La deserción de los Pirandellos

Artículo publicado por Luis Hernández Alfonso el 27 de septiembre de 1930 en la sección «Comentarios» del diario madrileño «La Libertad». Texto y titular proceden de la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España.

Pirandello ha decidido abandonar nuestro continente y trasladarse a los Estados Unidos. «Europa está putrefacta —ha dicho—, y yo, que me siento joven, me voy a un país sano».

Pirandello es, pues, cobarde. Como todos los que sienten miedo, ha querido tener un gesto que disfrace de heroicidad su falta de valor. Europa se muere. Abandonémosla, como las ratas los navíos que se hunden. Pero estos roedores, afortunadamente para ellos, no pueden buscar razones ficticias que disimulen su movimiento instintivo.

Conocemos dentro de España a muchos Pirandellos que, ya que no corporalmente, se han ido moralmente de nuestra charca. Cuando hemos intentado algo que removiese el pantano y lo convirtiese en torrente, hemos reclamado en vano su concurso. «¿Para qué?», nos han contestado, alzando los hombros y moviendo la cabeza con ademán de suficiencia, de superioridad. Los hemos analizado, y hemos visto claramente que sus razonamientos eran sofismas de cuya falsedad son los primeros en estar convencidos. Hemos adivinado que, sintiéndose inferiores, no tenían otro medio de disimularlo que fingirse por encima del charco y de las praderas que se mueren de sed, esperando que el agua se purifique, corra y las fecunde.

No contentos con hurtar su esfuerzo, han desprestigiado el nuestro. Sus burlas han caído sobre nosotros con la piadosa intención de aplastarnos, de sumergirnos en el légamo. Estábamos preparados; sus proyectiles, de ese mismo barro, han resbalado por nuestros hombros para caer al fondo impuro de donde salieron. Se han hundido allí con un ruido sordo, como la conciencia de quienes duermen cuando debieran estar despiertos.

Si en sacudida renovadora los momentos han pasado, decisivos, inaplazables; si el anhelo de justicia ha exigido claridad de palabras y de conductas, se han escudado en esa falsa elegancia política al uso. Han sido turbios al hablar y ni siquiera turbios al hacer, porque nada han hecho sino aferrarse a sus mezquinas raíces y poner a buen recaudo sus intereses.

El charco desaparecerá. Sus turbias aguas no reflejarán árboles podridos. Ellas mismas los desarraigarán, sin detenerse ante su ancianidad inútil y dañina. Los campos, reverdecidos por el manantial, darán flores nuevas —que aun siendo de los mismos tallos parecerán de otros por su lozanía—, y lo que fuera lamentable páramo se convertirá en llanura feraz, luminosa.

Entonces los cobardes se aproximarán a la orilla, y con la heroicidad del niño, que tras de correr ante un animal vivo le da un puntapié cuando está muerto, mirarán con gesto burlón los árboles podridos flotando ya lejos a la deriva y aun los despedirán con una mueca de desprecio (la misma que no se atrevieron a hacerles cuando aún estaban en pie sobre la charca). Exclamarán a cada instante: «Nosotros hicimos…».

Sí; conocemos bien a estos Pirandellos que hallaron todos los combates indignos de su «valor supuesto». Son lo que para destacarse no pensaron en subir ellos, sino en que los demás bajasen. No sintieron el anhelo de la superación. No atendieron a la acción, sino al hecho.

Están siempre al margen de la lucha y —naturalmente— del sacrificio. Reservan sus energías para un momento que no llegará nunca, porque sólo dan señales de vida cuando se puede vivir, mejor dicho, vegetar, en calma corporal, aunque se respire un aire denso, cargado de miasmas.

Cuando sus pulmones ya no lo toleran buscan otro lugar más apacible, dejando para los que no desertan el veneno y el cuidado de desvanecerlo. Se creen vencedores de la vida, cuando no son sino sus esclavos sumisos. Ella los trae y los lleva como si fuesen pajas sobre el mar.

Los decimos «adiós» con pena… porque sabemos que volverán cuando no haya enemigo. Nos ven trabajando para transformar el pantano en manantial, ahondando en su fondo para hacer brotar la vena pura. Nos contemplan desde lo alto de su egoísmo. Nos ven sudorosos, cansados, heridos por la fatiga de una lucha tenaz. No se acercan, no.

Vendrán después, para beber agua cristalina, para cortar las flores que nosotros sembramos. Y pudiera ocurrir que, al acercarse entonces, el arroyo plácido se convirtiera en torrente y se los llevara rápidamente a la deriva, a reunirse con los troncos inútiles, sobre las aguas de un mar sin orillas, que los hiciera bailar como pajas, sin disfrutar ni un momento de la paz, que sólo se hizo para los que hicieron antes la guerra.

Pirandellos, huid. Estáis aún a tiempo. Y cuando volváis no os acerquéis demasiado a las márgenes del nuevo arroyo. Correríais grave peligro.

LUIS HERNÁNDEZ ALFONSO

~ por rennichi59 en Sábado 9 abril 2011.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

 
A %d blogueros les gusta esto: