Los «elementos extraños»

Artículo publicado por Luis Hernández Alfonso el 9 de diciembre de 1930 en la sección «Comentarios» del diario madrileño «La Libertad». Texto y titular proceden de la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España.

Sería muy conveniente una definición oficial de los «elementos extraños» de que se nos habla a cada instante. No hay motín, protesta ni manifestación cuya paternidad no se les atribuya. Son, sin duda, los espíritus malignos encargados de malograr la labor nuestros gobernantes. Lo fueron para los Gobiernos seudoconstitucionales anteriores al golpe de Estado; continuaron desarrollaron su abracadabrante actividad durante la dictadura de Primo de Rivera, y ahora, bajo la paternal égida de Berenguer, vuelven a sus desmanes.

No comprendemos quiénes pueden ser esos «elementos extraños». Si los estudiantes se rebelan contra la ineptitud de un ministro de Instrucción pública, no son los escolares quienes lo hacen, son los «elementos» de siempre. Si se trata de un conflicto entre capital y trabajo, igual. Si luchan el pueblo y el Gobierno, lo mismo.

Veamos detenidamente la cuestión. ¿Puede haber elementos extraños a los problemas pedagógicos, sociales y políticos? ¿No nos interesa a todos la cultura, el bienestar económico, la ciudadanía, la libertad de pensamiento? ¿Quién reprochará a nadie que intervenga en conflictos de cuya solución depende el mejoramiento, no de un grupo o una clase, sino de la colectividad que todos formamos, y en la que ha de desarrollarse nuestra vida?

Los que sólo se mueven por su peculiar interés; los que nada arriesgan por el bienestar ajeno; los indiferentes a cuanto no les afecte de modo directo e inmediato; los que contemplan impasibles los dolores de sus semejantes… Ésos son los «elementos extraños». Los que piden ayuda para sí y niegan a los demás la suya; los que, acatando por temor cualquier poder de hecho hacen imposible un funcionamiento jurídico de su pueblo; los que adulan a los fuertes mientras lo son; los que, conocedores de la ignorancia de la masa, se esfuerzan en perpetuarla, contrarrestando la obra de los que dedican su actividad a desvanecerla; los que ponen al servicio de una casta privilegiada las armas que legítimamente pertenecen a la sociedad… Ésos son los «elementos extraños».

Los Gobiernos abusan de los tópicos que causan impresión en las personas ingenuas que se asustan de las palabras cuya significación desconocen. «Complot, desorden, agitación». ¿Complot cuando unos ciudadanos, que por naturaleza tienen derecho a ser libres, aúnan sus esfuerzos para dar efectividad a ese derecho? ¿Desorden la explosión viril de una ciudadanía ultrajada que pugna por vivir? ¿Agitación el apostolado de la verdad sometida a secuestro por quienes se atribuyen la facultad de mentir impunemente? ¿Hasta cuándo se van a falsear la dignidad y el léxico?

Después de las palabras apocalípticas, los Gobiernos pronuncian otras, untuosas, mayestáticas, que no tienen más defecto que servir para designar la antítesis de su respectiva significación verdadera. Así llaman, a la sumisión, libertad; a la impotencia de los débiles, orden; a la miseria callada, bienestar material; a la bancarrota pública, prosperidad; a la explotación del país por los capitalistas, progreso.

No creemos que la rebeldía sea, por sí misma, una virtud. Lo es cuando las circunstancias la convierten en camino único para la consecución de la justicia. Y, desgraciadamente, esas circunstancias concurren con frecuencia tal, que llegan a parecer condiciones normales de la vida humana. Entonces, si la rebeldía es constante, no ha de reprocharse a ella ni a sus devotos la persistencia, consecuencia obligada, secuela inevitable (por fortuna) de un estado de hecho en pugna con el derecho y con las leyes naturales.

La Humanidad ha de caminar hacia la perfección; los elementos que la guíen en tal sentido no pueden calificarse de «extraños». Los que merecen ser adjetivados en esa forma son los que intentan detener su marcha, desviarla en provecho de ellos mismos. Igual es que se hallen en mayoría o en minoría, en el Poder o en la oposición. Su fortaleza o su debilidad no modifican su condición de nocivos.

Todo elemento extraño en la Naturaleza hace que frente a él se acumulen fuerzas normales. Eso ocurre en los pueblos. Cuando el poder está en manos de hombres nocivos, surge ante él (y ante ellos, por ende) una rebeldía que no es perturbadora del orden —puesto que ese orden no existe—, sino su instauradora; rebeldía que no es muerte, sino vida; que no es reo de traición a la sociedad, sino juez inexorable de los que la traicionaron; rebeldía, en fin, que es la justicia contra la arbitrariedad, el bien contra el mal, en suma…

Por eso en una liberalísima Constitución hispanoamericana se garantiza el sacratísimo derecho del pueblo a la insurrección.

LUIS HERNÁNDEZ ALFONSO

~ por rennichi59 en Lunes 6 junio 2011.

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