Juventud (15)

Artículo publicado por Luis Hernández Alfonso el 16 de diciembre de 1934 en la sección «Juventud» de la revista «Crónica». Texto y titular proceden de la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España.

Lo bueno y lo mejor.

Con razón se ha dicho que «lo mejor es enemigo de lo bueno». Queriendo organizar cosas perfectas, se ha llegado a olvidar la realidad, estableciendo un divorcio lastimoso entre la teoría y la práctica. Esto, que ocurre a veces en todos sitios, es en España norma invariable. Hallamos ya ejemplos en los comienzos de la Edad Moderna. Nuestra Legislación de Indias es realmente admirable; pero, por desgracia, su aplicación era, ordinariamente, imposible.

Algo semejante sucede con el nuevo plan de Bachillerato. Se establece un método cíclico, y se dividen los contingentes escolares de cada curso en grupos. Esto es muy conveniente cuando puede llevarse a la práctica. ¿Pero cuenta el Estado con suficientes profesores? ¿Dispone de locales bastantes? Seguramente, no. Y pretender que los catedráticos que hoy explican los cursos tripliquen o cuadrupliquen su esfuerzo y que organicen los grupos sin ocupar más aulas, es tanto como agotar las energías de aquellos profesores en una labor que resultaría no sólo ineficaz, sino contraproducente.

Contrasentido.

La tendencia a facilitar el acceso de todos los jóvenes a los Centros de enseñanza superior ha adquirido gran impulso en los últimos años. Todo cuanto se haga en este sentido nos parecerá poco mientras no se llegue al ideal acariciado: «que todos puedan estudiar». Las matrículas gratuitas han resuelto parte del problema. Más puede hacerse, y esperamos que se hará, tal como facilitar textos y aun auxilio pecuniario a los estudiantes cuyas familias no dispongan de bienes. Esta corriente de «socialización» de la enseñanza se acentúa, por fortuna, incesantemente.

Mas, contrastando violentamente con esas facilidades, se disponen pruebas que tienden a restringir el paso de los Bachilleres a las Universidades. El motivo de esas limitaciones y el procedimiento para realizarlas nos sorprenden. Dícese, por lo que respecta al primero, «que sobran licenciados y doctores», y del segundo, diremos que es un modo permanente de demostrar la incapacidad pedagógica del Estado, incapacidad que no creemos exista.

En resumen, que primero se facilita y luego se entorpece. Se abren caminos para cerrarlos cuando ya los jóvenes han recorrido, con esfuerzo personal considerable, una buena parte de ellos. Así, en lugar de hacerles un beneficio, se les ocasionan perjuicios incalculables. Esto aparte de lo absurdo que es convertir el acceso a las Universidades en una especie de «carrera de obstáculos».

¿Sobran licenciados y doctores?

Pregunta es ésta que nos hemos formulado muchas veces y que hemos visto contestada afirmativamente por otros, a nuestro juicio con excesiva prontitud. No; no sobran licenciados y doctores; faltan. Lo que sucede es que, aun no siendo suficiente su número para atender a las necesidades culturales y prácticas de nuestro país, tienen cerrado el horizonte por una pésima organización y una distribución injusta de sus actividades. Hace muy poco tiempo se ha demostrado cuanto venimos diciendo: cuando se necesitó proveer plazas de profesores de Ciencias Naturales… no había licenciados en tales disciplinas, y hubo que encomendar las cátedras a otros graduados. Se han dejado sin clase de griego muchos Centros por no disponerse del profesorado preciso.

Hay muchos maestros sin escuela, se objetará. Y responderemos: Pero, ¿no hacen falta aún muchas más escuelas que maestros hay sin colocación? ¿Es razonable decir que sobran maestros en un país de tan elevado analfabetismo? Puede haber treinta mil maestros en «paro forzoso»; mas, indudablemente, serían precisos sesenta mil para que la enseñanza estuviese atendida. ¿A quién puede ocurrírsele el dislate de limitar el número de maestros al de las escuelas que hay? Estamos seguros de que si se creasen las que debe haber, no habría maestros bastantes para ocuparlas.

¿Hasta cuándo vamos a plantear los problemas invirtiendo sus términos?

Por lo bueno, a lo mejor.

Volvamos al principio. Entre crear (sólo teóricamente, en el papel) lo mejor y no llegar, en la práctica, ni a lo mediano, hay un justo término medio: hacer lo bueno para caminar incesantemente hacia lo mejor, teórica y prácticamente.

Procuremos a toda costa que el remedio corresponda, en extensión e intensidad, al mal que deseamos suprimir. Abramos, para ello, los caminos convenientes, abandonando ese criterio (?) absurdo de contentarnos con no perder posiciones. Hay que avanzar siempre, ampliando indefinidamente el horizonte para que así nuestro progreso no se malogre.

Es preciso que en los presupuestos de la nación se consigne lo necesario para elevar la cultura de todos los españoles. Creemos que es eso más conveniente que sobrecargar ciertos gastos menos lógicos, más impopulares y que no señalan precisamente nuestra calidad de país civilizado, liberal y amante del progreso.

Todos los jóvenes deben tenerlo presente, porque de la juventud es el porvenir. Y hay cosas, costumbres y procedimientos definitivamente sentenciados a desaparecer por vetustos e inservibles.

Luis HERNÁNDEZ ALFONSO

 

~ por rennichi59 en Viernes 12 agosto 2011.

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