Juventud (16)

Artículo publicado por Luis Hernández Alfonso el 6 de enero de 1935 en la sección «Juventud» de la revista «Crónica». Texto y titular proceden de la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España.

La lucha.

«Ser es luchar. Vivir es vencer». Estas frases que Félix Le Dantec coloca, a manera de lema, al frente de su célebre libro La lucha universal, son de indudable certeza. La ley de lucha se cumple en la Naturaleza produciendo la eliminación de los débiles y la supervivencia de kos más aptos. Y para hacer menos dolorosa esa conclusión, también se cumple otra ley, la de marcha incesante hacia el equilibrio (establecida y demostrada abundantemente por el profesor don Luis Hernández Rico), mediante la creciente capacitación de los débiles, que llegan a contrarrestar, merced a su unión y al ejercicio de sus aptitudes, el esfuerzo de sus adversarios.

Luchar para asegurar la vida pacífica.

La capacidad bélica de los hombres, manifestada con lamentable frecuencia y notoria injusticia en exclusivo beneficio de los ambiciosos y los tiranos, tiene también empleo en pro del mejoramiento de los humildes.

Pero donde más amplios horizontes y metas más luminosas se abren a su actividad es en el campo de la ciencia, en la cual la victoria florece en el bienestar de todos los hombres y en su redención de la esclavitud impuesta por las enfermedades, la fatiga y la desgracia.

El mundo está ensombrecido por la amenaza de nuevas guerras. En algunos países truena el cañón, brillan los aceros, y la tierra que espera la caricia del arado y la frescura del agua se desgarra con los obuses y se nota bañada por la cálida sangre de inocentes víctimas inmoladas a los torpes designios de los megalómanos, atacados de locura imperialista.

Otros pueblos, que no quieren la guerra, que sólo aspiran a mejorar material y moralmente las condiciones de vida en que se desenvuelven, se hallan al borde de un abismo abierto a sus pies por aquellos que, olvidando culpablemente sus deberes, buscan la satifacción de sus torpes apetitos en una nueva hecatombe.

Las madres no parieron sus hijos con dolor para que se destrocen en sangrienta matanza; los padres no los engendraron para hacer nuevas víctimas de inconfesables apetencias. Nadie tiene derecho a disponer de las vidas ajenas.

Panorama.

En todos los pueblos hay hombres que sufren, vidas atormentadas por la penuria, por las enfermedades, por la desventura; vidas atenazadas por el dolor; vidas que pueden y deben ser redimidas, y cuya liberación significará un paso decisivo de la sociedad hacia la perfección.

El hambre hiere igual a un lado que a otro de las fronteras; la tuberculosis, el cáncer, la sífilis no reparan en nacionalidades para buscar sus víctimas. Las lágrimas brotan con igual amargura a la sombra de todos los pabellones.

Los jóvenes no debemos olvidarlo nunca. No debemos dejarnos engañar por frases que ya engañaron a mil generaciones. No se vindica nada destruyendo hogares en los que se sufre como en los nuestros. Nuestro honor radica en las vísceras de otros hombres que ningún mal nos hicieron, radica en nosotros mismos, y no está a merced de actos ajenos, sino a la de nuestra propia conducta.

La «guerra» sublime.

Hay seres que desligándose de ficciones bastardas dedican sus energías a la única guerra noble, a la guerra contra el dolor humano, a la guerra en cuyo resultado va envuelta, no la satisfacción de abominables apetitos de un sector, de un tirano o de una razón comercial, sino la felicidad de todos los hombres. Son los Roetgen, los Curie, los Edison, los Pasteur, los Ramón y Cajal, los que sin descanso estudian, investigan, persiguen el esclarecimiento de los enigmas dela Naturaleza, con la esperanza de evitar penalidades y tristezas a sus semejantes.

Hombres que por la transcendencia universal de su obra, por el beneficio inmenso que a todos hacen, procuran mayor gloria para su patria que los que con falso patriotismo la lanzan a luchas abominables, deshonra de la Humanidad y oprobio indeleble de sus promotores.

El sabio biólogo monsieur Louis Révelin, al cabo de diez y ocho años de prolijas investigaciones, cree haber descubierto el microbio del cáncer. Ésos son los héroes, ésos son los patriotas, que para lograr la inmortalidad no han hecho correr lágrimas de dolor ni raudales de sangre, sino que dejan tras de sí una estela de gratitud que hermana, en admiración, a todos los pueblos de la Tierra.

Pintores.

España, país en el que ha habido siempre magníficos pintores, tiene ahora, como siempre, muchos de positivo mérito. Y los deja abandonados a sí mismos, con una despreocupación culplable. No lo hace sólo con los anónimos, con aquellos a los que —no por culpa de los interesados, precisamente— desconoce; lo hace incluso con otros a los que, en un momento de justicia, pensionó y dio ayuda, aunque fuera escasa. Como no nos gusta dejar nuestros asertos sin demostración, contrariando el criterio de no citar nombres, daremos unos de los muchos que podrían señalarse: Gregorio Prieto. Pensionado en Roma, donde nuestra Academia no es el apetecible hogar de nuestros artistas, obtiene la máxima calificación a su regreso. Y luego… No es humillar al joven pintor, valor indiscutible, decir que ha pasado —y pasa quizá— penuria, agobios, intranquilidad. No es humillante para él, sino para quienes, en la obligación moral de evitarlo, consienten semejante injusticia.

Y si esto les sucede a los más afortunados, a los que han conseguido el reconocimiento oficial de sus méritos, ¿qué no les sucederá a los que esperan aún que el Estado se acuerde de ellos?

Dos muchachos entusiastas, llenos de vigor artístico, Sánchez y Lahuerta, han expuesto sus cuadros en el salón de la Sociedad de Amigos del Arte. La contribución oficial se ha reducido a la presencia del director general de Bellas Artes en el acto de la inauguración. Los lienzos son muy elogiados; la crítica proclama su calidad; pero quien sabe apreciarla no puede comprar, y quien tiene dinero, carece de gusto para adquirir algo que no sea frívolo, estúpido o intranscendente.

Pintores y dibujantes están en el mayor desamparo. Los menos artistas, los que han confiado su éxito más a la intriga que a las aptitudes de orden elevado, han conseguido situarse mejor. Los que, conscientes de su propio valer, han perseverado en el camino de la dignidad, se ven privados de recursos. Así, hallamos, por ejemplo, a Fernández Teijeiro, a Rafael de Burgos, a Herrero, a Suevia…, luchando solos contra la indiferencia general y el abandono. El espectáculo de esta lucha cruel abochorna y deprime, cuando no indigna. ¿Hasta cuándo va a durar? Es absolutamente preciso que termine ya, que se acabe de manera digna.

De no ser así, llegará día en que, contrariando su vocación, privándonos del regalo de sus creaciones, los artistas vendrán a aumentar el censo de otras profesiones, en las que no aportarán nada nuevo porque no las sentirán, porque serán penosas necesidades, trabajos obligados por la exigencia de la vida. El posible Romero de Torres será un mal contable; el que pudo hacer cuadros magníficos no llegará nunca a poner su inteligencia al unísono de los balances y las cotizaciones de Bolsa.

Ayuda a los artistas.

Puede juzgarse de la ayuda que las entidades oficiales dan a los artistas por este hecho: según nos ha informado la Prensa diaria, el excelentísimo Ayuntamiento de Madrid, capital de la República, hace unos días acordó adquirir treinta cuadros de un pintor, pagando por todos ellos ¡tres mil pesetas!, es decir, a cien pesetas cada uno. Si calculamos lo que hayan costado al autor los materiales y los modelos, seguramente resultará que ha trabajado de balde, o ha perdido dinero. Es comprensible que un particular —no muy generoso que digamos— aproveche la necesidad en que un pintor se halle para adquirir cuadros a precio irrisorio. El individuo en cuestión puede, aunque eso tampoco le acreditaría de verdadero amante del arte, satisfacer su deseo de poseer un lienzo sin preocuparse de la suerte del que lo hizo. Pero una entidad oficial tiene el inexcusable deber de, al enriquecer su Museo, estimular y ayudar a los artistas. Lo contrario es equivalente a «negociar» con la penuria de éstos.

Concursos.— Posibilidades.

Cuando más se hace, se conceden premios de cinco mil pesetas, uno para cada bella arte y una vez al año. ¿Tan pobre es el Estado español que no pueda hacer nada más que eso por sus artistas? No creemos que las posibilidades se agoten con tan mezquino esfuerzo. Veamos cómo ahora se aumenta, nada menos que en ocho mil quinientos, el número de agentes de Policía; no es éste lugar ni son los actuales momentos adecuados para emitir juicios sobre el hecho en sí, su significación ni su conveniencia. Pero séanos permitido aducirlo simplemente para demostrar que el Estado puede realizar esos sacrificios económicos. ¿No es tan importante la cultura nacional como el orden público?

Se objeta frecuentemente que los artistas jóvenes son rebeldes, poco disciplinados. ¡Linda objeción! Si no llevasen en sí ese germen de rebeldía, no serían ni jóvenes ni artistas. Esa rebeldía no es la del perturbador de la paz ajena: es la fructífera y santa de los horizontes nuevos, de las rutas desconocidas. No sólo no perturba, sino que es la constructora del progreso. Es absurdo pretender convertir la pintura, la escultura o la música en oficios manuales, con jornada de ocho horas, semana inglesa y reloj de firmas para la entrada y la salida.

El Estado puede ayudar a los artistas de mil maneras. Puede conceder becas en número suficiente, adquirir obras, encargar otras, encomendar a los jóvenes la realización de algo que podría llamarse «Vida artística española». Tipos para pintores, escultores y dibujantes; folklore para músicos y poetas. Todo está por hacer, porque se ha abandonado a la iniciativa y a los recursos particulares. No es sorprendente que esto ocurra en un país en el que, hasta hace pocos años, la lucha antituberculosa ha sido atendida exclusivamente por la beneficencia privada.

Llamamiento a los artistas jóvenes.

Para lograr que el Estado cumpla para con vosotros el ineludibler deber de estimularos y atenderos, es preciso que organicéis una campaña enérgica, con la mayor corrección, sí; pero también con el tesón máximo debéis reclamar la efectividad de un derecho ciudadano que nominalmente reconoce y proclama la Constitución. No se trata de mendigar, sino de hacer uso de ese derecho, ejercitándolo con gallardía y dignidad.

Para cuanto en tal sentido emprendáis tendréis la modestísima, pero entusiasta y fervorosa ayuda que desde estas columnas de CRÓNICA os pueda prestar

Luis HERNÁNDEZ ALFONSO

CORRESPONDENCIA.

C. P. (Barcelona).— Su carta, recibida por nosotros con gran retraso, nos ha causado gratísima impresión. Rezuma dignidad, buen sentido y simpatía. Desde luego, para una joven que reúne las condiciones de usted, y que está, como vigorosamente afirma, dispuesta a crearse un porvenir propio por caminos rectos, no le ha de resultar difícil situarse en posición de conseguirlo. Ahora bien; como su consulta exige larga contestación y aquí no disponemos del suficiente espacio, nos permitimos indicarle la conveniencia de que nos comunique su domicilio para escribirle directamente.

Felipe Rodríguez (Sevilla).— Pregunte cuanto le interese, y procuraremos complacerle. Es nuestro deseo.

Ma. Co. (Torrelavega).— Gracias por su felicitación. Como solicita, le contestaremos directamente en cuanto podamos. Entretanto, no desmaye. Hay que tener ánimos.

Rogelio Toril y Francisco Fenoy (Almería).— En un número próximo evacuaremos su consulta, que tiene, por cierto, interés general.

«Sange» (Reus).— Basta una de las dos cosas. Vuelva a leer detenidamente el número de CRÓNICA al que alude y verá cómo está allí claramente indicada la alternativa. Si, no obstante, persiste alguna duda en usted, con mucho gusto la disiparemos. Reconocidísimo por sus frases.

F. A. G. (Málaga).— Le contestaremos en breve.

L. H. A.

~ por rennichi59 en Sábado 13 agosto 2011.

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