El capitalismo y la vida humana

Artículo publicado por Luis Hernández Alfonso el 20 de noviembre de 1930 en la sección «Comentarios» del diario madrileño «La Libertad». Texto y titular proceden de la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España.

A poco que profundicemos en el estudio del problema social, veremos que han llegado a considerarse como cosas normales verdaderas monstruosidades. Tal ocurre cuando se equiparan capital y trabajo. Aquél es un «hecho»; éste, una fuerza creadora. El capital nada es por sí; en un régimen social distinto del que padecemos, su supresión no crearía conflicto alguno. El trabajo es, y será siempre, necesario.

Pero cuando la aberración se hace más evidente es al ocurrir catástrofes como ese hundimiento que ha producido la muerte de varios obreros, sacrificados a la codicia sin freno de sus explotadores y a la desidia de las autoridades, atentas sólo a continuar ocupando el lugar que su audacia y la pasividad de un pueblo atónito les facilitaron (1).

Normalmente, a cada oficio corresponde un porcentaje determinado de accidentes. El obrero, en tal aspecto, es considerado como máquina. Un hombre muerto es un motor que se inutiliza. Se le reemplaza y la Empresa continúa funcionando. Si el accidente deja incapacitado al operario para seguir ganándose la vida, se entregan a la víctima unas pocas pesetas (rara vez suficientes para su manutención durante un par de años) y se buscan otros brazos útiles. ¿Qué importa que el obrero, cuando se le agote la cantidad que se le entregó, se muera por falta de recursos? ¿Acaso se preocupa una Empresa de lo que suceda a las correas de transmisión cuando las tira por inservibles?

Esto, cuando los patronos proceden conforme a lo legislado acerca de la materia. Esto, cuando «pagan lo justo». (¡Oh, arbitrario empleo de la idea de Justicia!).

Cuando no… El ejemplo, los ejemplos recientes, son bastante dolorosos para que puedan olvidarse. En la construcción de edificios se usan pésimos materiales; se eleva una casa de siete pisos en otros tantos meses; se escatiman las vigas; se hacen muros que parecen tabiques y tabiques que parecen papeles. Un día la casa se desmorona, aplastando a los obreros que en ella trabajan.

Se habla de responsabilidad; se sabe entonces que los operarios habían denunciado la construcción, por temer que la catástrofe sobreviniera. Y la gente, ingenua, pregunta: «¿Por qué no se negaban a trabajar en condiciones tan peligrosas?». Pudieron negarse, en efecto. Pero en la puerta habría quinientos «sin trabajo» dispuestos a reemplazarlos…, quizá con salario menor. En esto, como en todo, el régimen capitalista sólo permite una ficción de libertad. La igualdad del fuerte y el débil ante la ley es semejante a la de dos contendientes, armados uno con una caña y otro con un cañón.

«¿Y el Gobierno? ¿Y las autoridades técnicas?», argumentarán aún los ingenuos. Las autoridades, no sólo en España, sino en todos los países burgueses, son muy delicadas para tratar con los capitalistas. Ellos son los que pagan mayores contribuciones; con su dinero se cubrirán los empréstitos. Conviene no tenerlos disgustados, porque se los necesita frecuentemente. Su fortuna es un elemento de «orden»; son conservadores a ultranza y sirven de freno a los «excesos demagógicos» de los desheredados.

Cuantos veían el edificio en construcción se maravillaban de que no se cayese. «Era inevitable», ha dicho después un insigne arquitecto. «Estaba descontado», comentó un maestro de obras. «No tenía más remedio que suceder», agregó un albañil. Sin embargo, continuó construyéndose el edificio sobre cimientos insuficientes, con vigas de alambre, con ladrillos de tierra mal cocida. Se respetó el sacratísimo derecho de propiedad, infinitamente más digno de protección, por lo visto, que las vidas de los obreros.

En países donde hubiera bastado la falta de unas pesetas para que Ramón y Cajal no fuese médico, ni Azcárate abogado, ni Torres Quevedo ingeniero, cabe preguntar para qué sirve el Estado. Así hay títulos académicos adornando el despacho de muchas nulidades, y hay hombres de gran talento que no pueden comprar libros.

Hasta en el orden penal ocurre esto. Quien tiene dinero paga una multa; el que no lo tiene, va a la cárcel. Quien deposita fianza puede gozar de libertad provisional; quien carezca de dinero, no. A eso se llama igualdad ante la ley.

No existe ningún derecho que alcance por igual a ricos y pobres. Si una enfermedad ataca a un hombre acomodado, tiene cien sanatorios a su disposición; si el enfermo es un infeliz sin recursos, tendrá que esperar durante años, y casi siempre viene la muerte antes que el turno para el tratamiento. Entretanto, como limosna, se le concederá, con las «facilidades» acostumbradas en tales casos, la asistencia «benéfica» que el Estado, la Provincia o el Municipio otorgan «generosamente» a los pobres de solemnidad. ¡Si hasta la mayor o menor permanencia de nuestros restos en su sepultura está sujeta a tarifa!

Y es lo más doloroso que muchas de las víctimas de la absurda organización social burguesa, mientras naufragan en la terrible indiferencia que los rodea, exclaman con espanto: «¡Dios nos libre del comunismo!»… ¡Ciegos! Son capaces de secar con sus manos el único manantial que puede apagar su sed de justicia. Habrá que hacerles el bien a la fuerza, luchando, para salvarlos, contra ellos mismos.

LUIS HERNÁNDEZ ALFONSO

———

[1] Se refiere aquí Hernández Alfonso al derrumbe de una casa en construcción en la madrileña calle de Alonso Cano, acaecido el 12 de noviembre. El 14  el cortejo fúnebre de las cuatro víctimas, al que acudieron más de cien mil personas, se convirtió en una manifestación contra el Régimen duramente reprimida por las fuerzas de seguridad, que causaron dos muertos y numerosos heridos. [Nota de Pablo Herrero Hernández]

~ por rennichi59 en Sábado 9 abril 2011.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

 
A %d blogueros les gusta esto: