Juventud (6)

Artículo publicado por Luis Hernández Alfonso el 9 de septiembre de 1934 en la sección «Juventud» de la revista «Crónica». Texto y titular proceden de la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España.

Una frase y una realidad.

Si mal no recordamos, fue Ramón y Cajal quien dijo que en España eran muchos «los ríos de inteligencia que se perdían en el mar de la ignorancia». No se trata de una frase como tantas otras; es la certera expresión de una realidad indiscutible. Cualquiera que haya recorrido pueblos españoles ha podido comprobarlo. Allí, sobre los terrones regados con su sudor, el campesino vegeta y muere, en una monótona procesión de días iguales, y cuando se decide a abandonar su rincón, se va lejos, muy lejos, más allá de las fronteras.

Equívocos.

Mientras esto sucede, hay quien se dedica al libre cultivo del tópico y a la interesada siembra de equívocos. Oímos constantemente lamentaciones inspiradas por la «emigración de los campesinos a las ciudades». «¡Hay que hacer que el labriego vuelva al agro!», claman no pocos hombres de ciudad, que ocultan con este pretendido amor a la agricultura su temor de verse rodeados por competidores venidos del campo. Pero nada hacen en pro del mejoramiento rural; nada intentan en favor de la cultura campesina; no les preocupa del fenómeno sino el hecho de que aumente el número de los que disfrutan de los privilegios urbanos. Para ellos, lo demás no tiene importancia. Les parece muy justo que el campesino se limite a vegetar miserablemente, sujeto a sus terrones por las cadenas de la ignorancia y los muros —no por inmateriales menos rigurosos— de su limitación de horizontes.

No es lícito difundir y fomentar esos equívocos. Para defender la necesidad de que se atiendan los campos hay que sostener al propio tiempo la de que se dignifique la vida rural, dotando a los campesinos de las comodidades apetecibles, proporcionándoles medios culturales para que, sin desertar de su ambiente, sean libres, material y moralmente. Porque no haciéndolo así, esa vuelta al campo supone la renuncia a toda liberación, la permanencia ilimitada en la incomodidad.

Caminos.

Hay, por el contrario, que abrir nuevos caminos a las legítimas inquietudes, tanto de los hombres de la ciudad como de los del campo, dotando a unos y otros de posibilidades cada día más amplias. Nos parece absurdo que el hijo de un labriego haya de ser, por fuerza, labriego, aunque esté dotado de vocación de maestro, médico o ingeniero: y no lo es menos que un joven de la ciudad tenga que ser abogado, perito mercantil o mecánico, si su afición y su temperamento le señalan como posible gran campesino. Debe combatirse la tendencia a instituir o conservar castas, contraria al progreso, perpetuadora de diferencias entre los seres humanos.

Nivelando las condiciones de vida en urbes y aldeas, dotando a éstas de medios culturales y propagando en aquéllas la enseñanza agrícola, se logrará que cada hombre dedique su actividad al trabajo que más en consonanza esté con sus aficiones. Ni el labriego ha de considerarse superior porque gracias a él se coma pan en las ciudades, ni el intelectual ha de desdeñar al lugareño porque éste le necesite para que defienda sus pleitos o cure sus dolencias. En la colectividad humana todos son por igual necesarios.

Cruzada juvenil.

Tan hermosa misión es la encomendada a la juventud, y muy especialmente a aquellos de sus componentes que por hallarse culturalmente mejor preparados lleven en su espíritu un certero sentido de la equidad, un claro concepto de fraternidad humana y un rico caudal de comprensión y de tolerancia. Hay que destruir (con la suavidad máxima, pero con la máxima energía también) la perniciosa obra de muchos siglos de divorcio entre campos y urbes. No hay que repetir «el labriego, a la agricultura; el ciudadano, a la fábrica, al laboratorio, a la cátedra». Así no se logrará nunca la plena personalidad humana, muy superior a la meramente profesional.

No pretendamos obtener simplemente panaderos, ingenieros, campesinos, albañiles, médicos… Obtengamos hombres; hombres que fabriquen pan o construyan puentes; que curen enfermedades unos, y otros labren la tierra. Pero que todos sean, por igual, hombres, sin que su trabajo constituya estigma de esclavitud ni título de privilegio.

Luis HERNÁNDEZ ALFONSO

Ciencias Naturales.

Primer año.— Matemáticas especiales.— Química experimental.— Biología.— Histología.— Inglés o Alemán.— Dibujo.

Segundo.— Ciencias geológicas (primer curso).— Cosmografía.— Zoología especial (primer curso).— Física teórica y experimental.— Química inorgánica (primer curso).— Química orgánica (primer curso) o Análisis químico (primer curso), a elección.

Tercero.— Ciencias geológicas (segundo curso).— Zoología especial (segundo y tercer curso).— Fisiología vegetal.

Cuarto.— Ciencias geológicas (tercer curso).— Fitografía y Geografía botánica.— Organografía y Fisiología animal.— Antropología.

Doctorado.— Psicología experimental.— Química biológica o Análisis químico, a elección.— Antropología.

L. H. A.

~ por rennichi59 en Lunes 8 agosto 2011.

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