La Sociedad de Naciones

Artículo publicado por Luis Hernández Alfonso el 7 de febrero de 1931 en la sección «Comentarios» del diario madrileño «La Libertad». Texto y titular proceden de la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España.

La averiguación, por parte de la Sociedad de Naciones, de que en Liberia persiste la esclavitud ha producido gran sensación en todo el Mundo. Muchos son los que al conocer la noticia han entonado cantos de loa al organismo internacional que tiene su escenario en la ciudad de Calvino.

Lejos de nuestro ánimo considerar inútil el informe redactado, aunque dudamos de la eficacia que pueda alcanzar. Porque se trata de un pequeño país, sin representación propia y sin fuerza alguna que la haga temible. En cambio, la Sociedad de Naciones ignora oficialmente que en la India tiene Inglaterra millares de presos políticos (cosa que en menor escala sucede en países ajenos al Imperio británico); desconoce que se vulnera en todos sitios la legislación del trabajo; no sabe en qué condiciones se elaboran las leyes ni a qué procedimiento se acude para su aplicación. Esas cosas son competencia de los Gobiernos, y cualquier intromisión se considera atentatoria a la soberanía.

Con razón escribe Gonzalo de Reparaz (capítulo I de Geografía y política): «Los hombres que representan en el teatro de Ginebra, ante un público internacional, la tragicomedia de la pacificación del Mundo (fracasada en temporadas anteriores)…». Los intérpretes de la farsa carecen de autoridad moral. Todos sabemos que cuando se habla de Inglaterra, Alemania, Francia…, se hace en realidad por cuenta de la producción británica, alemana, francesa… Esa pretendida agrupación de pueblos no es sino la coligación de sus dominadores, la confabulación de sus empresas, la representación máxima de sus anhelos de imperialismo económico.

Las famosas reuniones dedicadas al desarme nos permitieron contemplar el fondo de las intenciones y el propósito verdadero de aquel movimiento pacifista, revelados con claridad meridiana ante la inesperada proposición mantenida por Litvinof. Probablemente volverá a verse ahora, cuando se discuta la reducción de armamentos a base de una fijación mínima.

Tornarán a oírse los magistrales discursos, las frases mágicas del pacifismo oficial, en labios de los representantes de las grandes potencias. Los ingenuos se emocionarán, tocados en sus más sensibles fibras por las bellas figuras de un parlamentarismo carente de sinceridad. «Se estudia el modo —nos informa la Prensa— de que Turquía y Rusia se incorporen al concierto internacional».

Entretanto, el general E. K. Miller, sucesor de Kutlepof en el mando supremo de la guardia blanca rusa, prepara en Inglaterra, Francia y los países balcánicos una ofensiva contra la Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas, a ciencia y paciencia de los Gobiernos. Miller no ha sido demasiado cauto ni se ha creído obligado a mantener en secreto sus andanzas, de las que han dado cuenta muchos periódicos europeos, entre ellos el «Sunday Referee», el Frankfürter Zeitung», el «Za Swobodou» y el «Poslednie Novosti». Según las manifestaciones del general, está dispuesta la organización de un ejército de 100.000 guardias blancos, cuya oficialidad ha sido instruida en una academia superior de ciencias militares que funciona en París. El Gobierno francés no ignora esto, que ha motivado una interpelación del diputado Doriot en el Parlamento. Pero todo continuará igual.

La Sociedad de Naciones no nombrará ninguna Comisión que investigue cómo se prepara una guerra contra un país dentro de otros que mantienen con él «relaciones cordiales», ni adoptará medidas para impedir las maniobras de los guardias blancos en las naciones oficialmente neutrales y que hacen gala de pacifismo. Si eso ocurriera en otro territorio y se proyectara contra cualquiera de las potencias que forman el bloque imperialista, intervendría el organismo internacional, alarmado por el «terrible peligro de una conflagración».

Ni aun para esa labor de ofensiva capitalista es del todo eficaz la Sociedad de Naciones, bien a disgusto de quienes la manejan, puesto que no es ella en verdad la directora del juego económico. Los Estados Unidos, desde fuera, ejercen una presión absoluta. Su enorme potencialidad puede, en un momento dado, imponer normas con autoridad máxima. Inútilmente protestarán las naciones iberoamericanas de la intervención constante del coloso en sus problemas internos. Los tentáculos áureos son más fuertes que ese raquítico derecho internacional, del que nadie se acuerda más que para arrancarle el plumaje de sus principios doctrinales y adornar con ellos, arbitrariamente, la consagración de atropellos y usurpaciones. Si la gran potencia necesita petróleos, se buscará el medio de que, cualquiera que sea la forma en que lo consiga, el despojo se oculte bajo una máscara jurídica. Tendrá siempre razón mientras no pierda su hegemonía económica.

El organismo ginebrino se ocupará en el estudio de la enfermedad del sueño, ordenará la formación de estadísticas acerca del paludismo, etc. De vez en cuando se aventurará a dar golpes sensacionales como el de ahora, denunciando la existencia de la esclavitud en Liberia. Acaso algún día tenga que formular observaciones que afecten a Abisinia… Lo hará si con ello no ha de molestarse Italia y si no se opone Inglaterra.

Periódicamente surgirán los discursos admirables, las ceremonias solemnes. Y continuarán reuniéndose en Ginebra, mientras no sobrevenga algo que impida la sucesión de actos de la comedia, unos señores que nominalmente representan a su respectivo país.

LUIS HERNÁNDEZ ALFONSO

~ por rennichi59 en Sábado 30 julio 2011.

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