¡Serenidad!

Artículo publicado por Luis Hernández Alfonso el 2 de septiembre de 1931 en la sección «Comentarios» del diario madrileño «La Libertad». Texto y titular proceden de la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España.

Cuando en un país no suficientemente culto ocurren sucesos graves, el nerviosismo y la ignorancia se alían en la masa, convirtiéndola en instrumento de malvadas maquinaciones y ejecutora de inconfesables designios.

Concienzudamente, los eternos dominadores, los que negaron al pueblo sus derechos más elementales, le incitan a ejercerlos…, después de haberlos desvirtuado en su propio y egoísta provecho. Esa maniobra, que revela la intención de los usufructuarios de la sociedad, suele obtener el resultado apetecido por los autores de la farsa, maestros en la picaresca de la política.

Como medicamentos en la anaquelería de una farmacia, los distribuidores de la pública tranquilidad colocan «palabras» en las tinieblas, y de allí las extraen en prudentes dosis para la fabricación de sus fórmulas. Palabras, sí, cuya esencia, cuyo contenido ignora el pueblo muchas veces, hasta el punto de creer venenoso lo que es antídoto, y mortal lo que engendra vida y fuerza. Los alquimistas tenebrosos destapan tarros y, mascullando fraees cabalísticas, confeccionan brebajes que harán tragar al pueblo, aún crédulo y dócil, en manos de sus malintencionados galenos.

En los tarros han substituido los rótulos, dejando en muchos la calavera y las tibias, símbolo consuetudinario de la muerte. Donde se leía «Arsénico» han escrito «Comunismo». Y el pueblo, impresionado por el macabro signo exterior, no quiere investigar si es o no venenoso lo que hay dentro; él, tan refractario a lo nuevo, hace más caso de los viejos caminos que de los hombres que los andan.

Cierra los ojos y toma las pócimas que le dan. Su pereza mental le impide averiguar si el nombre corresponde a la cosa; luego mira con horror lo que le han dicho que es malo.

Hubo un tiempo en que hablar de socialismo era sentar plaza de enemigo del género humano; hoy el proclamarse comunista equivale (para la masa, por incultura; para los poderosos, por malicia) a confesarse adversario de la Humanidad. ¿Cuándo se decidirá el pueblo a juzgar por sí mismo y a estudiar las cosas sin fiarse ciegamente de quienes le engañaron una y otra vez?

Es inexplicable el temor que se apodera de la masa, cuando si meditase con serenidad vería que nada de lo que pueda venir significa para ella un perjuicio. ¡Serenidad, pues! La ceguedad neutra (lo neutro está de moda) es cien veces peor que la sectaria. La indeterminación la hace maleable y acomodaticia, somete su virilidad al ajeno arbitrio y la transforma en pedestal de todas las audacias egoístas de los vividores.

A los hombres de buena fe (a los de mala hay que hacerles guerra sin cuartel, llámense como se llamaren) nos dirigimos para recomendarles serenidad en estos momentos decisivos. Nadie crea ver en esta exhortación un consejo retardatario; lo que deseamos es, precisamente, acción progresiva, pero consciente; revolucionaria, pero lógica. No todo desorden es saludable; sólo aquel que se necesita para la implantación de otro orden más justo y más humano. Favorecer cualquier perturbación sin tener en cuenta su génesis ni su objetivo es exponerse a estimular el resurgimiento de obstáculos en nuestro camino.

Si el pueblo hace mal rechazando «a priori» cosas que no conoce, los dirigentes de la extrema izquierda tampoco se ocupan como debieran de realizar una campaña de divulgación doctrinal. Sin duda creen que ahora sólo importa la acción combativa del instante; pero olvidan que es peligroso lanzar a los hombres por un camino cuyo final ni conocen ni les interesa. Para que la lucha sea eficaz se necesita que los combatientes se hallen dispuestos al sacrificio, y esto sólo se obtiene mediante un ideal y un fervor revolucionarios. Lógicamente no hemos de rechazar las colaboraciones ciegas e involuntarias; pero no ha de ser ése el núcleo de nuestras falanges.

Es natural que si se ofrece un reparto de tierras a los campesinos se tendrá su ayuda. Pero ¿se calculan las consecuencias que para la necesaria socialización tendría la división del dominio privado de la tierra? El reparto no es una medida comunista ni aun socializadora; los dirigentes de izquierda lo saben o deben saberlo. Multiplicar el número de propietarios es aumentar el de enemigos de la socialización. Esto, que sólo es un ejemplo, basta para comprender que de la ignorancia de la masa no es ésta la única culpable. Es necesario decirle adónde va, por qué, para qué y cómo. Y no se convence con gritos ni promesas, a veces (como la indicada) contrarias al ideal que se persigue. Hace falta labor de apostolado, de abnegación y de sacrificio. Las dos partes de la obra pueden ser simultáneamente realizadas: exponer el ideario y luchar contra sus enemigos.

Haya, pues, serenidad y atención por parte del pueblo consciente, y lealtad viril, cordura y energía en los encargados de propagar la buena nueva.

LUIS HERNÁNDEZ ALFONSO

~ por rennichi59 en Martes 12 abril 2011.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

 
A %d blogueros les gusta esto: