Constituyentes

Artículo publicado por Luis Hernández Alfonso el 21 de julio de 1931 en la sección «Comentarios» del diario madrileño «La Libertad». Texto y titular proceden de la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España.

Julio; mes de victorias democráticas. Inquietud, ansiedad. Calor en las cosas y en las imaginaciones. España exterioriza en pocos días cuanto hubo de callar durante largos años. Va a formar su Constitución.

Apenas si el pueblo ha salido de la turbación producida por el rápido caminar de los acontecimientos, esperados con tal fervor que, al presenciarlos, se ha asombrado un poco. El sueño se convirtió en realidad sin que el durmiente haya podido aún despertar del todo. Y así, en este estado de somnolencia, ha tenido que designar a sus representantes, y lo ha hecho con la fe ciega que anima a un enfermo cuando se ve asistido por cualquier médico, aun ignorando cuál es el grado de competencia del facultativo.

El pueblo no podía hacer otra cosa, quizás, ante la amenaza de vuelta del régimen odioso. Ahora, sabiendo ya que la monarquía cayó para siempre, tal vez hubiérase detenido más a distinguir matices y contrastar valores. Pero la Asamblea está elegida, y ella habrá de votar la Constitución.

Lo que del anteproyecto conocemos nos ha defraudado. Esperábamos algo vivo, más en armonía con las corrientes modernas del derecho público. Y vemos que se han seguido ejemplos que hace tiempo pudieron ser útiles y hoy son perjudiciales por anacrónicos y desacreditados.

No nos ha extrañado el sentido rabiosamente parlamentarista en que se ha orientado aquel documento. La inmensa mayoría de los republicanos españoles no concibe otro régimen que el francés. Unos días después del 14 de Abril, un consecuente republicano sostenía que no podía ser presidencialista «porque era federal». ¿Ignoraba que los Estados Unidos, Méjico, Brasil y la Argentina son ambas cosas? Intentamos sacarle de su error, y nos dijo que él no admitía más doctrina política que la defendida por Pi y Margall. Hicímosle ver entonces que el ilustre caudillo había defendido la absoluta separación de poderes, considerando «punible la intromisión de cualquiera de ellos» en la esfera de acción de los otros, lo que mal se aviene con el parlamentarismo. Recordámosle que, en diversas ocasiones, había escrito el gran tribuno que deseaba un régimen «representativo», no parlamentarista, señalando como tipo el instaurado en los Estados Unidos.

Pues bien: nuestro interlocutor hizo un gesto de extrañeza y se encogió ligeramente de hombros. Probablemente, otro tanto harían muchos ciudadanos que tras de elogiar «las grandes democracias —son sus palabras— mejicana y estadounidense», dicen que el sistema presidencial no es democrático. Ésa es la lógica usada por multitud de hombres militantes en las luchas políticas.

No comprendemos cómo se ha votado «en bloque» para unas Cortes encargadas de establecer una Constitución. El lema de «elegid sin distinción de matices, que luego en la Asamblea se definirá cada diputado», nos parece absurdo. Cuando se ponga a votación si la República ha de ser unitaria o federal, ¿será indiferente que haya más o menos representantes de cada tendencia? La misma pregunta puede hacerse refiriéndola a otros puntos capitales: parlamentarismo o presidencialismo; radicalismo o conservadurismo…, etc.

Se ha ido a estas elecciones como si se tratase de que el pueblo decidiese plebiscitariamente si quería monarquía o República. La pregunta era ociosa; conocemos la contestación; pero, en cambio, el Parlamento elegido no refleja la opinión del país acerca de los múltiples problemas que suscita la formación del código fundamental del Estado. Muchos electores han votado a candidatos cuyo matiz ideológico desconocían, sólo por hallarlos incluidos en las candidaturas del bloque.

Lo más doloroso ha sido la creación de esa especie de «republicanismo ortodoxo» que parece tender a la monopolización del nuevo régimen, a cuyo advenimiento han contribuido, en la medida de sus fuerzas y con el máximo entusiasmo, otros sectores que tienen igual derecho a ser y llamarse «republicanos». Y se da el caso peregrino de que mientras son admitidos como republicanos indiscutibles muchos que fueron monárquicos hasta el 14 de Abril, se declara «enemigos de la República» a quienes envejecieron en servicio de ella y sufrieron persecuciones y vejámenes por laborar en pro de su consecución.

No; son republicanos sinceros lo mismo los gubernamentales de buena fe que los que recia y dignamente sostienen criterios distintos del «oficial». Nos duele que se haga con nosotros algo semejante a lo que los dictadores con los que no se sometían a sus caprichos. (Claro está que no pretendemos equiparar al actual Gobierno con Primo, Berenguer y sus secuaces. Nos limitamos ahora a señalar la semejanza en lo injusto de las calificaciones). Aquéllos declaraban «antipatriótico» todo gesto de disconformidad. Éstos —los republicanos ortodoxos «per se»— nos adjetivan de enemigos de lo que más queremos. Es necesario que lealmente, con la hidalguía que hay derecho a exigirles, rectifiquen y se acuerden de que la democracia no puede ser objeto de monopolios ni «exclusivas».

Las Cortes Constituyentes han de trabajar bajo la mirada anhelante del pueblo, hambriento de justicia, sediento de libertad, harto de farsas parlamentarias y herido por penalidades cada vez más duras. Éste es un período decisivo para él (para nosotros todos). Si ve que la prometida «revolución jurídica» se realiza verdaderamente, cooperará con serenidad a su feliz desarrollo, aceptando cuantos sacrificios sean necesarios. Su inquietud busca horizontes amplios, despejados, solares sin maleza en los que construir algo nuevo, gigantesco, inmortal. No se reduzca a estrechos valles; no se pongan vallas a su deseo de avance indefinido, de progreso ilimitado y constante. De lo contrario, se consideraría traicionado; sería lamentable, y no podría echarse la culpa a quienes una y cien veces han advertido dónde está el peligro y cómo debe conjurarse.

Nuestra modestia hará quizás que estas líneas sólo merezcan una sonrisa desdeñosa de los que tienen en sus manos el porvenir de España. Aun sospechándolo, las escribimos, porque es nuestro deber.

LUIS HERNÁNDEZ ALFONSO

~ por rennichi59 en Domingo 10 abril 2011.

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