Liberalismo y comunismo

Artículo publicado por Luis Hernández Alfonso el 24 de octubre de 1930 en la sección «Comentarios» del diario madrileño «La Libertad». Texto y titular proceden de la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España.

En su libro Horizonte del liberalismo, recién publicado, María Zambrano ha escrito: «El liberalismo es un desafío, un reto a la necesidad… Es el empeño que el hombre pone en superar toda esclavitud, en ser hombre sólo…».

En efecto, esto ha sido el liberalismo. Para lograr el perfeccionamiento del individuo —de algunos individuos— ha condenado a la masa a vegetar míseramente ligada al doloroso trabajo, a luchar sin esperanza, a sufrir sin consuelo. Mas no es el liberalismo una concepción rígida, inmutable, capaz de triunfar sin modificaciones sobre el tiempo y el espacio.

En este punto erró el liberalismo individualista. Nada más funesto que atender a las partes de un todo, separadamente, despreciando las exigencias del conjunto por ellas integrado. El hombre vive en colectividad; cada hombre tiene su personalidad, no ya como ser por sí completo, sino por constituir una parte de la personalidad colectiva.

La desigualdad económica, entronizada por la violencia —fuerza material— y la astucia —fuerza intelectual—, dio lugar a que unos individuos tuviesen ante sí caminos ilimitados de progreso, mientras que otros veían, muy cerca de sus ojos, un horizonte tan denso y cerrado que no era de posibilidad, sino de imposibilidad. No existe nada más desconsolador que la fuerza fabricando impotencia y la esperanza fundiéndose en renunciación. Ningún progreso es malo cuando lleva en su entraña un afán de mojoramiento humano; es decir, cuando es en realidad progreso. Esa misma masa que vio reforzada su esclavitud por la libertad de los elegidos encontró en ellos la vanguardia de su causa. Merced a los que pudieron avanzar libres de miseria, el camino de la masa fue prolongándose hacia una vida más agradable.

Pero hay mucha distancia entre las fuerzas de choque y el cuerpo del ejército. Tanta, que aquéllos han llegado a considerarse ejército por sí, independiente, con táctica suya, olvidando su misión. La vanguardia se ha forjado un mundo para ella sola; atrás, la masa ha estado esperando que el camino se limpiase de obstáculos. Y ha esperado en vano, porque entre las avanzadas y el ejército ha crecido la maleza que se apodera de los senderos por los que nadie pasa. Para que el liberalismo se salve es preciso, no que avance más rápidamente la vanguardia, sino que ella y los demás, en un solo núcleo, marchen hacia el ideal: la libertad de todos, sin sacrificio ni dolor de nadie.

¿Qué se opone hoy a eso? El régimen social y los sistemas políticos que a su actual estructura corresponden. No hay, pues, que hablar de una consubstancialidad del liberalismo con el régimen burgués ni con las formas políticas en que éste halla su máxima cristalización. Por el contrario, si el liberalismo pretendió monopolizar el concepto y el disfrute de la libertad en manos de los elegidos, el comunismo reclama ese disfrute para todos los hombres y, por ende, crea un nuevo, más humano, más generoso, concepto del liberalismo.

Fue reputada utópica la idea de poner la cultura y el bienestar físico al alcance de la colectividad. Por eso se concedieron a los que dentro de la desigualdad económica gozaban del privilegio de no ser esclavos. Se partió de una base injusta, considerándola eterna e inconmovible. Algo semejante hacen los legisladores al incluir en los códigos la facultad de provocar el aborto cuando la madre carece de recursos para mantener a sus hijos. Consideran el orden social existente (ellos lo denominan orden) como intangible e insuperable; luego si hay criaturas que no poseen medios de vida, deben desaparecer.

Evidentemente es absurdo admitir la existencia de privilegios cuando se siente el liberalismo. El privlegio no es un hecho unilateral, que sea «por sí»; implica una injusticia, de la que es víctima todo ser no privilegiado.

La Monarquía, vinculando en una sucesión parental indiscutible la prerrogativa del mando, excluye del ejercicio de ésta a todo un pueblo; luego es incompatible con el liberalismo. La desigualdad económica abre a unos pocos el camino del progreso a cambio de cerrarlo para los demás; de donde resulta que capitalismo y liberalismo también son incompatibles.

A María Zambrano la aterra la solución rígida, pétrea, del comunismo ruso. Y, sin embargo, es comunista. Pero desea, como nosotros, una democracia económica. Creemos que la democracia vendrá también en Rusia, cuando pueda venir. Por eso no nos asusta, sino que nos complace, la terrible prueba moscovita. Allí ha sido precisa la dictadura roja.

Lo que ni para aquel país ni para el nuestro podemos admitir a título de liberales es una estructuración dictatorial como forma permanente. Hace falta coordinar «el amor al hombre, a todo hombre y no a una clase» con «la aristocracia espiritual, la libre intelectualidad, que es la esencia del vivir culto».

La autora de Horizonte del liberalismo termina su libro con estas palabras: «Y es que cuando el Mundo está en crisis y el horizonte que la inteligencia otea aparece ennegrecido de inminentes peligros; cuando la razón estéril se retira, reseca de luchar sin resultado, y la sensibilidad quebrada sólo recoge el fragmento, el detalle, nos queda sólo una vía de esperanza: el sentimiento, el amor, que repitiendo el milagro vuelva a crear el Mundo».

La fina sensibilidad de María Zambrano le ha hecho limitarse a anunciar la necesidad de un mundo nuevo y mejor. Habla la mujer. Permítasenos completar esa esperanza con la exposición de los medios que puedan convertirla en realidad.

Ningún edificio será «nuevo, distinto» del anterior si se basa en los mismos cimientos. Hay, pues, que destruir éstos. El amor, ese inmenso amor a la Humanidad, nos exigirá que seamos crueles, inexorables, despiadados, en la obra demoledora. Éste será nuestro sacrificio y éste será nuestro mérito.

LUIS HERNÁNDEZ ALFONSO

~ por rennichi59 en Sábado 4 junio 2011.

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