El Estado nacional y los Estatutos regionales (I)

Artículo publicado por Luis Hernández Alfonso el 15 de mayo de 1932 en la sección «Comentarios» del diario madrileño «La Libertad». Texto y titular proceden de la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España.

Es muy frecuente en las izquierdas españolas incurrir en error de sentido ante cualquier problema, tergiversando conceptos e identificando cosas substancialmente distintas. Creen no pocos de nuestros correligionarios que se perjudica el régimen democrático cuando se hacen notar sus equivocaciones y deficiencias, siendo así que esa labor depuradora es la que lo consolida y dignifica, puesto que lo perfecciona incesantemente. Con la cuestión del Estatuto catalán ocurre algo semejante. Muchos son los que dicen que oponer reparos a las pretensiones separatistas es realizar labor reaccionaria, y se equivocan lamentablemente. El movimiento separatista catalán —luego aclararemos esto— es netamente reaccionario, como todos los que tienden a atomizar pueblos, substituyendo una organización grande, acusada de excesivamente centralista, por pequeñas tiranías comarcales que, por tener menos extensión, suelen adolecer de más absorbente centralismo.

Plumas de mayor autoridad que la nuestra —el maestro Zozaya y el compañero Del Valle— han hecho constar, en estas mismas columnas, la verdadera entraña del problema: la aspiración generadora del Estatuto no es la de una autonomía administrativa ni siquiera política. Es clara, desventurada, suicidamente separatista. Y es por esto por lo que la mayoría de los españoles no catalanes y no pocos de los que nacieron y viven en Cataluña acogen con hostilidad el Estatuto. Pretender que oponerse a la desmembración del Estado integral es laborar reaccionariamente, significa desconocer el proceso histórico y negar las leyes de la evolución de los pueblos.

Cuando se aspira a suprimir fronteras entre grandes países, saltando por sobre clarísimas diferencias raciales, es absurdo crear separaciones basándolas en una historia independiente que no llega a la centuria de duración y en simples diferencias dialectales, peldaños de una sola escala lingüística. Absurdo y mezquino. Limitación que empequeñece las perspectivas y pone un sello de cerrilidad pueblerina a esas campañas que son simplemente movimientos retardatarios en la marcha indefinida de la Humanidad hacia la ignota meta de la civilización.

Las izquierdas españolas —y ésta es su gran desgracia— suelen alimentar sus programas con palabras, no con ideas. Se habla de combatir «tiranías» y exterminar «opresiones». Ambas cosas son precisas para laborar en pro de la libertad y la justicia; mas no es menos necesario averiguar dónde, cómo y cuándo la tiranía y la opresión existen. Hablar del «odioso poder central» es ya, en estos tiempos, ridículo; sabemos todos que no es sino poder «nacional», y que si se le denomina «central» es porque sus órganos residen en Madrid, como residieron, siglos atrás, en Granada, Toledo, Valladolid… Toda España es igual ante y para ese poder, en el que acaso los madrileños sean los que menos han intervenido.

Los separatistas catalanes nos piden «comprensión»; nosotros (que no somos castellanos) les pedimos «sinceridad». Su campaña no persigue la libertad menoscabada por nadie; los ciudadanos catalanes no sufren mayores agobios del Poder nacional que los gallegos, los andaluces, los arageses, los extremeños, los castellanos, los valencianos, los leoneses o los vascos; iguales impuestos, el mismo trato, idéntica intervención en los asuntos públicos… La única postura lógica en ellos sería la de pedir, para todos los españoles, la autonomía que consideren necesaria. Pero no; sólo desean una separación que no les prive de las ventajas actuales (la hegemonía industrial y mercantil, por ejemplo) y les permita desentenderse de los problemas nacionales que no les afecten de manera directa.

Opresión, ¿de quién? Tiranía, ¿cuál? Exactamente las que padecemos todos los no privilegiados del Mundo. El proletariado catalán no puede ser, lógicamente, separatista; ningún obrero espera mayor libertad con la pretendida República catalana que con la española. Por el contrario, toda opresión está, en cuanto a su rigor, en razón inversa de la amplitud de su campo de operaciones. El cacique rural es, en su feudo, más temible que el dictador de todo un país. Y en el Estatuto nada se dice de las ventajas que cada ciudadano y cada Municipio catalanes obtendría una vez vigente aquél. A sus redactores no les ha guiado otro norte que desembarazarse de su dependencia con respecto del resto de España: lo que no hace muy aventurado suponer que, conseguido su objeto, la vida ciudadana de los catalanes fuera más precaria que hoy.

El nacionalismo catalán —como el de todos los países y comarcas— es reaccionario; se inspira, no en un sentido amplio y fecundo de patria, sino en un sentimiento atávico «de capillita»; en un tradicionalismo de bajo vuelo, que repudia un idioma hablado por cien millones de habitantes de todas las latitudes para adoptar una lengua, todo lo gloriosa que se quiera, pero de uso restringido y desarrollo incompleto; en un mal entendido amor propio que hace bueno el refrán de «más vale ser cabeza de ratón que cola de león».

Los separatistas catalanes (y no se nos diga que empleamos arbitrariamente el calificativo, pues el propio Maciá no disimulaba su intención cuando conspiraba en Francia, no para librar a España de la dictadura, sino para proclamar la República catalana) han manifestado su virulencia en los momentos difíciles para España. Es una lamentable tendencia a evitarse penalidades que alcanzan a sus hermanos castellanos, andaluces, etc. No se engañen los federales creyendo que se inspiran en su ideario los que pretenden la independización de Cataluña; si así fuera, propugnarían la transformación nacional, y sólo quieren «liberarse» ellos.

A nosotros, que queremos a los catalanes como a todos los demás españoles, no nos asusta la autonomía, ni la administrativa ni la política. Por el contrario, defendemos la variedad hasta en sus últimos grados, y le daríamos estado legal, amplio y categórico; mas conservando —mejor dicho, terminando de construir— el Estado integral único. Desde la esfera nacional hasta la individualidad, garantizaríamos la libertad mayor que pueda desearse.

España es una nación por virtud de leyes naturales; no lo es por la fuerza de las armas ni por coacciones de ninguna otra especie, que no hubieran perdurado en el tiempo. Mas dentro de ella existen variedades que, lejos de perturbar esa unidad, la hacen más viva y fértil.

En el próximo artículo expondremos cómo puede estructurarse administrativa y políticamente el país sin separaciones suicidas y reaccionarias, útiles sólo —y no por completo— a los privilegiados que ejercen dominio sobre las regiones.

LUIS HERNÁNDEZ ALFONSO

El Estado nacional y los Estatutos regionales (II)

~ por rennichi59 en Viernes 6 mayo 2011.

 
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