Don Quijote

Artículo publicado por Luis Hernández Alfonso el 30 de julio de 1931 en la sección «Comentarios» del diario madrileño «La Libertad». Texto y titular proceden de la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España.

Otra vez un libro de Matilde de la Torre (Don Quijote, rey de España, 1928) nos sugiere consideraciones y nos obliga a meditar. Y no es ahora el sentido general de la obra —del que discrepamos en algunos puntos— lo que fija nuestra atención, sino un pensamiento de los muchos admirables que hay encerrados en sus páginas.

«No se detiene el espíritu español a examinar que si Don Quijote es vencido en sus empresas, no lo es por la calidad de sus ideales, sino por la insuficiencia y el anacronismo de sus medios. Con aquella lanza y aquel caballo y aquella celada sujeta con cintas verdes no podría menos el caballero de ser vencido y apaleado. Armárase de otra manera, y hubiera sido un paladín».

Estas palabras adquieren ahora, cuando España entera hierve en el crisol de su metamorfosis, una actualidad innegable. No interpretemos otra vez erróneamente la creación genial; no abandonemos lo que quisimos hacer y no logramos por la insuficiencia de nuestras armas y lo anacrónico de nuestros procedimientos. Prentender hoy intervenir en una guerra sin poseer cañones, aeroplanos ni cruceros sería un absurdo que no alentaría en ningún cerebro; pero de igual calibre es el dislate de estructurar nuestra vida política y social conservando anticuados prejuicios y perpetuando injusticias que van desapareciendo de todos los códigos constitucionales del globo.

Si las nuevas leyes han de servir para el porvenir, no se mire al pasado para redactarlas ni se traduzcan normas implantadas en Francia o Inglaterra hace ya años. Esos pueblos nos han precedido en su evolución política, y a mayor abundamiento, las leyes en cuestión son ya anticuadas en ellos, y no tardarán en ser substituidas por otras más en consonancia con las necesidades presentes y posibilidades futuras de la Humanidad.

Los españoles tenemos la paradoja como medio ambiente. Así puede darse el caso de que una alta personalidad declare fracasado el régimen capitalista y necesaria la transformación social hacia el comunismo… No obstante lo cual, continúa militando en la extrema derecha, junto con los campeones de la propiedad privada.

Preciso es acomodar la acción al pensamiento y no ahondar las diferencias entre lo positivo y lo ideal. Si un sistema ha fracasado y se sabe cuál será el que le substituya, lo cuerdo es facilitar el tránsito, suavizar el camino, máxime cuando tanto se temen los «cataclismos». Aferrarnos a lo que nosotros mismos sabemos y proclamamos inservible es carecer de consecuencia y laborar como suicidas.

En nuestro país se desconoce aún la teoría del Estado. Y así ocurre que muchos tengan a éste por algo completamente aparte de la sociedad y sin entronque alguno con ella. El Estado, según ellos, ha brotado por generación espontánea. Pobres y ricos lo consideran como enemigo. Los poderosos no ven en él su instrumento, como pretende el marxismo; arremeten furiosamente contra lo que, en rigor de verdad, ha sido monopilizado por ellos durante largos años. Los desheredados no sienten la necesidad de acabar con ese monopolio; el Estado no es suyo ni les parece que haya de serlo.

Ese individualismo feroz que caracteriza a los españoles fue acaso lo que Cervantes quiso ridiculizar en el Quijote. Los genios tienen en su mente retazos de porvenir, atisbos de Humanidad futura. Alonso Quijano, el Bueno, ama el bien; ve que la violencia, el crimen y el entuerto dominan sobre la Tierra. Y con sus pobres medios —su caballejo decrépito, su lanzón inmanejable, su celada grotesca— sale a los caminos, decidido a arreglar él solo cuanto millares de hombres desarreglaron durante siglos.

No creemos, como Matilde de la Torre, que «Cervantes no pretende curar nada». Si hay resignación en su obra, no es acatamiento a la fuerza del mal; es, acaso, dolorida convicción de que en España los malandrines y follones, en apretada falange, sólo tendrán por adversario a cualquier hidalgo tan enamorado del ideal como falto de capacidad y ayuda para restaurar la justicia.

No confiemos, pues, la buena causa a un paladín heroico, a un caudillo a quien nadie siga; preciso es que a la multitud que oprime se oponga la multitud que ame la libertad, que sienta honda su dignidad ciudadana y que sepa que el Mundo es patrimonio universal y no feudo de unos cuantos.

Desentenderse de los problemas es caer en la infantil equivocación de cerrar nuestros ojos para que los de los otros no nos descubran. No existe el derecho a la inhibición. Nada se conseguirá sin la asistencia social. Cuando España ha de transformarse, ningún español puede encogerse de hombros y contemplar la metamorfosis como espectador indiferente.

La ley nueva no debe parecerse a la antigua. El Mundo entero se ilumina con otra luz; no cerremos nuestras ventanas para seguir alumbrándonos, dentro de casa, con el velón de nuestros antepasados. España no será, aunque quisiera, una excepción en el panorama universal. Abramos, pues, nosotros mismos esas ventanas, sin esperar a que nadie de fuera lo haga. Así podremos conservarlas íntegras y hacer que la luz penetre como conviene a nuestros ojos, acostumbrados a la obscuridad.

LUIS HERNÁNDEZ ALFONSO

~ por rennichi59 en Domingo 10 abril 2011.

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