Cáceres

Artículo publicado por Luis Hernández Alfonso el 18 de diciembre de 1931 en la sección «Comentarios» del diario madrileño «La Libertad». Texto y titular proceden de la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España.

Para los ilustres arqueólogos D. Miguel Ángel Ortí Belmonte y D. Antonio C. Floriano

Cáceres, la «Norba Cesarina» de los romanos, es un trozo de historia hecha piedra. Sobre la roca brava dejaron las civilizaciones huella imborrable de su paso. Allí, como en Sagunto, los sillares hablan del poderío de los Césares; como en Murcia, del genio de los reyes de Taifa; como en Burgos, del valor de los caballeros de la Reconquista; como en ninguna otra capital española, del digno orgullo de los colonizadores de América… Roma en la torre de Bujaco; Mahoma en el Adarve; León en la Puerta de Santa Ana; el oro transatlántico en la casa de Roco. Pasear por las calles cacereñas es recorrer en una hora veinte siglos de luchas heroicas, de sacrificios, de abnegaciones.

Sin embargo, Cáceres permanece ignorada para muchos españoles que han llevado su afán de evocaciones a lejanas tierras. Ninguna como ésta para penetrar en el secreto de la historia patria; ninguna más elocuente en la mudez de sus recuerdos; ninguna más aromada con el encanto de lo definitivamente ido. La ciudad vieja guarda celosa e invencible los testimonios de grandezas pretéritas que no quieren dejarse destruir por los siglos y que, según expresión felicísima de un escritor, han conseguido detener el tiempo.

Hundido el ánimo en la evocación, espérase ver surgir en cualquier rincón solitario el anacrónico conjunto de los Níger y los Balbo, los Zeht y El-Ganú, los Caballeros de la Espada, los Pizarro, Ulloa, Golfín, Ovando, Figueroa, Pereiro, Solís… Hay en el sol que dora los muros destellos de espadas que hicieron carne de mil generaciones, y en sus muros el vigor que los alzó sobre la sangre de las batallas, entre el clamor de clarines triunfales.

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Pero hay más. Cáceres es el centro de una vasta región, en cuyo subsuelo hay incalculables tesoros arqueológicos esperando ser arrancados de su sepultura, bajo la hierba de las dehesas, bajo las espigas de los trigales. A poco más de dos kilómetros de la ciudad, en una finca de labor, están las ruinas de un campamento romano que se supone construido por Quinto Cecilio Metello, hacia el año 74 antes de Jesucristo, durante la guerra sertoriana. El profesor alemán doctor Schulten dirigió excavaciones con óptimo resultado; centenares de objetos interesantísimos fueron desde allí al Museo Provincial. 

Pero (y esto es lo doloroso) el supuesto «Castra Cecilia» está en terrenos de propiedad particular, y hubo de suspenderse el trabajo, cubrir nuevamente las gloriosas ruinas con cuanto encierran, para que el arado abriese surcos; allí las espigas serán el epitafio efímero del Pretorio, del Foro, del Questorio, de la casa de los Tribunos, de las «Tabernas» en que vendían los mercaderes del campamento, de la «Cella», de las vías Pretoria, Quintana, etc. Allí dormirán, descomponiéndose, las vasijas seculares, los mármoles esculpidos, las lucernarias, los mosaicos, las monedas, los muros, las columnas, cuanto aún puede mostrarnos la magnificencia de aquella construcción militar.

A la acción aniquiladora del tiempo se unió la inconsciencia de los hombres, y éstos destruyeron parte de las ruinas para dar paso a una carretera. «¿Y el Estado —se nos preguntará—, a qué espera para expropiar esos terrenos de tan formidable interés arqueológico?». El Estado —contestaremos— no ha tenido tiempo que dedicar a la cultura. Ahora, con el cambio de régimen, parece haber mejorado su conducta; al menos ha accedido al arriendo de la Casa de las Veletas para que el Museo Provincial tenga adecuado marco en el palacio construido sobre el aljibe del alcázar árabe. Es preciso que se avance rápidamente por el buen camino, y que se descubran y salven las reliquias que hacen de la región un verdadero «Museo sepultado».

No es un caso aislado el del «Castra Cecilia» o «Servilia» (que aún no andan de acuerdo los investigadores en lo que fuera origen de «Cáceres el viejo»); está el de las dehesas de Mayoralguillo de Vargas y las Segucas, donde también en tierras de labor, propiedad de particulares, se halla un cementerio prehistórico con sepulturas vaciadas en peñascos, y un curiosísimo recinto sagrado, con su altar de sacrificios, tallado en una roca y coetáneo del cementerio; están Alconétar (Túrmulus), Cáparra (Capera), Talavera la Vieja… y otros muchos.

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No es necesario que vengan sabios de lejanos países a descubrir la historia ibérica: ahí, en Cáceres, hay dos profesores doctísimos que han acreditado su amor a la ciencia, sacrificándola su actividad, y no pocas veces comprometiendo su modesto peculio personal. Calladamente, con el entusiasmo humilde que caracteriza a los verdaderos investigadores, trabajan D. Miguel Ángel Ortí Belmonte (director del Museo Provincial) y D. Antonio C. Floriano (bien conocido por sus escritos), ambos miembros de la Comisión de Monumentos. Basta que el Estado, «celoso guardián de sus tesoros», proporcione el dinero preciso para pagar obreros y expropiar campos, y no son necesarios millones de pesetas, que, al fin, bien los valen las reliquias que han de salvarse de la destrucción.

Por desgracia, no faltan brazos en forzada ociosidad, y emprendiendo activas excavaciones, al par que se cumplía un deber de cultura, se mitigaría la angustiosa crisis en que se halla el proletariado extremeño.

Cuídense, repárense las bellezas arquitectónicas de Cáceres, de Trujillo, de Alcántara, de Plasencia, de Coria, de Alconétar, de Montánchez, de Galisteo, de Garrovillas, de Brozas, de Talavera la Vieja, de Granatilla, de Guadalupe, de Arroyo, de Conquista, de Portezuelo…, de cien pueblos más que guardan joyas de insuperable valor histórico.

Es lo menos que merece el viejo solar extremeño, teatro de reñidos episodios, compendio y resumen del pasado patrio; es lo menos que merece la memoria de los conquistadores y colonizadores de América.

LUIS HERNÁNDEZ ALFONSO

~ por rennichi59 en Martes 19 abril 2011.

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