Teorías disolventes

Artículo publicado por Luis Hernández Alfonso el 20 de marzo de 1931 en la sección «Comentarios» del diario madrileño «La Libertad». Texto y titular proceden de la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España.

Plazuela cortesana. Un ciego tiende su mano, en la que caen continuamente gotas de lluvia, y de tarde en tarde, alguna moneda de cobre. Junto a él, dos niños se acurrucan, con la piel cárdena por el frío.

El mendigo oye el ruido que hacen los pies bien calzados y el rumor suave de los automóviles en los que se viaja cómodamente. Pensará —con la luminosidad interna de los que nada ven fuera de sí mismos— en la extraña manera de estar ordenado el Mundo.

Nací —se dirá— por voluntad ajena y en cumplimiento de una ley natural. Cuando he podido querer vivir me he hallado con algo que se oponía. Mis ojos no ven; pero mi cuerpo necesita comer, dormir, abrigarse… A tientas buscaría alimento y un rincón en que guarecerme; mas todo tiene dueño. Nada es mío. Amé y tuve hijos. Los que ven han hecho igual, y nadie se lo reprocha. A mí me dicen que por qué los tuve. El deseo de perpetuarse brota igual en todos; es una aspiración de cuantos viven sobre la Tierra. ¿Por qué es en mí una falta ceder a su influjo? Soy ciego; es una desgracia que no se me impuso como castigo.

Acaso los animales ciegos no son tan desventurados. Tienen los derechos que pueden garantizarse y no sufren la imposición de las obligaciones sociales. Yo tengo lo que los demás quieren darme, y se me veda cuanto a los otros se les permite.

Una voz interrumpe el soliloquio.

—Haga el favor de marcharse. Está prohibida la mendicidad.

—¿Y adónde iré? Llueve; mis hijos llevan los pies descalzos…

—¡Qué le vamos a hacer! ¡Así es la vida! Llévelos a un asilo, buen hombre.

—¿Y por qué no he de tenerlos a mi lado?

—No puedo discutir. Lo siento mucho; pero he de cumplir mi obligación. Márchese.

Los niños miran con ojos dilatados por el temor a aquel hombre corpulento, embutido en el uniforme azul de la Policía urbana. Luego, dóciles al mandato, emprenden la marcha, cogidos a su padre. Caminan largo trecho, bajo la lluvia. Se detienen después en una calle céntrica. Vuelve a tenderse la mano temblorosa.

Y otra vez surge el uniforme y suena la voz:

—Haga el favor de marcharse. Está prohibido pedir en la vía pública.

Algunos transeúntes que pasan rápidos, protegidos por sus impermeables, comentan con gravedad:

—Es una vergüenza que Madrid esté lleno de pobres. No se persigue bastante la mendicidad.

*

Un día, después de mil de peregrinación sin rumbo, el ciego pensará que si «así es la vida» sólo obedece a que así la hacen los hombres. Protestará airadamente; gritará; se revolverá contra los representantes de una autoridad que le persigue siempre y no le defiende nunca. Se le castigará entonces por desacato; lo separarán de sus hijos. Será, en suma, un rebelde, un inadaptado, un parásito peligroso e indeseable.

Hay leyes, códigos, reglamentos. Cierto que los han hecho algunos hombres, sin tener en cuenta la opinión de los demás; pero son, y eso basta. Quien los niegue o desacate será acusado, no de un delito contra quienes dictaron tales disposiciones, sino contra la colectividad, de la que, sin duda, sólo para algunas cosas forma parte.

La sociedad lo tiene todo previsto. Ha colocado en las poblaciones unas hermosas placas, en las que se lee: «Se prohíben la blasfemia y la mendicidad». Es una medida admirable esta de prohibir que se implore la caridad pública. Una ciudad llena de mendigos es poco grata. El turismo se resentiría si los viajeros fuesen acosados por pedigüeños importunos. Suprimamos, pues, a esos seres antiestéticos que piden limosna.

¡Lástima que los desventurados no puedan colgarse otra placa que rece: «Se prohíbe el hambre»! El ciego pensará que morirse puede ser una solución; pero ¿le dejarán abandonar la vida? No. La vida suya es una propiedad social. No está facultado para malgastarla. Se le niega el derecho a vivir; pero se le impone la obligación de no morirse.

*

Los hombres no pueden substraerse a las veleidades, ni aun en aquello que parece menos propicio a ellas. En cada época predomina un criterio, y en vano se pide constancia a quienes se hallan desprovistos de lastre doctrinal que les impida vagar sin rumbo en el vacío.

Se ha puesto de moda el cultivo de la insensibilidad. ¡Guerra al sentimiento! ¡Reduzcámoslo a sus últimos baluartes: la novela por entregas y el cuento «rosa»! Cerebro, cerebro. La máquina de pensar lo resolverá todo; fabricará juicios en serie, hallará explicaciones, de irreprochable lógica, para cuantas observaciones examine. Convertirá la vida en conjunto de fórmulas rígidas. El amor: a + b. El odio: a – b. La libertad: a + b – c. Y pretenderá que persistan —consagrados como necesarios— los signos mayor que…, menor que…, haciendo de su continuidad eje para la social convivencia.

Entretanto, el apacible burgués que por casualidad nos lea exclamará con indignada voz reprobatoria:

«¡Teorías disolventes!».

LUIS HERNÁNDEZ ALFONSO

~ por rennichi59 en Sábado 9 abril 2011.

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