Madrid-Valencia

Artículo publicado por Luis Hernández Alfonso el 10 de mayo de 1933 en la sección «Comentarios» del diario madrileño «La Libertad». Texto y titular proceden de la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España.

La Casa de Levante (de acuerdo con la de Cuenca y con el Centro de Hijos de Madrid) ha hecho publicar en la Prensa una razonada nota en pro de la construcción del ferrocarril directo Madrid-Valencia, línea férrea que resolverá importantes problemas de las tres provincias afectadas por el proyecto, amén de facilitar el desarrollo del cambio de productos entre aquellas otras. Además, dice la referida nota, se proporcionaría trabajo a quince mil obreros durante cuatro años.

No comprendemos cómo una obra que tan positivos beneficios procuraría a Madrid, Valencia y Cuenca, poniendo a la capital de España a tres horas de uno de los puertos mejor situados de las costas mediterráneas, posibilitando el rápido y económico transporte de los frutos de las huertas valencianas, de la cerámica de Manises, de las fundiciones de Sagunto, de los embutidos de Buñol, de los licores y jarabes de Játiva y Ayelo…, de tantos productos naturales o anufacturados, no se ha realizado, a pesar del clamor constante del pueblo valenciano, anheloso de relacionarse con la meseta castellana, ávido de que se conozcan las maravillas de su suelo, la gracia de su arte, la excelencia de su clima, la nobleza de su trato, la fuerza incomparable de su hidalga y sencilla latinidad.

Porque es realmente curiosa la relación espiritual que une a Madrid y Valencia, al través de todas las vicisitudes y sean cuales fueren las circunstancias en que ambas ciudades se hallen.

Madrid (superación constante de una capital inteligente, comprensiva, acogedora, limpia de envidias, dueña del don de gentes, única aristocracia legítima, porque no la otorgan los pergaminos, sino los sentimientos) y Valencia (ciudad en la que se unen la hospitalidad árabe y la hidalguía castellana; ciudad pletórica de vida, madre y centro de múltiples núcleos urbanos que forman cortejo prometedor de formidable desarrollo; ciudad, en fin, donde el arte fluye del suelo ubérrimo, desciende del firmamento azul, se mece en la espuma del «Mare Nostrum», anida en los cerebros y canta en los corazones) se aman porque se comprenden: acaso se comprenden porque se aman.

El transporte de mercancías se hará, mediante el directo, 25 pesetas más barato por tonelada. Mas no se trata simplemente de ventajas económicas. Sabemos, sí, que la vida se abarataría en Madrid y en Cuenca; que la industria valenciana y madrileña y el comercio de las tres capitales se desarrollarían prósperamente. Pero por encima de eso, ocupando el primer lugar en las aspiraciones de los que defienden el proyecto, hay un anhelo de compenetración, de acercamiento afectivo, base para futuras realizaciones prácticas, infinitamente más permanente y eficaz que el solo interés utilitario.

Valencia no siente envidias; no tiene por qué. Lo que posee nadie puede quitárselo, aunque lo pretendiera. Nadie le hace sombra; consciente de ello, vive sin recelos; tiene vida propia, y por eso, al clamar por relacionarse estrechamente con la capital de España, no la mueve otro impulso que el deseo de cooperar en una labor común de prosperidad, de salud, de progreso.

Valencia, la ciudad liberal, revolucionaria, espera que la República interpretará generosa y rectamente sus deseos y que, allanando el camino, destruyendo obstáculos (insignificantes en comparación con la finalidad perseguida), concederá, sin mezquinos regateos, la ayuda que tiene derecho a obtener en una obra que, más aún que a la ciudad del Turia, beneficiaría a Madrid moral y materialmente.

Ni exige ni mendiga; solicita lo que cree justo que se le dé. Es demasiado leal para pedir privilegios; lo bastante sincera para reclamar lo que necesita, sin fingidas humildades —incompatibles con su dignidad— ni altanerías, que no precisa para hacerse oír. No quiere perjudicar a nadie, sino procurar el bienestar de todos. Con serenidad, sin impaciencias, manteniéndose cordial, afectuosa. Valencia ha tenido siempre un alto sentido de solidaridad con el resto de España. Ninguna amenaza, ninguna coacción. Confía en el triunfo de la justicia.

No se la defraude. Lo menos que un régimen democrático debe hacer es corresponder a esa conducta con actos plenos de comprensión, de respeto, de equidad. Que no podrá hablarse de democracia en un país donde la intemperancia logre más que la serenidad y la exigencia más que la razón.

LUIS HERNÁNDEZ ALFONSO

~ por rennichi59 en Sábado 23 abril 2011.

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