Vivir

Artículo publicado por Luis Hernández Alfonso el 20 de mayo de 1931 en la sección «Comentarios» del diario madrileño «La Libertad». Texto y titular proceden de la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España.

Los que por cualquier circunstancia han logrado situarse ventajosamente en esta sociedad, tan bien ordenada en apariencia como injusta en realidad, pretenden convencernos de que hay que adoptar como definitiva para el hombre la vieja definición: «Vida es el conjunto de funciones que resisten a la muerte». Reducido así el concepto de vivir a la persistencia de las funciones vegetativas, basta que éstas no cesen para que se considere satisfecha la necesidad vital.

Pero admisible para los seres irracionales, la conclusión es inaceptable para el hombre, cuya vida es algo más que un conjunto de fenómenos físicos reducibles a escuetas fórmulas matemáticas. En la escala biológica no hay ser que escape al rigor de ciertas leyes, aplicables, por ende, a todos los organismos. Desde la amiba hasta el hombre, la nutrición ha de verificarse; pero para aquélla la asimilación es casi el todo, mientras que para éste constituye sólo una de sus exigencias.

La civilización ha consistido precisamente en un indefinido aumento de las necesidades humanas, lo que ha producido el desarrollo de cuantas actividades se han precisado para lograr su satisfacción. Vivir no es nutrirse y perpetuarse. Al correr de los tiempos, la Humanidad, adueñándose de los secretos de la Naturaleza, ha visto crecer sus anhelos y ampliarse el horizonte de sus apetencias. Lentamente se ha convertido en necesario lo que se tuvo antes por superfluo, y hoy nos parece imposible prescindir de comodidades que en épocas no muy lejanas eran un lujo. Esto es lo que no quieren ver los privilegiados; ciegos ante el desenvolvimiento irreprimible de la colectividad, pretenden usufructuar, en injusto monopolio, el producto de la inmensa labor humana, que pertenece, no a una casta, sino a la sociedad toda y a cada uno de sus miembros. En no comprenderlo estriba el error del liberalismo histórico, que considerando imposible socializar el disfrute de los bienes espirituales, los consagró como patrimonio de quienes, por poseer los materiales, se hallaban redimidos de la necesidad de emplear su energía en la conquista de éstos.

Quien lo ignora todo, nada apetece. El analfabeto no siente el anhelo de profundizar en problemas que sólo en libros se formulan; recluido en el valle que le vio nacer, atado al terruño del que saca su pan, no sabe que al otro lado de los montes que le rodean hay panoramas distintos y horizontes más dilatados. La cultura avanza; el labriego aprende y nacen en él afanes imperiosos. Cuando sabe que hay algo que no es lo único que conoce, siente la necesidad de escalar los cerros vecinos para ver lo que hay detrás. Las lejanías luminosas le atraen, y poseído por la inquietud más útil al progreso, acude a calmarla.

Esto aterra a los privilegiados. Alzan sus voces lastimeras y se lamentan de lo que ellos denominan desorden y no es sino la más perfecta evolución del único orden legítimo y verdadero. Quisieran que el campesino permaneciera preso en sus campos como en una cárcel, sin otro afán que esperar la muerte, mientras ellos agotan las amplias posibilidades de la vida. Quisieran que el obrero no conociese más que sus herramientas de trabajo y que se resignase a ser el complemento de la maquinaria fabril. Y eso, por fortuna, es ya imposible.

El problema surge con gravedad innegable. Obreros y campesinos reclaman su derecho a vivir ìntegramente. Han aprendido muchas cosas, entre ellas, que todos los hombres son, morfológica y fisiológicamente, similares, y que no hay ley natural que condene a unos a trabajar para otros. Si a todos alcanza el derecho, ninguno ha de exceptuarse de la obligación. El trabajo es necesario; hágase, pues, como requisito indispensable para «vivir». Distribúyanse los riesgos y no se alcen a perpetuidad amenazadores contra determinados seres.

Cierto que la socialización del trabajo será tarea ardua, lo que hace que muchos la consideren utópica. Las objeciones —cuyo valor actual es considerable— las refutará el tiempo y las desvirtuarán los progresos de la evolución humana, niveladores de fuerzas y ejecutores inexorables de la justicia social. Esto exige que se garantice a todo ser la «vida», tal como ha de entenderse en los actuales y venideros tiempos; esto es: el conjunto de funciones corporales y psíquicas cuyo ejercicio sea preciso para la completa satisfacción de las cada vez más amplias necesidades del individuo en el seno de la colectividad y merced al mutuo apoyo de los componentes de la misma.

Ha de ser así, porque nadie puede negar a ningún hombre el derecho a vivir, y «vivir» es alimentarse, habitar en casas higiénicas, educarse, distraerse, crear, perfeccionarse, realizar los altos anhelos de mejoramiento moral y físico.

A la consecución de ese ideal se dirigen los esfuerzos humanos. Las revoluciones del porvenir será para eso, o no merecerán el título de tales. Y en vano se alzarán contra ellas los mezquinos intereses creados, restos de una era que llega a su fin y está irremisiblemente condenada a desaparecer.

«Vivir íntegramente». Para eso se reúnen los hombres en colectividad.

LUIS HERNÁNDEZ ALFONSO

~ por rennichi59 en Sábado 9 abril 2011.

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