucionistas o revolucionarios. Interrogación doblemente absurda, primero, porque no existe opción, y segundo, porque cualquiera de ambas cosas que seamos seremos las dos.

Nos hemos acostumbrado a ver en las revoluciones la explosión de fuerzas largo tiempo contenidas que, rompiendo la marcha normal de los acontecimientos, aparecen a nuestros ojos como convulsiones excepcionales, independientes de las leyes preestablecidas o, cuando menos, alteraciones de ritmo y de equilibrio políticos.

Considerada en tal forma una revolución, sería algo tan absurdo como la generación absolutamente espontánea. No cabe —si ha de someterse el razonamiento a las leyes de la lógica— pensar que cualquier período de la historia de un pueblo existe «per se», sin que relación alguna de continuidad lo una con las épocas anterior y posterior. Todos los hechos forman una cadena de la que no se libra ningún eslabón.

La evolución no es jamás pacífica. La ley de lucha se cumple inexorablemente en los diversos órdenes de la realidad. La paz aparente no es sino el equilibrio, la ponderación de los esfuerzos contendentes. Cuando ese equilibrio —siempre inestable— se rompe circunstancialmente y de manera ostensible, decimos que estamos en período revolucionario. Se trata de variación de nombres, no de distinta naturaleza del fenomenismo, puesto que éste continúa desenvolviéndose con arreglo a normas que invariablemente sigue (1). La biología nos demuestra cumplidamente que en la vida de todos los seres hay fases críticas que caracterizan precisamente sus diferenciaciones morfológicas y funcionales, y en las que la evolución parece precipitarse adquiriendo cierta violencia. En los mamíferos, el advenimiento de un nuevo animal constituye un hecho sangriento que pone en peligro la salud y aun la vida de la madre. Imposible es en el parto fijar concretamente una línea separatoria de lo normal y lo patológico. Y sabido es que aun esto último obedece a ciertas causas y se desenvuelve con arreglo a normas que hacen imposible considerarlo como absolutamente extraordinario.

La sociología es, en definitiva, una parte de la biología, y en consecuencia, las leyes establecidas por esta ciencia son aplicables íntegramente a la biología social. Los pueblos tienen en su evolución unas fases cruentas, que se llaman revoluciones.

En esas fases, sólidamente unidas a las que les preceden y a las que le siguen, se verifican las transformaciones morfológicas y funcionales que el organismo social necesita para seguir su proceso de desarrollo. Los pueblos, como los hombres, como los seres todos, pero en mayor grado por su gran complejidad, precisan transformar su estructura, dar orientaciones nuevas a su vigor. Y cuando existe una enfermedad latente, el cambio, la transformación revolucionaria, lejos de constituir un período anormal, no hace sino restablecer la salud, ponderando las fuerzas y logrando un equilibrio entre el organismo social y el medio ambiente.

No cabe, pues, yuxtaponer evolución y revolución. Es cándido el temor a ésta, como lo es el temor al parto, fenómeno previsto y absolutamente normal. ¿Quién rectamente al terminarse la gestación desea que no nazca el nuevo ser?

Sabemos que inevitablemente sobrevendrá el alumbramiento, y lo esperamos sin otra preocupación que la de los dolores que vendrán con él. Y, sin embargo, se acepta de buen grado lo que por ley natural ha de ser. La criatura, permaneciendo indefinidamente en el claustro materno, produciría la muerte de su progenitora.

Igual ocurre en los procesos revolucionarios. Es inevitable y necesario su alumbramiento. Y éste ocurre cuando, en virtud de leyes cósmicas invariables, ha terminado la gestación del nuevo modo de constituirse y desarrollarse la sociedad humana.

Nos encontramos aquí en el molesto —pero normal— período que precede al advenimiento de un nuevo y mejor régimen. Los dolores serán compensados con creces. No se asusten, pues, los timoratos; no rasguen sus vestiduras ni cubran de ceniza su cabeza. No van a presenciar un «castigo del cielo», sino un fenómeno rigurosamente lógico y normal.

Misión del hombre consciente es, lejos de oponerse a tales normas, favorecer su cumplimiento, y a ello han de tender los esfuerzos de cuantos no se consideren meros aditamentos de la corteza terrestre.

Además, ¿de qué serviría que se opusiesen a lo que ineludiblemente tiene que ser?

LUIS HERNÁNDEZ ALFONSO

———

[1] Teoría belicista, expuesta por D. Luis Hernández Rico en conferencias y trabajos publicados. [Nota del Autor]

~ por rennichi59 en Sábado 9 abril 2011.

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