¡Lástima!

Artículo publicado por Luis Hernández Alfonso el 19 de mayo de 1933 en la sección «Comentarios» del diario madrileño «La Libertad». Texto y titular proceden de la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España.

La resignación de los débiles es el mejor instrumento para la tiranía de los fuertes. Éstos convierten en auxiliares a sus propias víctimas, y luego, en nombre de sentimientos que no anidaron jamás en el pecho de los privilegiados, pretenden exterminar a los que, según ellos dicen, son pesada carga para la colectividad sana. Algunos sabios usan una lógica privativa, incomparable. Veamos un ejemplo: hay seres humanos que, por carecer de medios económicos, arrastran una existencia llena de sufrimientos materiales y morales. Padecen procesos degenerativos; sufren tuberculosis, consunción, anemia. La vida está erizada de penas. Luego —concluyen— matándolos, hacemos una obra de caridad.

¡Oh generosidad admirable! Mas queda un pequeño detalle: sí. Esos sabios agregan un argumento relevador de su «altruísmo». La beneficencia —agregan— grava el presupuesto de nuestra vida; como la sociedad ha de mantener a los imposibilitados, a los que carecen de medios de subsistencia, esos gastos hacen que hayan de pagar más caros los cigarrillos que fuman, la cerveza y el café que beben. Si lo dudáis, leed las obras del eugenista inglés Leonard Darwin.

El problema de la vida se lo plantea este sabio —como otros muchos— en esta forma: La riqueza está desigualmente distribuida. Hay quienes poseen lo superfluo y quienes carecen de lo indispensable. Hasta aquí todos estamos de acuerdo. Y lo estaríamos en la solución si ésta fuera la que nuestra lógica de «simples mortales» nos sugiere. Mas los genios, los superhombres, tienen otra lógica, inaccesible para nosotros: los pigmeos, los estultos, los ignorantes. La solución «genial» es ésta, poco más o menos: «Hay que exterminar a los que carecen de medios para vivir».

Nunca lo hubiésemos sospechado. Creíamos —y este «error» lo hemos repetido muchas veces— que los hombres, todos, vivían en sociedad para que su vida se facilitase. Ahora vemos que no; los hombres viven en colectividad para que los poderosos, los fuertes, los privilegiados, los sanos, disfruten de todas las comodidades y no paguen muy caros los cigarrillos, la cerveza y el café.

Bromas aparte. Es absurda la pretensión de estos falseadores de la Sociología, tan respetuosos con el pretendido «orden social» vigente, que no vacilan en poner todo su bagaje científico en determinado platillo de esta nueva balanza de Breno. «¡Væ victis!». Para ellos, la distribución de la riqueza, por injusta que la reconozcan, es intangible. Sobre tan inicuos cimientos construyen el edificio de «su» Eugenesia, que así resulta deforme, monstruosa… Todo para los fuertes y para los ricos. Los ricos pueden engendrar cuantos hijos quieran; tienen dinero para mantenerlos. Los pobres, no. Los que «disfrutan» de mezquino jornal o carecen de él deberán ser esterilizados: hay que acabar con ellos.

Leonard Darwin lo propugna con brutal claridad. Según él, «los incapaces, los indigentes y demás indeseables» (textual) constituyen una «pesada carga». Y afirma: «La única solución, el solo medio eficaz para desembarazar a la sociedad de esta pesada carga es la eliminación total y definitiva de tal clase de individuos».

A eso llaman ellos Eugenesia; pero mienten. La Eugenesia es algo mucho más elevado, más digno, más noble, más justo. Es la ciencia de obtener criaturas sanas. Corresponde antes y después a la sociedad atender a los cuidados que el nuevo ser y su madre requieren. ¿No hay millares de niños que, por carecer sus padres de medios económicos, adquirieron anemia y perecieron, habiendo nacido sanos? Es labor rigurosa y ampliamente social la de proporcionar medios de vida a todos los que nazcan y carezcan de ellos. Convertir la paternidad en un privilegio de los ricos es añadir una infamia a la injusticia de que son víctimas los pobres.

Pese a esos sabios —que, consciente o inconscientemente, sirven los intereses bastardos de los poderosos contra los débiles—, el pobre tiene igual derecho a la personalidad que el millonario. Si se propusieran iguales medidas para todos los hombres, aun no hallando procedentes algunas, no tendríamos que censurarlas como infamias, sino como equivocaciones. Pero al leer ciertas «cosas» comprendemos que, junto a la preocupación científica, hay un espíritu de defensa del que paga y un desdén rencoroso hacia el que ha de ser atendido gratuitamente. De ahí que, ante casos de enajenación mental, por ejemplo, el ilustre doctor aludido proponga aproximadamente esto: «Si el enfermo es rico, se le llevará a un sanatorio y se vigilará la procreación; si es pobre se le esterilizará». Luego no está la principal diferencia entre la enfermedad y la salud, sino entre la riqueza y la miseria.

Somos amantes de la Eugenesia. Pero no podemos ver sin protesta que una falange de hombres de ciencia, mistificándola, aceptando como inatacable la injusticia social, se coloque abiertamente en uno de los bandos contendientes, siendo así que esa ciencia no es lícitamente monopolizable. No es legítimo utilizar la coacción social exclusivamente contra los débiles y en provecho de los poderosos.

Hay que garantizar a todos los hombres el «derecho a vivir»; que ninguna criatura que nazca sana enferme por carencia de medios económicos; que toda madre sea atendida durante el embarazo; que los niños que nazcan débiles estén rodeados de cuantas atenciones quieren hoy poner esos «sabios» a la disposición de los ricos. Mientras no se propugne eso; mientras, en lugar de luchar contra la injusticia, se pretenda perpetuarla legitimándola; mientras las campañas eugenistas se basen en mezquinos y bastardos intereses que, por su índole, no merecen beligerancia; mientras se pretenda sacrificar al menesteroso, por menesteroso, en beneficio de los acomodados, únicamente por serlo, falseando los hechos hasta el punto de considerar «naturalmente inferiores» a los primeros…; mientras, en una palabra, se quiera utilizar la Eugenesia para llevar al grado máximo la tiranía odiosa ejercida por los privilegiados, no podremos cooperar en la labor eugenista quienes somos sincera y hondamente revolucionarios.

¡Lástima que personas que sienten vigorosamente la necesidad de una justicia social (y de esto nos ocupamos en nuestro libro Eugenesia y derecho a vivir, actualmente en prensa) contribuyan sin notarlo a entronizar la más criminal injusticia!

LUIS HERNÁNDEZ ALFONSO

~ por rennichi59 en Jueves 26 mayo 2011.

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