Verbena

Artículo publicado por Luis Hernández Alfonso el 25 de julio de 1931 en la sección «Comentarios» del diario madrileño «La Libertad». Texto y titular proceden de la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España.

Un buen amigo nos ha hecho abandonar los libros y salir de casa en esta noche amable de verano madrileño.

—Vamos a dar una vuelta por la verbena —nos ha dicho—. No todo ha de ser política ni problema social.

Y con acento de cariñosa censura ha añadido:

—Os amargáis la vida sin intentar disfrutar de ella. Metidos en vuestro cuarto de trabajo, llegáis a olvidar que hay alegrías. Miráis el Mundo por un agujero en el que habéis colocado vuestro prisma. Las imágenes llegan a vosotros deformadas, confusas, inexactas. En cualquier incidente vulgarísimo veis un pavoroso problema…

No replicamos. ¿Para qué discutir? Él no logrará inyectarnos su optimismo ciego, y nos repugna desvanecer su grato modo de entender cuanto le rodea.

Vemos, aún lejos, muchas luces de colores y llega hasta nosotros el sonido, que la distancia hace suave, de los organillos verbeneros. Nuestro escepticismo vacila y abandonamos un poco el gesto de resignación malhumorada que adoptamos al salir a la calle. Acaso hay alegría en la masa que se adivina entre los barracones iluminados, y de la que brota un rumor de resaca en mares norteños.

*

—¡Siempre regalo!

En los estantes, figuritas de barro, muñecas, floreros; esos mil objetos que suelen adornar las viejas cómodas en las comedias de Arniches.

Una mujer soñolienta canta más allá:

—¡Tres anillas, diez céntimos!

Nadie se detiene ante la pirámide formada con botellas. Tres arrapiezos se arrastran en derredor de la mujeruca. Van apenas cubiertos con algo que fueron delantalillos y son ahora jirones de tela mugrienta.

Dominando la algarabía, suena otra voz estridente.

—¡La suerte de las personas! Diez céntimos el oráculo.

Luego pasamos por puestos de golosinas. Las almendras garapiñadas reciben oleadas de polvo. Un jovenzuelo, vencido por la fatiga, duerme en un rincón de la barraca. Su postura es inverosímil.

«Caballitos del Tío Vivo», deteriorados, vetustos. Parecen extraídos de la calma en que yacieran, después de largos años de servicio, en un ignorado museo. Helos aquí; son los mismos que conocimos hace cuatro lustros, y que entonces nos parecieron maravillosos. Siguen dando vueltas, como si jamás hubieran de morir. Acaso, por un poderoso capricho de la mecánica, funcionan desde un siglo atrás y sobrevivirán a nuestros nietos. Contemplándolos, olvidamos cuanto nos circunda y creemos vivir de nuevo los días de niñez. Hasta el hombre que los cuida parece «aquél», con su gorra terciada sobre una oreja, la colilla en los labios y una anacrónica camiseta a rayas malcubriendo su cuerpo musculoso. «Caballitos» clásicos… Viviremos dejando nuestra vida en la lucha; vendrán otras eras, otras costumbres. Los males de la Humanidad desaparecerán, como las generaciones. Y vosotros seguiréis dando vueltas, testigos de la admirable metamorfosis.

*

En pabellones decorados chillonamente, sobre un tabladillo que hay junto a la puerta, unas desventuradas, exhibiendo marchitos encantos, se mueven con ademanes obscenos, mientras entonan un charlestón trasnochado. Sus voces tienen un dejo de cansancio. Una de las «estrellas» interrumpe el canto, para gritar:

—Pasen, caballeros… Sólo para hombres.

La gente, agrupada ante el pabellón, sonríe con gesto pícaro que nos lastima. Alguien aventura una frase que pretende ser ingeniosa: «Son Dolores del Río, Jeannette Mac Donald, Greta Garbo y María Alba…». Nuestro amigo se ríe. Nosotros no podemos. Pensamos que aquellas mujeres hipotecan su dignidad por unas pocas monedas, insuficientes para garantizar su sustento.

*

Rifas; tiros al blanco. Familias que, robando horas al sueño, esperan la llegada de parroquianos. Allí están desde el anochecer hasta la madrugada para reunir un puñado de cobre.

«Carrouseles» vertiginosos, donde los hombres hacen alarde pueril de tranquilidad y las mujeres ostentación de cobardía, que se traduce en gritos penetrantes. ¿Sienten la necesidad de aturdirse?

Luego, aparatos que sirven para que algunos demuestren dos cosas: que poseen buena musculatura y que no hallan nada mejor en que emplearla. Columpios, aguaduchos, freidurías…

*

Nos sentamos en la terraza de un bar. Mientras bebemos cerveza, desfila ante nosotros una legión de vendedores ambulantes, que con voz en la que vibra la súplica nos ofrecen mariscos, mojama, almendras.

Luego, muchas manos imploran limosna. Hay mendigos viejos, niños, mujeres, jóvenes impedidos. Un individuo, que en compañía de una mujer pública bebe refrescos en una mesa cercana, protesta a gritos del asedio:

—¡Qué plaga! ¡Cuántos vagos! No sé cómo los dejan…

Los mendigos se alejan presurosos. Y el honorable burgués, que acaso no haya trabajado nunca, susurra en el oído de la cortesana:

—Mañana te compraré…

Nuestro amigo se siente feliz. Saborea el dorado líquido, cruza las piernas, enciende un cigarrillo y tras de lanzar un chorro de humo, exclama:

—¡Qué noche más hermosa! ¿Ves? Es que no sabéis divertiros. Si hoy no te saco de casa, ni siquiera hubieras venido aquí a distraerte.

Sonreímos; no sabemos si por no defraudar a nuestro amable acompañante o para evitarnos la violencia de una dolorosa sinceridad.

*

Cuando regresamos a casa, las calles están silenciosas. Sólo, alguna vez, suenan los pasos de un transeúnte que vuelve rápido a su hogar. Al pasar por una taberna percibimos rumor de disputa. Dos alcohólicos riñen por el pago de unas copas.

Continuamos la marcha, y entonces vienen a nuestra memoria las palabras de Blatchford: «Contra la noción corriente de que todos serían buenos si quisieran, defiendo el principio de que los seres humanos serían buenos si pudieran»; y el comentario de Tarrida: «Mientras existan ciertas condiciones anormales que se opongan a la felicidad humana y perpetúen el sufrimiento, la teoría determinista justificará la revolución, que es la manifestación de la lucha necesaria contra dichas condiciones…» (1).

LUIS HERNÁNDEZ ALFONSO

———

[1] El comentario de Tarrida del Mármol a la cita de Robert Blatchford, procedente de la introducción de su libro Not Guilty, está tomado del capítulo «La diagonal determinista» de Problemas trascendentales, obra publicada por el ilustre anarquista cubano en 1908 y que había aparecido con anterioridad en el folletín de «Tierra y Libertad» correspondiente al 7 de noviembre de 1907. [Nota de Pablo Herrero Hernández]

~ por rennichi59 en Miércoles 13 abril 2011.

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