Goethe y el amor

Artículo publicado por Luis Hernández Alfonso el 23 de marzo de 1932 en la sección «Comentarios» del diario madrileño «La Libertad». Texto y titular proceden de la Hemeroteca Municipal de Madrid.

Usando una expresión de química, el genio de Francfort definió el amor como «afinidad electiva». Goethe, alma ávida siempre de compañía, volcó en esa frase la ingenuidad de su afecto, necesitado de un remanso de paz.

De cuanto escribió el coloso, de las pasmosas creaciones del polígrafo admirable, sólo queremos hoy, al solemnizar el centenario de su muerte, recordar, para comentarla, esa definición, harto malparada por los hechos.

Él dijo cómo entendía el amor; su concepto es tan superior a la realidad como la pintura a la fotografía; el artista no imita servilmente a la Naturaleza, ni se doblega a claudicar cuando la sociedad claudica. Va antes y por encima de lo que todos ven y hacen.

Hombres y mujeres podrían seguir la ley de la afinidad electiva si no se hallasen en un ambiente saturado de coacciones. Mas esa ley está constantemente desvirtuada, mistificada por intereses bastardos, afanes inconfesables, intenciones impuras, por multitud de circunstancias limitativas y deformadoras… El afecto, la atracción recíproca, apenas puede manifestarse: se desliza penosamente por el laberinto férreo de las conveniencias materiales, amalgamadas con inclinaciones morbosas, hijas de desenfrenados egoísmos.

En esto, como en todo, la libertad se encuentra supeditada a las condiciones económicas en que se desarrolla la vida humana. La democracia no pasa de oligarquía merced a la desigualdad de posibilidades de subsistencia que pone a unos ciudadanos en relación de dependencia con respecto a otros; la pretendida igualdad ante la ley no es sino un optimismo en los postulados de la Revolución francesa; la libertad de trabajo es un sarcasmo sangriento, un eufemismo tras del que se oculta el pacto leonino entre el afán de lucro y la miseria. La libertad de amar no existe; la afinidad electiva es… una frase de Goethe que merece convertirse en realidad, pero que dista mucho de serlo.

Mantenerse libre es muy difícil, casi imposible, en el seno de una colectividad de tan estrechos moldes; se necesita estar dotado de un espíritu de sacrificio que no puede ni debe exigirse a criaturas humanas, ya que la vida no tiene que ser compendio de dolores sin compensación, renunciaciones amargas y heroísmos estériles. La mezquindad de horizonte, la sinuosidad indigna de los caminos, la complicidad criminal de las conveniencias sociales —maleza que oculta los atajos de lo condenable— convierten el amor en denominador común de afectos, ambiciones, necesidades y concupisciencias.

La mujer —víctima y agente de una comedia que tiene, con frecuencia, argumento de drama y escenas de sainete— ha substituido el «le quiero» por el «me conviene». La «afinidad electiva» se desarrolla, secundariamente, en el campo que a su actividad deja una primera selección: la que realiza la «necesidad económica», campo que, en ocasiones, es de tal pequeñez que en él no cabe elección ni, muchas veces, afinidad.

Max Nordau, al estudiar este problema en su libro Mentiras convencionales de la civilización, formula, con la crudeza en él habitual, la desconsoladora pregunta, y su exactitud nos anonada.

Entre las innumerables falsedades de una organización social absurda, el afecto puro, el sentimiento espontáneo, capaz de merecer la definición goethiana del amor, agoniza como un pájaro en la campana neumática: aletea, se defiende y sucumbe, mientras fuera del cristal, que es su cárcel, hay aire puro más que suficiente para darle vida.

En la sociedad hay muchas Greichen que no resisten a la tentación de las joyas; mas ¿cuántas veces esas «joyas» son, nada más y nada menos, el pedazo de pan mitigador del hambre? Todo, así, se compra, y, lógicamente, todo, así, se vende. Ingenuo es discutir el derecho de amar cuando nadie nos garantiza el de vivir. Ingenuo hablar de libertad afectiva en una sociedad donde es posible y aun disculpable la prostitución.

Esperemos que la definición que del amor nos legara Juan Wolfgang Goethe halle confirmación en la realidad, Y confiemos en que algún día se apague la mueca burlona de ese Mefistófeles que, sin capa roja y negra, se sonríe, detrás de una columna del templo, de quien le diera vida en la fábula inmortal.

LUIS HERNÁNDEZ ALFONSO

~ por rennichi59 en Sábado 30 abril 2011.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

 
A %d blogueros les gusta esto: