Éxodo

Artículo publicado por Luis Hernández Alfonso el 11 de octubre de 1930 en la sección «Comentarios» del diario madrileño «La Libertad». Texto y titular proceden de la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España.

La Prensa diaria nos informa de que los pescadores de Malpica, pueblecillo de la costa gallega, temerosos de que, como ha ocurrido en años anteriores, los temporales destrocen sus embarcaciones y aparejos en el puerto, han abandonado sus hogares y se han lanzado a la ventura en busca de refugio adecuado.

No se trata de un caso aislado y sin importancia. Éxodos análogos han dejado muertos muchos lugares y aldeas españoles. Sus habitantes, carentes de medios para normalizar su vida y abandonados a sus propias y escasas fuerzas, emigran, alejándose con pena de la tierra en que vieron la luz.

El hombre, animal sociable por necesidad y por inclinación, vive en colectividad para que su vida sea más fácil. Soporta por ello el cúmulo de molestias y limitaciones que la convivencia trae como secuela inevitable. Pero sólo soportará éstas mientras sufriéndolas se asegure las ventajas del concurso social, y éste sólo será cierto cuando garantice a cada ser el derecho a vivir.

¿Qué pueden opinar de tal concurso los desventurados pescadores de Malpica? Saben que existe el Estado porque les exige el pago de contribuciones, porque les prohíbe esto y lo otro, porque tiene Policía y Guardia civil, porque obliga a que los jóvenes presten el servicio de las armas… Y nada más. Pagan así lo que no reciben y sólo conocen las privaciones y los sacrificios que la vida en sociedad impone; pero no los beneficios a que las prestaciones dan —o deben dar— derecho.

Si el Estado hubiese construido un puerto en Malpica, sabrían también que la colectividad sirve para algo, que esos sacrificios tienen compensación, que no hay un Poder egoísta a quien nada importan las necesidades de los ciudadanos… Si los pescadores gallegos que han tenido que abandonar sus casas hubiesen estudiado Sociología, exigirían a la colectividad el cumplimiento de la primordial obligación de proteger sus vidas…, o se hubieran alzado en rebeldía, que en esta ocasión, más que en ninguna otra, sería legítima. No han podido estudiarla, y con la triste y humillante resignación (que es entre nosotros, no una gran virtud, sino el mayor de los vicios que nos corroen) lanzan sus cáscaras de nuez a las olas y caminan sobre ellas al azar, quizás pidiendo al santo patrón de su Cofradía que les dé como merced lo que, a título de hombres y de ciudadanos, pueden y deben reclamar al Estado, estructuración jurídica de la sociedad, a la que pertenecen.

La resignación perpetúa la miseria, encona las heridas, envenena más y más la charca, inicuamente explotada por los que no han de beber sus aguas. La resignación crea y sostiene la mendicidad de los verdaderos pobres, fomenta y da estado legal a la prostitución. Es preciso desterrar la idea de que es una virtud, puesto que, matando el ímpetu rebelde de quienes padecen la injusticia, convierte a ésta en algo normal, consuetudinario.

La existencia de estos casos dolorosos demuestra que ninguna revolución cumplirá sus fines legítimos mientras no resuelva para todos los hombres el problema de asegurar su subsistencia. Una convulsión meramente política allanará el camino, y, en consecuencia, significará un paso en el buen sendero; pero hace falta un cambio radicalísimo, profundo y duradero; un cambio que transforme la estructura social, construyéndola de nuevo sobre cimientos de justicia, sólidos e indestructibles.

En España hay hambre; en España habrá revolución. Y afortunadamente ésta no se detendrá cuando haya conseguido su objetivo inmediato. No se necesita mucha perspicacia para comprender que las convulsiones producidas en toda América son estallidos de desasosiego —hambre, al fin— y reacciones del capitalismo contra los que, desembarazándose ya de la resignación, se aprestan a exigir airadamente la parte que les corresponde en el disfrute de la vida, parte que los poderosos han secuestrado en su exclusivo y despótico beneficio.

Las huelgas en España tienen color político. Los Comités que las dirigen afirman —sinceramente— que ellos no han pretendido darles tal carácter. Tienen razón. No lo han pretendido; pero las huelgas lo han tomado, porque toda reivindicación social es, por lo mismo, aspiración que avanza por un camino político.

Si los pescadores de Malpica, en lugar de abandonarse a su suerte, hubiesen exigido el cumplimiento de ese contrato que es la convivencia social, hubieran realizado un movimiento revolucionario y, por ende, político. Ellos no lo han hecho; otros lo harán.

Es peligroso convertir en potro de tormento lo que debiera ser lecho de reposo. Los que ofician de verdugos han perdido la fuerza; las víctimas se han vigorizado. El repugnante espectáculo toca a su fin, y lo que algunos consideran un sainete está en camino de convertirse en tragedia.

Pescadores de Malpica: ¿No ha habido nadie que os dijera que teníais derecho a algo más que a lanzaros en vuestros pobres barcos a merced de la casualidad?

LUIS HERNÁNDEZ ALFONSO

~ por rennichi59 en Domingo 29 mayo 2011.

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