La guerra

Artículo publicado por Luis Hernández Alfonso el 25 de febrero de 1933 en la sección «Comentarios» del diario madrileño «La Libertad». Texto y titular proceden de la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España.

El rumor, tenaz y persistente, llega a preocuparnos. El ambiente se satura de intranquilidad. Sentimos un malestar indefinible y nos acordamos, retrotrayéndonos a nuestra infancia, de los días angustiosos que precedieron al comienzo de la gran guerra. Nosotros, los que, aún niños, contemplamos entonces el terrible estrago, nos estremecemos al pensar en su posible repetición.

Y luego, encerrándonos en el recuerdo, despierto un tanto por la literatura de la post-guerra, volvemos a presenciar la hecatombe. Cada minuto de lucha es un hogar sin lumbre, una critatura sin padre, un pueblo con las venas abiertas. Cada estampido significa cien vidas menos; allí, en el hediondo agujero, entre el lodo repugnantemente viscoso, la metralla ha hecho un revoltijo de huesos, barro, músculos, vísceras y sangre. Aquí se alza un monstruo que hace un minuto era un hombre; ahora es un resto, deforme, sangrante… Un casco de granada le arrancó los brazos; otro le dejó ciego, cuando oteaba el horizonte para lanzar él también la muerte allá enfrente… donde le habían ordenado. Él no sabía por qué; obedecía. Y otro hombre allí enfrente lo ha convertido en mostruosa piltrafa, también ignorando por qué, obedeciendo órdenes…

Como autómatas, mecánicos ejecutores de un plan odioso, los hombres avanzan unos contra otros: luchan, matan, incendian, destruyen, mueren… Quedan en los campos, entre las ruinas humeantes de los hogares que fueron, millares de cadáveres que se pudren al sol. Y hay también heridos que no sanarán nunca; heridos que arrastrarán diez, veinte, treinta años sus miembros inútiles en una agonía que les parecerá eterna. Entretanto, en las aldeas, millones de huérfanos esperan en vano el regreso de quienes los engendraran, de quienes los protegieran, de quienes fundaran en ellos el poema de una vida plácida.

A una señal todo cayó en el caos. La muerte, rápida en el frente, lenta en los campos y los villorrios, ha extendido su mano ósea sobre los pueblos. Y éstos, con brutal inconsciencia, obedecen al mandato y sucumben, en un suicidio trágico, doloroso. Con la penuria se han desatado los bajos instintos; cada ser humano es enemigo de todos los demás, aunque hayan vivido bajo el mismo techo, aunque hayan sido engendrados en el mismo vientre. Se lucha sordamente, en guerra dramáticamente muda, por un poco de pan, por un bono de manteca. Y no falta la bestia humana que exige carne de mujer a cambio de unos gramos de carne de ternera…

¿Volveremos a todo eso? No… Han pasado bastantes años para que las heridas estén cerradas; pero no los precisos para que se hayan olvidado aquellos horrores. Las generaciones nuevas tienen otro concepto, más elevado, más puro, nuevo también, del patriotismo. Y no están dispuestas a convertirse, a costa de su sangre, en colaboradoras de los grandes fabricantes de material de guerra. No. Pueden los «trusts» financieros, los colosos de la industria, tirar al mar sus acciones y sus productos fabriles; los hombres de hoy no matarán a sus hermanos; no incendiarán hogares felices; no talarán bosques; no ensangrentarán fértiles campos; no aplastarán cosechas para asegurar ganancias a los que comercian con el dolor universal.

Los hombres de hoy saben cómo murieron sus padres, y se preguntan aún: «¿Por qué? ¿Para qué?». Han visto los miembros destrozados, han percibido el hedor de la carne muerta, les ha salpicado en el corazón y en el cerebro la sangre cálida de millares de víctimas inocentes que pagaban con su vida la criminal avaricia «de los que no iban a la guerra» y la provocaban y la mantenían, ocultos, bien parapetados, invulnerables.

No. No iremos a esa guerra absurda y canallesca. Nuestras manos no herirán a seres que, como nosotros, han creado su hogar y en él viven sin maldad, ignorando cómo y por qué han de abandonarlo para destruir el ajeno, para truncar vidas que no les estorban, puesto que sobra en el Mundo sitio para todas.

Ya no nos dejaremos engañar por los indignos traficantes del patriotismo. Sabemos que ellos son los que, tras de lanzar a su país a una guerra, vendían armas al enemigo, lucrándose con la muerte, beneficiándose con lágrimas y gemidos. Sabemos también que no consiste el patriotismo en empuñar fusiles y asesinar con ellos a quienes son tan inocentes como nosotros; hay otro patriotismo, santo, grande, benéfico, amable, compatible con todos los demás. Canta en los corazones; germina en los cerebros; florece en obras útiles a la Humanidad.

No. No iremos a esa guerra. Si algún día abandonamos el laboratorio, la fábrica, la pluma para empuñar las armas, no las emplearemos contra hombres que ningún mal nos hicieron, que sufren iguales penas que nosotros; que, como nosotros, ignoran por qué y cómo «se hace» una guerra.

LUIS HERNÁNDEZ ALFONSO

~ por rennichi59 en Sábado 23 abril 2011.

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