Inconvenientes

Artículo publicado por Luis Hernández Alfonso el 14 de febrero de 1933 en la sección «Comentarios» del diario madrileño «La Libertad». Texto y titular proceden de la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España.

Suele calificarse, con harta imprudencia, de «enemigo» de una cosa al que pretende que se haga bien, es decir, con todos los requisitos que le han de dar carácter propio y eficacia verdadera. Cuando, tras de las elecciones municipales del 12 de Abril de 1931, que dieron en tierra con la monarquía, se decidió acudir a las de diputados formando conjunción republicano-socialista, hicimos pública nuestra disconformidad, augurando malos resultados para el porvenir. Nuestras sinceras palabras de entonces desencadenaron acres censuras y a punto estuvimos de que se nos declarase traidores a la causa que siempre defendimos.

Los hechos han venido a confirmar plenamente aquellos vaticinios. Parecíanos absurdo que, ya instaurada la República y cuando precisamente se necesitaba reflejar en una Constitución la voluntad de los españoles, se formasen conglomerados uniendo en una sola candidatura nombres representativos de tendencias no ya distintas, sino incluso opuestas. Por si esto fuera poco, se recomendaba insistentemente que se votase íntegra. Así se hizo por casi todos los electores, de donde resultó que un mismo ciudadano otorgara su representación a un socialista y un individualista, un unitarista y un federal, a un enemigo del divorcio y a un partidario de él… Etcétera. La composición del Parlamento estaba preestablecida; casi sin modificaciones resultaron elegidos los que figuraban en la combinación hecha en los acuerdos electorales.

Se le dijo al país que no votar íntegramente las candidaturas de la conjunción era no votar en pro del nuevo régimen. Esto, sobre no ser cierto, entrañaba un mal gravísimo, especialmente si tenemos en cuenta que cuando se va a elaborar una Constitución es absolutamente necesario que la Asamblea constituyente esté formada de manera que exprese la opinión del país, con la proporción exacta entre los diversos matices políticos. No se hizo así; en realidad, el Comité que acopló tendencias y nombres en las candidaturas fue quien señaló las directrices constitucionales. El pueblo ignoraba muchas veces la significación, el matiz de sus candidatos; votaba a todos los qe se le presentaban, suponiendo que sólo así lograría la consolidación de la República. Los diversos partidos llegaron a un acuerdo acerca de la distribución de las actas, como si no fuera precisamente en las Cortes Constituyentes donde habían de quedar derrotados o victoriosos sus programas.

Así ha resultado que, subordinándose frecuentemente la obra constitucional a la de gobierno, un precepto del Código político fundamental se aprobara «para evitar una crisis». Más de una vez el presidente de la Cámara ha llamado a su despacho a los jefes de las minorías «para buscar fórmulas de conciliación y eludir así los debates públicos apasionados», con lo cual le quitaron al Parlamento su cualidad más estimable.

A todos esos inconvenientes (que ya indicamos en su día) se une el gravísimo de que, rota la armonía entre los que formaban el bloque, cada una de las fracciones se atribuye, con carácter exclusivo, la representación genuina de la opinión pública. Y no hay medio de demostrar lo contrario para ninguna de ellas en estas Cortes. La proporción existente en la Cámara entre las diversas minorías, ¿refleja la que hay entre los varios sectores de opinión? Evidentemente, no. Puede, pues, existir una mayoría gubernamental divorciada en absoluto del sentir del pueblo, y en ese caso el Gobierno se apoya sobre una base falsa y, en cierto modo, ilegítima. En tales circunstancias, un Gabinete no da marchamo de legitimidad a sus actos porque haga que los apruebe una mayoría incondicional no representante indiscutible de la mayoría de los ciudadanos electores.

Al reservar, por ejemplo, la mitad de los puestos de las candidaturas de conjunción a los socialistas, ¿se apreció «a priori» que había tantos electores socialistas como republicanos de todas las tendencias juntos? ¿Hubieran obtenido los correligionarios de Prieto ciento catorce actas si hubieran ido solos a la lucha? Pero fueron del brazo de los radicales, radicalsocialistas, progresistas, Acción Republicana, etcétera. Excluidos del bloque gubernamental los radicales y los progresistas, ni siquiera puede alegar el Gobierno el origen popular de la mayoría en que se apoya, porque los votos de los partidos mencionados ayudaron también a formarle, y hoy sus representantes están en la oposición.

*

Cuando se advierte que el país se encuentra en desacuerdo con los que ostentan su representación (y esto se ha demostrado en múltiples ocasiones, especialmente en los casos de Arnedo y Casas Viejas), lo único democrático es consultar nuevamente la opinión pública. No se nos objete que existe el peligro de un retorno a la monarquía; eso es absurdo, puesto que el Cuerpo electoral votó por la República no hace aún dos años.

Que no es fácil el retorno al pasado se probó en Sevilla el día 10 de Agosto. Allí y entonces, los socialistas, sindicalistas y comunistas (estos dos últimos grupos resueltamente enemigos del Gobierno) aunaron sus fuerzas contra la sanjurjada.

La frase «laborar contra el Gobierno es laborar contra la República», tan felizmente «estrenada» a raíz de los sucesos de Enero, no pasa de ser un sofisma tan inaceptable como el puesto en circulación por Primo de Rivera, según el cual, «combatir a la Dictadura era ir contra la patria». Ni ésta ni la República pueden ser monopolizadas por nadie, aunque otra cosa pretenda esa mayoría que, como con singular acierto dijo en estas mismas columnas Benlliure y Tuero, cantan en torno del «divo» de la manera que lo hacen los coros en las zarzuelas clásicas.

La República no es Azaña, ni el Gobierno, ni la F[ederación de] I[zquierdas] R[epublicanas] P[arlamentarias] E[spañolas]. Es mucho más y por encima de todo eso. Vincular su vida a la de un Gabinete, una mayoría o un bloque determinado es empequeñecerla, desvirtuarla y prostituirla.

Váyase a nuevas elecciones, en la plena seguridad de que la República no morirá. Lo que es probable que se derrumbe será el tinglado ministerial, harto semejante al de «la antigua farsa» benaventiana.

LUIS HERNÁNDEZ ALFONSO

~ por rennichi59 en Sábado 23 abril 2011.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

 
A %d blogueros les gusta esto: