Juventud (12)

Artículo publicado por Luis Hernández Alfonso el 25 de noviembre de 1934 en la sección «Juventud» de la revista «Crónica». Texto y titular proceden de la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España.

Afortunadamente…

…pasó aquella moda del practicismo, negadora de cuanto no produjese, de manera inmediata, un beneficio material, tangible… y cotizable. Pasó rápidamente —con rapidez análoga a la que empleara para adueñarse de no pocas inteligencias— aquel furor irreverente, atropellador de lo más noble y desinteresado del humano esfuerzo.

Mientras duró su tiranía, quienes la aceptaron miraban con lástima un tanto desdeñosa a los filósofos, seres que, a su entender, vivían sin utilidad alguna para los hombres, como parásitos cuya desaparición debiera desear la colectividad humana. Los «prácticos» no se explicaban los afanes que no estuvieran encaminados a convertirse en cifras de balances, en columnas de números, en porcentajes de ganancia, traducibles en cheques, letras de cambio o monedas.

Vapor, electricidad, luz… Movimiento, industria, velocidad. No les importaba el «por qué«, sino el «para qué». Energía para fábricas, locomotoras, automóviles, barcos, grúas… No les interesaba averiguar su origen primitivo; les bastaba tomarla donde la hallasen: saltos de agua, turbinas, calderas. La metafísica no servía para motor: no hacía girar volantes, ni transportaba pesos, ni perforaba rocas, ni amasaba cemento. ¿Para qué servía, pues? ¡Fuera lo inútil, lo superfluo, lo que no produce dividendos! Y se emborrachaban de celeridad práctica, en un loco afán de realidades tangibles. Los «principios» no existían desde el momento en que no podían ser aprisionados por correas sin fin, ni conducidos por tuberías ni alambres, ni colocados entre porta y cubre sobre la platina del microscopio.

Hasta que se advirtieron esclavos de su propia obra. Hasta que, hartos de fiebre, anhelaron la frescura de un remanso. Hasta que, asfixiándose con el humo de los hornos, aturdiéndose con el estruendo de los martinetes, desearon aire puro y silencio. Hasta que comprendieron que habían tomado como finalidad de su vida lo que no era sino medio para poder vivir. Entonces sintieron que les faltaba algo, algo que les pareciera antes superfluo, porque no podían tocarlo, porque no lo veían, porque no ocupaba casilla en los libros de contabilidad… Habían construido una caja admirable, que respondía a las más rigurosas exigencias de la mecánica…, pero que no tenía nada dentro.

Búsqueda.

Hoy han vuelto a buscar las cosas con el mismo afán con que los niños buscan, en las entrañas de sus juguetes, el mecanismo de relojería que los hace funcionar. Y el hilo sutil de la Filosofía, conservado tenazmente por aquellos seres considerados inútiles, ha conducido a los «prácticos» por el laberinto del que, sin él, no habrían salido jamás, a pesar de sus máquinas prodigiosas, su energía y su velocidad.

Han descubierto que no sólo son compatibles Edison y Aristóteles, Marconi y Hegel, Roëtgen y Darwin, sino que son elementos imprescindibles en el conjunto de la civilización, órganos diversos de un solo mecanismo, piezas que para nada servirían sin un acoplamiento, un ajuste, un engranaje cuidadoso que multiplica hasta lo infinito el valor de cada una de ellas. La más pequeña sirve tanto, en su función, como la más grande: un tornillo que se rompa puede paralizar el más formidable motor, la más activa fábrica.

Descubrieron también que manejaban fuerzas cuyo origen desconocían y cuya existencia sólo por sus efectos les constaba. Comprendieron que renovaban el apólogo del caracol y del águila; que llegaban, tras de caminar muchas jornadas penosamente por el suelo —dejándose a jirones la vida en los senderos—, a la cumbre alcanzada en un solo vuelo por los creadores de las magnas teorías, navegantes en el inmenso mar de las audaces hipótesis.

Causas y efectos.

Los «prácticos» se hallaron ante fenómenos sociales de gran importancia, ante problemas que requerían soluciones inmediatas. Vieron los síntomas de algo cuya causa no alcanzaban a vislumbrar siquiera. Y, con sorpresa, supieron que tales escollos, reales, evidentes, innegables, habían sido previstos años hace por los filósofos, aquellos seres absurdos, inútiles, ridículos. Los grandes movimientos políticos y sociales contemporáneos habían sido preparados por ellos. Kant informaba el republicano; Hegel, por una coincidencia curiosa, daba lugar a dos credos que habrían de reñir dura batalla: el nacionalsocialismo (cuyo antecedente filosófico inmediato es La decadencia de Occidente, de Spengler) y el materialismo histórico, vinculado al marxismo; Nietzsche, con su idea del «superhombre» —especie de anarquismo aristocrático— y los neokantianos Stamler y Del Vecchio, sustentadores del «formalismo» jurídico, alimentan la justificación de las dictaduras… ¿Y los «prácticos», que los creían fuera de la realidad, sin influencia alguna sobre la vida de los pueblos, como si existieran en un mundo aparte?

Los filósofos han movido, mueven y moverán a los prácticos, sin que éstos se den cuenta de ello, como el cerebro rige el trabajo de las manos y los pies.

Correa sin fin.

La Filosofía es como el martillo que, hecho con hierro y a martillazos, de nuevo hierro, hace nuevos martillos. Inmensa correa sin fin, que es, incesantemente, origen y consecuencia, causa y efecto. Determina circunstancias, y es, a su vez, influida y determinada por ellas, en una renovación inacabable y fructífera.

Por eso la Historia de la Filosofía es, en realidad, la de las mutaciones intelectuales, sentimentales, políticas, religiosas y sociales de los diversos grupos humanos. No se conoce una época, ni un país, ni una raza, mientras se ignora su Filosofía. No se conoce a Persia si se ignora el Zend Avesta; la India, sin los Veddas o los Sutras; a los judíos, sin el Talmud; a los mahometanos, sin el CoránZoroastro, Sakia-Muni, Confucio, Lao-tsen, son hombres que, en sus obras, reflejan el pasado y preparan el porvenir.

¿No han tenido consecuencias prácticas en la vida de la Humanidad las ideas de Aristóteles, Platón, Sócrates, Epicuro, Anaxágoras, Aristipo, Diógenes, Protágoras, Séneca, Tertuliano, Agustín, Descartes, Grocio, Kant, Leibnitz, Comte, Schopenhauer, Hegel y tantos otros?

Llamamiento.

Causas, principios; he aquí el viejo y nuevo Eldorado para los jóvenes que se sienten acariciados por el aura de los grandes destinos. Aprended, desentrañad, forjad nuevas ideas sobre los cimientos que edificaran al correr de los siglos los filósofos, rectores de la evolución humana. Construid una vida más amplia, más universal, más justa.

Y no os inquieten las inconsciencias de los «prácticos», pobres esclavos de su misma obra… No os inquieten, porque ellos tendrán que recurrir a vosotros cuando sientan la necesidad de liberarse.

Luis HERNÁNDEZ ALFONSO

~ por rennichi59 en Miércoles 10 agosto 2011.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

 
A %d blogueros les gusta esto: